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Capítulo IX

 

 

Capítulo IX: Primera deportación

Ibamos río Lena abajo. La corriente del río arrastraba lentamente las barcas en que iban los presos y la escolta. Por la noche hacía un frío de hielo, y por la mañana los abrigos de pieles con que nos envolvíamos aparecían cubiertos de escarcha. Por el camino, los presos eran desembarcados y dejados en los puntos de destino, individualmente o por parejas. Tardamos en llegar a la aldea de Usti-Kut, si mal no recuerdo, unas tres semanas. Al llegar aquí me desembarcaron en unión de Alejandra Lvovna, con quien estaba en íntimas relaciones y a quien hablan condenado también al destierro por los sucesos obreros de Nikolaief. Alejandra Lvovna ocupaba uno de los primeros lugares en nuestra Liga obrera del Sur. Profundamente entregada al socialismo, con un absoluto desprecio de todo lo que le fuese personal, gozaba de una autoridad moral indiscutible. El trabajo común por la causa nos había unido íntimamente, y para que no nos desterrasen a lugares distintos, habíamos hecho que nos desposasen en la cárcel de depósito de Moscú.

La aldea a que íbamos desterrados estaba formada por unas cien casas de madera, en la última de las cuales nos albergamos. En torno, extendíase el bosque y abajo discurría el río. Hacia el Norte, a lo largo del Lena, estaban las minas de oro, cuyo reflejo bailaba en las aguas del río. La aldea de Usti-Kut había conocido días mejores, días de orgías salvajes, saqueos y robos. Cuando nosotros arribamos a ella, ya estaba todo tranquilo. No quedaban más que las borracheras. El patrón y la patrona de la cabaña en que vivíamos estaban siempre bebidos. Era una vida sombría, estúpida, aislada del mundo. Por las noches, las polillas llenaban la casa de un ruido desagradable; se lanzaban sobre la mesa, sobre la cama, sobre la cara de uno. No había más remedio que abandonar la casa para tener las puertas y ventanas abiertas durante uno o dos días, con treinta grados bajo cero. En verano, había una plaga de moscas. Cómo sería, que acosaron y llegaron a matar-literalmente-a una vaca extraviada en el bosque. Los campesinos llevaban encima de la cara una red hecha de cerdas de caballo y untada de brea. Durante el otoño y la primavera, la aldea desaparecía casi bajo el lodo. En cambio, el paisaje era magnífico. Pero en aquellos años, yo sentía una indiferencia absoluta por la naturaleza. Parecíame imperdonable perder el tiempo contemplándola. Vivía entre el bosque y el río casi sin enterarme. Los libros y las relaciones personales llenaban mi vida. Pasaba los días estudiando a Marx, con las páginas del libro plagadas de polillas.

El río Lena era la gran vía fluvial de los desterrados. Los cumplidos retornaban río arriba, camino del Sur. La comunicación entre los varios núcleos de desterrados, que iban aumentando conforme crecía la revolución, rara vez se interrumpía. Iba y venían cartas, que crecían hasta convertirse en verdaderos tratados teóricos. El gobernador de Irkutsk autorizaba los traslados de un lugar a otro con relativa facilidad. En unión de Alejandra Lvovna, me trasladé a unas doscientas cincuenta verstas hacia Oriente, junto al río Ilim, donde vivían unos amigos nuestros. Aquí, estuve algún tiempo empleado en la oficina de un mercader millonario, cuyos almacenes de pieles, tiendas y tabernas ocupaban, dispersos, una superficie tan grande como la de Bélgica y Holanda juntas. Era un poderoso señor feudal del comercio. Tenía sometidos a él a miles de tungusos, a quienes llamaba "mis tungusitos". Y este hombre no sabía poner siquiera su nombre y tenía que firmar con una cruz. Se pasaba todo el año comiendo míseramente, como un avaro, para derrochar toda una fortuna en la feria de Nisni-Novgorod. Estuve a su servicio mes y medio. Hasta que un día anoté un pud de "negro de Alemania" en vez de anotar una libra, y pasé una cuenta monstruosa a un cliente lejano. Este desliz minaba considerablemente mi fama, y decidí dejar el cargo. Nos volvimos a Usti-Kut. Fue un invierno terrible, en que el frío llegó a cuarenta y cuatro grados Reaumur. El carretero que nos conducía arrancaba con sus manos enguantadas los carámbanos que colgaban del hocico de los caballos. Yo llevaba encima del regazo a una niña de diez meses que nos había nacido. La criatura respiraba por una especie de chimenea que le habíamos hecho encima de la cara entre las pieles. Al llegar a una estación la desenvolvíamos cuidadosamente, temerosos de que se hubiese ahogado. Sin embargo, el viaje tuvo feliz término. Pero no estuvimos mucho tiempo en Usti-Kut. Pasados algunos meses, el gobernador nos autorizó para trasladarnos un poco más al Sur, a Werjolensk, donde teníamos también amigos.

La aristocracia del destierro la constituían los viejos narodniki, que habían acabado instalándose aquí, unos de una manera y otros de otra. Los jóvenes marxistas formaban grupo aparte. Por aquella época arribaron al Norte los primeros obreros condenados por delito de huelga; habían sido elegidos al azar entre la masa, y muchos de ellos eran medio analfabetos. Para estos obreros, el destierro fue una escuela preciosa de política y de cultura. Como donde quiera que se reúnen hombres sujetos por la fuerza, las diferencias de opinión tomaban muchas veces forma de agrias disputas. Conflictos de orden privado y carácter sentimental acababan con frecuencia en dramas. No eran raros los suicidios. En Werjolensk nos turnábamos para vigilar a un estudiante de Kief. Un día, vi brillar encima de su mesa unos pedazos de metal; luego, resultó que había estado torneando balas de plomo para su escopeta de caza. No pudimos evitarlo. Se apoyó el cañón contra el pecho y apretó el gatillo con un dedo del pie. Le enterramos en silencio, en lo alto de una colina. Entonces, todavía rehuíamos los discursos como algo falso. En todas las colonias importantes de desterrados había tumbas de suicidas. Algunos deportados, principalmente en las ciudades, se dejaban ganar por el ambiente. Otros se daban a la bebida. En el destierro como en la cárcel, no había más áncora de salvación que el trabajo intelectual intenso. Puede decirse que los marxistas eran los únicos que trabajaban teóricamente.

Esperábamos con la mayor emoción la llegada o el paso de las nuevas conducciones. En las aguas del Lena conocí, en aquellos años, a Dserchinsky, a Uritsky y a muchos otros revolucionarios jóvenes a quienes aguardaba un gran porvenir. Recuerdo que en una noche oscura de primavera, junto a una hoguera que habíamos encendido en las orillas del Lena, salido de madre aquel año, nos leyó Dserchinsky un poema que había compuesto en lengua polaca. El gesto y la voz eran magníficos, pero el poema valía poco. Corriendo el tiempo, también la vida de este hombre se había de convertir en un poema sombrío.

A poco de llegar a Usti-Kut, comencé, a colaborar en un periódico de Irkutsk, llamado Revista Oriental. Era un periódico provinciano autorizado por la censura, que los viejos narodniki crearan en el destierro y del que por el momento se habían adueñado los marxistas. Yo empecé enviando correspondencias de la aldea, aguardé con cierta emoción a que apareciese la primera y, animado por los redactores, me pasé a los ensayos y a la crítica literaria. Abrí al azar un diccionario italiano para ver si encontraba un seudónimo y di con la palabra "antídoto"; durante muchos años firmé mis artículos con este nombre (Antid Oto). A mis amigos se lo explicaba en broma, diciendo que se trataba de poner un poco de contraveneno marxista en la Prensa autorizada. Cuando menos lo esperaba, el periódico me subió los honorarios de dos a cuatro copeques la línea. ¿Qué mejor muestra de reconocimiento? Mis artículos versaban sobre los campesinos y los clásicos rusos, sobre Ibsen, Hauptmann y Nietzsche, sobre Maupassant y Estaunié, sobre Leónidas Andreief y Gorky. Me pasaba las noches en claro puliendo las cuartillas línea a línea, en busca de la idea precisa o de la palabra adecuada. Y así, fui haciéndome escritor.

Desde el año 1896, en que me resistía todavía a aceptar las ideas revolucionarias, y desde el 97, en que, laborando ya como revolucionario, rehuía el marxismo, llevaba un buen trecho de camino andado. Cuando me desterraron, el marxismo era ya, definitivamente, la base de mis ideas y del método de mis razonamientos. En el destierro procuré ir analizando con el criterio que ya empezaba a dominar esos temas que se llaman "eternos" de la existencia humana: el amor, la muerte, la amistad, el optimismo, el pesimismo, etc. El hombre ama, odia o espera de distinto modo, según las distintas épocas y los distintos medios sociales en que se mueve. Y así como el árbol nutre a las hojas por medio de las raíces y las flores y los frutos se alimentan de las sustancias de la tierra, la personalidad humana encuentra en los fundamentos económicos de la sociedad el alimento para sus sentimientos y sus ideas, aun los más "elevados". En los artículos que escribí por entonces acerca de la literatura, apenas sabía tratar, en realidad, más que un tema: la personalidad y la sociedad. No hace mucho que estos artículos han visto la luz coleccionados en un volumen. Si tuviera que escribirlos hoy, los escribiría indudablemente de otro modo, pero nos necesitaría cambiar grandes cosas, en lo que toca a su contenido.

El marxismo que podríamos llamar oficial o autorizado, atravesaba por entonces, en Rusia, una fuerte crisis. Yo mismo podía ver sobre ejemplos vivos con cuánto desembarazo las nuevas necesidades sociales se hacían una moda intelectual de la materia teórica destinada a fines muy distintos. Hasta la última década del siglo, una grandísima parte de la intelectualidad rusa seguía comulgando en las ideas de los "populistas", renegando del capitalismo y exaltando el concejo campesino (la obchtchina). Entre tanto, el capitalismo iba llamando a todas las puertas y abriendo ante los intelectuales las perspectivas de grandes ventajas positivas y de un porvenir político importante. Los intelectuales burgueses necesitaban el afilado cuchillo de las teorías marxistas para cortar el cordón umbilical del "populismo", que les unía a un pasado ahora molesto. Así se explica que aquellas ideas se difundiesen y triunfasen con tal rapidez en los últimos años del pasado siglo. Cuando ya la teoría de Marx había llenado este cometido, los intelectuales empezaron a sentirse oprimidos por ella. La dialéctica les había venido bien para demostrar la tendencia de progreso de los métodos de evolución capitalista, pero tan pronto como se volvía contra el capitalismo resultaba un obstáculo y había que dejarla por inservible. En la intersección de los dos siglos-la época que coincide con mis años de cárcel y de destierro-la intelectualidad rusa atraviesa por un período de crítica general del marxismo. Bien estaban estas teorías en cuanto servían para legitimar históricamente la sociedad capitalista; lo que no podía aceptarse era su repudiación revolucionaria del capitalismo. Y así, dando un rodeo, los intelectuales arcaico-populistas se convirtieron en portavoces de la burguesía liberal.

Los críticos europeos del marxismo encontraban ahora gran mercado en Rusia, quienesquiera que ellos fuesen. Baste decir que Eduardo Bernstein fué uno de los guías más populares en este tránsito del socialismo al liberalismo. La filosofía normativa iba imponiéndose victoriosamente sobre la dialéctica materialista. La opinión pública de la burguesía que se estaba fraguando necesitaba de normas inflexibles que la amparasen no sólo contra los desafueros de la burocracia absolutista, sino también contra el desenfreno de las masas revolucionarias. Pero tampoco Kant se pudo sostener en pie por mucho tiempo, después de haber derribado a Hegel. El liberalismo ruso, que advino tarde a la vida, vivió desde el primer momento sobre un volcán. El imperativo categórico era para él una defensa demasiado abstracta e insegura. Había que echar mano de recursos más eficaces contra las masas revolucionarias. Los idealistas trascendentales acabaron por convertirse en cristianos ortodoxos. Bulgakof, un profesor de Economía política que había empezado por la revisión del marxismo en la cuestión agraria, se pasó luego a las filas del liberalismo para acabar vistiendo la sotana de cura. Cierto que lo de la sotana ocurrió unos años más tarde, pero no importa.

Durante los primeros años del siglo, Rusia era un gigantesco laboratorio de ideologías sociales. Mis estudios sobre la historia de la masonería me habían equipado con el bagaje necesario para comprender la función subalterna de las ideas en el proceso histórico. "Las ideas no se caen del cielo", repetía yo con el viejo Labriola. Ahora, no se trataba ya de una investigación de pura ciencia, sino de elegir un camino político. La batalla que se libraba por doquier en torno al marxismo nos ayudó, a mí y a otros muchos revolucionarios jóvenes, a concentrar las ideas y a aguzar las armas. Para nosotros, el marxismo no venía sólo a acabar con el "populismo", con el que apenas si habíamos entrado en contacto, sino, y sobre todo, a encender una guerra sin cuartel y en su propio terreno contra el capitalismo. Luchando contra los revisionistas se afirmó nuestra personalidad teórica y política. Y de este duelo salimos convertidos en revolucionarios proletarios.

Por aquel tiempo, hubimos de chocar con la crítica de izquierda. En una de las colonias del Norte, en Wiluisk si mal no recuerdo, vivía desterrado Majaisky, que poco después había de adquirir bastante celebridad. Majaisky empezó haciendo la crítica del oportunismo socialdemócrata. Su primer cuaderno hectográfico, encaminado a desenmascarar el oportunismo larvado en la socialdemocracia alemana, tuvo gran éxito entre los desterrados. El segundo cuaderno traía una crítica del sistema económico de Marx, para llegar al resultado peregrino de que el socialismo era un orden social basado sobre la explotación del obrero por los intelectuales de profesión. El tercer cuaderno, orientado en un sentido anarcosindicalista, pretendía justificar el apoliticismo. Las doctrinas de Majaisky concentraron durante varios meses la atención de los desterrados de la zona del Lena. Para mí, aquello fue una especie de vacuna bastante eficaz contra el anarquismo, muy valiente en las palabras, pero inhibido e incluso cobarde ante los hechos.

En la cárcel del depósito de Moscú conocí al primer anarquista de carne y hueso. Era un maestro de escuela llamado Lusin, hombre retraído, parco en palabras, duro. Sentía una especial predilección por los presos de delitos comunes y seguía con gran interés lo que le contaban acerca de sus robos y asesinatos. Las discusiones teóricas las aceptaba de mala gana. Una vez, como yo le estuviese siempre preguntando cómo iban a regirse los ferrocarriles en el Estado anarquista, me contestó:

-¿Y para qué diablo necesito yo viajar en tren cuando triunfe el anarquismo?

Esta contestación me bastaba.

Lusin hacia lo posible por ganar la convicción de los obreros hacia su causa, y entre nosotros se libraba un duelo encubierto y no siempre con armas nobles. Hicimos juntos la travesía a Siberia. En la época de las grandes inundaciones se le ocurrió cruzar el Lena en una barca. Creo que estaba un poco bebido, y me echó un reto. Yo no tuve inconveniente en acompañarle. En la otra orilla flotaban, en medio de grandes remolinos, troncos de árboles y cadáveres de animales. La excursión, aunque bastante emocionante, se desarrolló sin contratiempo. Lusin, con ceño sombrío, me rindió no sé qué homenaje; me dijo que era un buen camarada, o algo así. Aquello suavizó un poco nuestras relaciones. A poco, hubo de seguir camino hacia el Norte. Unos meses después nos enteramos de que había dado una puñalada a un "ispravnik". Este no era cruel, y la. herida no tenía nada de grave. Llevado ante los tribunales, Lusin declaró que, personalmente, no tenía motivo de queja contra el "ispravnik" y que había querido únicamente protestar en su persona contra el despotismo del Estado. Le recluyeron en la Catorga.

Mientras en las lejanas colonias de la Siberia, cubiertas de nieve, los desterrados discutían apasionadamente acerca de las diferencias existentes entre los campesinos rusos, acerca de las tradeunions inglesas y de la relación entre el imperativo categórico y los intereses de clase, entre el darwinismo y el marxismo, en las esferas gubernamentales se libraba otro duelo ideal. En febrero del año 1901, Tolstoy era excomulgado por el Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa. Todos los periódicos publicaban el decreto de excomunión. De seis crímenes distintos acusaban a Tolstoy: 1.º, de "negar la persona del Dios vivo, entronizado en la Santísima Trinidad"; 2.º, de "negar a Cristo, Hijo del Hombre, resucitado de entre los muertos"; 3.º, de "negar la Inmaculada Concepción y la virginidad de María antes y después del parto"; 4.º, de "negar la resurrección después de la muerte y el juicio final"; 5.º, de "negar la virtud y la gracia del Espíritu Santo"; 6.º, de "profanar el misterio de la Santa Eucaristía". Aquellos metropolitanos barbudos y encanecidos, y su inspirador Pobedonozef, con todas, las demás columnas del Estado, que nos tildaban a nosotros, los revolucionarios, no sólo de criminales, sino de locos fanáticos, y que se tenían por la defensa y salvaguardia del sano sentido común apoyado en la experiencia histórica de la humanidad entera, querían exigir al. gran escritor realista que creyese en el dogma de la Concepción Inmaculada y en el Espíritu Santo, revelado en el pan de la comunión. No nos cansábamos de leer aquella enumeración de los "errores y herejías" de Tolstoy. La leíamos con asombro creciente, y nos decíamos: No, no son ellos, sino nosotros los que nos apoyamos en la experiencia de la humanidad, los que representamos el porvenir; los que nos gobiernan desde arriba no son sólo criminales, sino dementes. Y estábamos seguros de que, tarde o temprano, acabaríamos con aquel manicomio.

La vieja fábrica del Estado empezaba a crujir por todas las juntas. Los estudiantes seguían atizando la hoguera. Acuciados por la impaciencia, se desbordaban en actos de terrorismo. Cuando sonaron los disparos de Karpovich y Balmachef, los desterrados nos estremecimos como si hubiese sonado un trompetazo de alarma. Se puso a discusión la táctica del terrorismo. Después de algunas vacilaciones aisladas, la fracción marxista se declaró contra estos procedimientos, por entender que la acción química de los explosivos no podía suplantar la fuerza de las masas y que perecerían muchos en la lucha heroica sin haber conseguido poner en pie a la clase obrera. Nuestra misión-decíamos-no es quitar de en medio a unos cuantos ministros zaristas, sino barrer revolucionariamente el sistema. Ante este problema, empezaban a separarse los socialistas y 'los socialrevolucionarios. La cárcel me había servido para formarme una cultura teórica; el destierro servíame. ahora para contrastar mis ideas políticas.

Así pasaron dos años de mi vida. Durante estos dos años, había corrido mucha agua bajo los puentes de San Petersburgo, de Moscú y de Varsovia. El movimiento empezaba a abandonar los escondrijos y a derramarse sobre las calles de las ciudades. En muchas regiones comenzaban a agitarse también los campesinos. Hasta en la Siberia fueron formándose, a lo largo de la línea del ferrocarril organizaciones socialdemócratas. Estas organizaciones se pusieron en relación conmigo, y yo les enviaba proclamas y manifiestos. Después de una interrupción de tres años, volvía a lanzarme a la lucha activa.

Ya los desterrados no querían seguir en el destierro. Empezaron las huídas en masa. No había más remedio que guardar un turno. Apenas había aldea en que no se topase con algún aldeano influido de joven por los revolucionarios de la vieja generación. Estos aldeanos se encargaban de transportar en barcas, carros o trineos a los presos políticos, reexpidiéndoselos de unos a otros. La policía siberiana era casi tan impotente como nosotros mismos. En aquellas distancias gigantescas tenían a la par un enemigo y un aliado. No era fácil echar el guante a los fugitivos. El peligro estaba en perecer ahogado en el río o muerto de f río en la taiga.

El movimiento revolucionario iba ganando en latitud, pero carecía aún de coordinación. Cada ciudad, cada comarca, luchaba por su cuenta. La unidad de la represión daba gran ventaja al zarismo. No había más remedio que crear un partido centralizado, y esta idea trabajaba en muchos cerebros. Yo escribí una memoria acerca de ese tema, que circuló en copias por las colonias de desterrados y fué calurosamente discutida. Nos parecía que los camaradas que vivían en Rusia o emigrados en el extranjero no prestaban a esto bastante atención. Pero nos equivocábamos; el asunto era objeto de sus preocupaciones, y no sólo deliberaban, sino que obraban. En el verano de 1902 recibía, vía Irkutsk, unos cuantos libros que traían ocultas en el forro, impresas en papel finísimo, las últimas publicaciones de los emigrados rusos. Por ellas, supimos que había sido fundado en el extranjero un periódico marxista, la Iskra, cuya misión era servir de órgano central a los revolucionarios profesionales, unidos por la disciplina férrea de la acción. En el envío venía el libro que Lenin acababa de publicar en Ginebra con el título de ¿Qué es lo que hay que hacer?, consagrado por entero a esta cuestión. Comparadas con la nueva y grandiosa misión que se nos ofrecía, aquellas mis memorias manuscritas, proclamas y artículos de periódico destinadas a la "Liga siberiana", tenían que parecerme por fuerza insignificantes y mezquinas. No había más remedio que conquistarse un nuevo campo donde trabajar. Había que huir de allí.

Por entonces, ya teníamos dos niñas, la menor de las cuales no había cumplido aún cuatro meses. La vida en Siberia era dura. Mi fuga habría de hacérsela doblemente difícil a Alejandra Lvovna. Ella fué quien decidió que tenía que ser. Los deberes revolucionarios pesaban más sobre su espíritu que toda otra consideración, principalmente si ésta era de orden personal. Ella había sido la primera en hablar de la posibilidad de una huída, cuando vimos las grandes perspectivas que se abrían ante nosotros. Allanó todas las dudas que se oponían a la realización de este proyecto y supo disfrazar felizmente a los ojos de la policía, por espacio de tres días, mi ausencia. Desde el extranjero me era extraordinariamente difícil hacerle llegar mis cartas. Luego, hubo de sufrir aún un segundo destierro y pasaron muchos años en que sólo pudimos vernos incidentalmente. La vida nos había separado, pero supo mantener inconmovible nuestras relaciones intelectuales y nuestra amistad.



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