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Capítulo X

 

Capítulo X: Primera fuga

Se acercaba el otoño y con él, inminente, la época de los caminos intransitables. Para acelerar mi fuga, se decidió que los dos desterrados que estaban en turno se escapasen juntos. Un amigo aldeano prometió sacarme de Werjolensk en unión de E. G., la traductora de Marx. Salimos al campo, de noche, y el aldeano que había de conducirnos nos tapó con paja y toldos de lienzo, como si fuésemos una carga de mercancías. Mientras tanto, para sacarle dos días de delantera a la policía, mi mujer metía un muñeco en la cama, haciendo el papel de enfermo. El aldeano arreaba los caballos a la manera siberiana, es decir, a una velocidad de veinte verstas por hora. Mis costillas iban contando los baches del camino y a mis oídos llegaban los gemidos de mi vecina de viaje. Cambiamos el tiro dos veces. Antes de llegar a la estación del ferrocarril, me separé de mi compañera de expedición, para no doblar las sospechas y los posibles tropiezos. Sin grandes contratiempos pude tomar el tren, a donde los amigos de Irkutsk me habían mandado una maleta con camisas almidonadas, una corbata y otros atributos de la civilización. Llevaba en la mano un tomo de Homero traducido en hexámetros rusos por Gniedich y en el bolsillo un pasaporte extendido a nombre de Trotsky, nombre que había escrito al azar, sin sospechar ni mucho menos que había de quedarme con él para toda la vida. El tren siberiano llevábame rumbo a Occidente. Los gendarmes de guardia me dejaban pasar sin fijarse en mí. Las talludas mujeres siberianas salían a las estaciones con pollos y lechones asados, botellas de leche, montañas de pan recién amasado. Los andenes semejaban exposiciones de la abundancia de aquella tierra. Los viajeros del coche fueron todo el camino bebiendo té y comiendo los baratos panecillos siberianos empapados de grasa. Yo, entretanto, leía los exámenes homéricos y soñaba con el extranjero. La evasión no tenía nada de romántico; acababa en una vulgar bacanal de té.

Me detuve en Samara, donde residía entonces el estado mayor de la "Iskra" ("La Chispa") en el país (que no debe confundirse con el de los emigrados). A la cabeza de este grupo, y bajo el nombre supuesto de Claire, estaba el ingeniero Krischisjanovsky, actual presidente del "Gosplan"[4]. El y su mujer eran amigos de Lenin desde los años de 1894 a 95, en que habían actuado juntos en la socialdemocracia de San Petersburgo, y desde el destierro en Siberia. A poco de ser reprimida la revolución de 1905, Claire abandonó el partido, como miles y miles de afiliados, y fué a ocupar como ingeniero un puesto considerable en el mundo industrial. Los obreros clandestinos quejábanse de que les negaba hasta el auxilio que antes les prestaran los liberales. A la vuelta de diez o doce años, Krischisjanovsky volvió a ingresar en el partido, cuando ya éste estaba en el Poder. He ahí la senda recorrida por buen número de intelectuales, que son hoy el apoyo más importante con que cuenta Stalin.

En Samara me incorporé oficialmente, por decirlo así, a la organización de la "Iskra" con el nombre supuesto de "Pluma", que Claire me asignó corno homenaje a mis éxitos de periodista en Siberia. La "Iskra" tomó a su cargo la organización del partido. El primer congreso, celebrado en Minsk en marzo de 1898, no había conseguido crear una organización centralizada. Además, las detenciones en masa habían venido a cortar los hilos que empezaban a tenderse, cuando aún no habían tenido tiempo para afirmarse en el país. A consecuencia de esto, el movimiento se desarrolló en forma de hogares revolucionarios aislados y cobré un carácter provincial. A la vez que esto ocurría, descendía el nivel intelectual de la propaganda. En su afán por conquistarse las masas, los socialdemócratas iban dejando atrás sus postulados políticos. Surgió la llamada tendencia "económica", que se nutría del potente auge que estaban tomando el comercio y la industria, y del gran movimiento de huelgas. Hacia fines de siglo sobrevino una crisis que agudizó los antagonismos todos del país y que vino a dar gran impulso a la campaña política. La "Iskra" empezó a librar una enérgica batalla contra los "economistas" provinciales por la implantación de un partido revolucionario centralizado. Los principales directores del grupo residían en el extranjero y aseguraban la cohesión ideológica de la organización.

Estos directores habían sido elegidos entre los llamados "revolucionarios profesionales", unidos estrechamente entre sí por la unidad de la teoría y de la acción. En aquella época, los partidarios de la "Iskra" eran, en su mayoría, intelectuales, que luchaban por la conquista de los comités socialdemócratas locales y preparaban la organización de un congreso del partido, en que aspiraban a que triunfasen las ideas y los métodos de su grupo. Era algo así como el primer ensayo de aquella organización revolucionaria que, a fuerza de desarrollarse y templarse, de atacar y retroceder, buscando siempre y cada vez más íntimamente el contacto con las masas obreras, abrazando empresas cada vez más osadas, había de derribar, a la vuelta de quince años, a la burguesía y adueñarse del Poder.

Por encargo de la organización de Samara visité en Kharkof, Poltava y Kief, a una serie de revolucionarios, algunos de los cuales pertenecían ya a la "Iskra", mientras que a otros había que convencerlos para que ingresasen en el grupo. Volví a Samara sin haber conseguido gran cosa; en el Sur, hacíase bastante difícil trabar relaciones; las señas que me habían dado para Kharkof resultaban ser falsas, y en Poltava hube de contender con el patriotismo local. Aquella campaña no admitía prisas, sino que reclamaba un trabajo serio y reposado. Entretanto, Lenin, que mantenía asidua correspondencia con la organización de Samara, me exhortaba a que saliese lo antes posible al extranjero. Claire me equipó con el dinero necesario para el viaje e instrucciones para pasar la frontera austríaca por las inmediaciones de Kamenez-Podolsk.

La cadena de aventuras, más cómicas que trágicas, empezó en la estación de Samara, al tomar el tren. Para no presentarme al gendarme por segunda vez, decidí entrar al andén en el último minuto, cuando el tren estuviera para salir. El estudiante Solovief, uno de los actuales directores del sindicato del petróleo, era el encargado de reservarme el sitio y esperarme con la maleta. Haciendo tiempo hasta la hora de la salida del tren, me fui tranquilamente a pasear a un campo, a corta distancia de la estación, y estaba mirando el reloj, cuando de pronto oigo la segunda señal para la salida. Caí en la cuenta de que me habían informado mal acerca de la hora y eché a correr cuanto pude. Solovief, que me había estado esperando concienzudamente, saltó del vagón con la maleta en la mano cuando ya el tren estaba en movimiento y vióse cercado al punto por los gendarmes de servicio y los empleados de la estación. Pero en aquel momento vieron venir a un viajero jadeante que se lanzaba al tren en marcha, y este viajero, que era yo, desvió la atención del otro. Y el atestado con que habían amenazado al estudiante se disolvió en las chacotas crueles de que hubimos de ser víctimas los dos.

Hasta llegar a la zona fronteriza todo fué bien. Un policía me pidió en la última estación el pasaporte. ¡Y cuál no fué mi asombro cuando vi que no ponía el menor reparo a aquel documento fabricado por mí! Resultó que el encargado de guiarme para pasar encubiertamente la frontera era un estudiante de bachillerato. Hoy es un químico prestigioso que está al frente de un instituto científico de la República de los Soviets. Las simpatías del bachiller estaban del lado de los socialrevolucionarios. Cuando se enteró de que yo pertenecía a la organización de la "Iskra" tomó un tono terrible y severo de acusación:

-¿Ignora usted acaso que, en sus últimos números, la Iskra ataca vergonzosamente al terrorismo?

Ya me disponía a entrar en una discusión doctrinal, cuando el bachiller, montando en cólera, agregó estas palabras:

-¡No seré yo el que le ayude a usted a pasar la frontera!

Este argumento, por lo que tenía de expeditivo, me dejó estupefacto. Y sin embargo, era perfectamente consecuente. Quince años más tarde hubimos de arrancar el Poder a los socialrevolucionarios con las armas en la mano. Pero en aquel momento, confieso que no estaba como para pensar en perspectivas históricas. Intenté convencerle de que no era lógico que quisiera hacerme a mí responsable de los artículos de la Iskra y declaré, como remate, que no daría un pasó mientras no tuviese un guía. Por fin, el bachiller se ablandó,

-Está bien-me dijo-, pero hágales usted saber que es la última vez.

Me llevó a pasar la noche a la habitación de un viajante de comercio, soltero, cuyo dueño, según me dijo, no estaría de regreso hasta el día siguiente. Me acuerdo confusamente de que tuvimos que entrar en la habitación, que estaba cerrada, saltando por una ventana. Por la noche, cuando menos lo esperaba, me despertó una luz y vi inclinado sobre la cama, contemplándome, a un hombrecillo pequeño e insignificante con un sombrero duro en la cabeza, una vela en la mano y en la otra un bastón. Desde el techo descendía hacia mí una gran mancha de sombra coronada por un hongo gigantesco.

-¿Quién es usted?-le pregunté, indignado.

-¡Hombre, no está mal!-me contestó el desconocido, en tono trágico-. ¡Le encuentro acostado en mi cama y me pregunta quién soy!

Ya no podía dudar que tenía delante al dueño del cuarto. Fué en vano pretender explicarle que no tenía que haber vuelto hasta el día siguiente.

-¡Yo sé perfectamente cuándo tengo que volver, pues para eso es mi casa!-me replicó el hombre, no sin razón.

La situación era un tanto embrollada.

-¡Ya comprendo!-exclamó el legítimo propietario de aquella vivienda, sin dejar de alumbrarme la cara con la vela. Es otra bromita del Alejandro ese. ¡Ya nos las entenderemos con él mañana! Yo, naturalmente, apoyé muy convencido aquella idea feliz que hacía recaer la culpa de todo sobre el tal Alejandro. El resto de la noche lo pasé al lado del viajante, que hasta me obsequió con té y todo.

A la mañana siguiente, después de una ruidosa polémica con el dueño del cuarto, el bachiller me entregó a un contrabandista de la aldea de Brody. Hube de pasar todo el día escondido entre la paja del granero de aquel campesino ukraniano, que me alimentó con sandías. Por la noche, lloviendo, me llevó hasta el otro lado de la frontera. Estaba muy oscuro y había que andar a tientas un largo trecho.

-Encarámese usted sobre mis espaldas-me dijo el guía-, que hay que pasar un arroyo.

Yo no quería.

-Es que no le conviene a usted presentarse del otro lado con una mojadura-insistió el hombre.

No tuve más remedio que hacer sobre sus espaldas una parte del viaje, y todavía me entró agua en los zapatos. Como al cabo de quince, minutos, entramos a secarnos en una cabaña judía, que estaba ya en territorio austríaco. Allí me aseguraron que el guía me había conducido por el arroyo para sacarme más dinero. Por su parte, el aldeano, al despedirse, me precavió afectuosamente de los "judíos", que eran muy capaces de pedirme el triple de lo que valían las cosas. El caso es que mis recursos se iban agotando rapidísimamente. Todavía tenía que recorrer ocho kilómetros en la oscuridad de la noche, antes de llegar a la estación. Los más difíciles y peligrosos eran los dos primeros, hasta la carretera, por un camino lleno de barro que iba bordeando la frontera. Me llevó un obrero judío viejo en un cochecito pequeño de dos ruedas.

-Ya verá usted cómo un día acaban quitándome la gaita por meterme en estos fregados-gruñó.

-¿Y cómo?

-Los soldados le echan a uno el alto, y si no se contesta disparan. Allí se ve fuego. Afortunadamente, tenemos una buena noche.

Era, en efecto, una noche magnífica, una noche de otoño, negra como boca de lobo; la lluvia persistente nos azotaba el rostro y las herraduras del caballo chasqueaban sobre la tierra reblandecida. íbamos cuesta arriba; el cochecillo, todo desvencijado, crujía, el viejo arreaba al caballo en voz baja, con cálido acento, las ruedas se hundían en los baches y el débil carruaje se hacía cada vez más a un lado, hasta que por fin volcó. El barro era como cumplía al mes de octubre: frío y abundante. Yo caí tan largo como era, me hundí en el lodo casi hasta la cintura y perdí los lentes. Pero lo más espantoso del caso era que, apenas volcar, sonó un grito penetrante, no se sabía dónde, allí cerca de nosotros; un grito de desesperación, clamando auxilio, invocando la ayuda del cielo; en medio de aquella noche obscura y lluviosa, no había manera de saber de dónde salía la misteriosa voz, una voz tan llena de expresión y que, sin embargo, no era una voz humana.

-¡Ya verá usted cómo nos trae la desgracia, ya lo verá-musitó rabiosamente el viejo-; ya verá cómo nos pierde!...

-¿Pero qué es?-le pregunté, conteniendo la respiración.

-Es un maldito gallo que mi mujer me dió para el carnicero, para degollar el sábado...

Ahora, los chillidos se sucedían por intervalos regulares.

-Este maldito gallo nos va a perder, pues estamos a doscientos pasos del puesto de vigilancia, y verá usted qué pronto se nos presenta un soldado.

-¡Retuérzale usted en seguida la cerviz!-le aconsejé va, furioso, en voz baja.

-¿A quién?

-¡Hombre, al gallo!

-¿Y cómo quiere usted que dé con él, si estará debajo de qué sé yo cuántas cosas?

Y los dos nos pusimos a buscar a gatas en medio de la noche, tanteando entre el barro, bajo la lluvia, maldiciendo del gallo y de nuestra suerte. Por fin, el viejo liberó a la desdichada víctima, que estaba debajo de mi manta. El animalito, agradecido, dejó de chillar. Echando mano los dos, logramos levantar el coche, y seguimos viaje. En la estación, tuve tres horas para secarme y limpiarme, antes de que llegase el tren. Cuando hube cambiado el dinero, resultó que no me alcanzaba para llegar hasta el punto de destino, es decir, hasta Zurich, donde había de presentarme a Axelrod. En vista de esto, saqué billete hasta Viena; allí ya vería cómo me las arreglaba.

En la capital de Austria, lo que más me sorprendió fué que, a pesar de haber estudiado alemán en el Instituto, no lograba entender a nadie y los demás, en su mayoría, me pagaban en la misma moneda. A duras penas, conseguí hacer comprender a un hombre viejo, de gorra encarnada, que quería ir a la redacción del Arbeiter-Zeitung. Había decidido presentarme personalmente a Víctor Adler, jefe de la socialdemocracia austríaca y hacerle ver que la causa de la revolución rusa reclamaba mi presencia en Zurich. El guía dijo que él me acompañaría. Anduvimos por espacio de una hora luego resultó que el periódico no estaba allí hacía dos años. Anduvimos otra media hora. Cuando hubimos llegado al nuevo edificio, el portero nos dijo que hoy no era día de visita. Imagínese mi situación. No podía gratificar a mi acompañante, estaba muerto de hambre y-lo que importaba más que todo-debía continuar viaje inmediatamente hasta Zurich. Vi bajar la escalera a un caballero alto, de aspecto nada acogedor. Me dirigí a él preguntándole por Víctor Adler.

-¿Cómo, no sabe usted qué día es hoy?-me preguntó, con tono severo.

No lo sabía. Entre el viaje, la aventura del cuarto del viajante, el granero del labriego ukraniano, la lucha con el gallo en medio de la noche, había perdido la cuenta de los días.

-¡Hoy es domingo!-dijo el caballero alto, subrayando mucho la palabra, e hizo ademán de seguir su camino.

-Lo mismo da, necesito verle.

Entonces, el caballero me contestó con una voz terrible, como si mandase a un batallón en un asalto:

-¡Ya se le ha dicho a usted que los domingos el doctor Adler no recibe!

-Pero es que traigo un asunto urgente-le contesté, sin rendirme.

-¡No importa! ¡Aunque fuese diez veces más urgente todavía! ¿Lo entiende usted?

El que así hablaba era el mismo Fritz Austerlitz en persona, el terror de su propia redacción, cuyas palabras-hubiera dicho Víctor Hugo-no eran palabras, sino rayos.

-¡Aun cuando trajese usted, ¿me comprende?, la noticia del asesinato del mismo Zar y de que había estallado la revolución en Rusia, ¿me comprende usted?, no tendría usted derecho a venir a turbar el descanso del doctor en un domingo!

Verdaderamente, este caballero me imponía, con su voz tonitruante. Pero parecíame que no estaba diciendo más que tonterías. ¿Cómo era posible que el descanso dominical de nadie fuese más importante que los postulados de la revolución? Resolví no ceder. Era necesario, a todo trance, seguir viaje a Zurich, donde me aguardaba la redacción de la Iskra. Además, yo venía huido de Siberia, lo cual me parece que tenía su importancia. Me planté, pues, al pie de la escalera, cerrando el paso a aquel caballero malhumorado, hasta que, por fin, conseguí lo que deseaba, pues Austerlitz se avino a darme las señas de Víctor Adler, a cuya casa me trasladé, acompañado siempre por mi guía.

Salió a recibirme un hombre de estatura regular, encorvado, casi giboso, con ojos hinchados y cara de fatiga. En Viena estaban celebrándose a la sazón las alecciones para el Landtag. La noche anterior Adler había hablado en varios mítines y se había estado hasta el amanecer escribiendo artículos y proclamas. No le supe hasta una hora después, en que me lo dijo su nuera.

-Perdone usted, doctor, que venga a interrumpir su descanso en un domingo...

-¡Siga, siga usted!...-dijo mi interlocutor con cierta severidad externa, pero en un tono que no era para imponer, sino, al contrario, que animaba. Aquel hombre resplandecía espíritu por todas las arrugas de la cara.

-Soy un ruso...

-No necesitaba usted decírmelo, pues ya había tenido tiempo sobrado para comprenderlo.

Le conté, mientras me estudiaba rápidamente con la mirada, la conversación que había tenido en el portal del periódico.

-¿Ah, sí? ¿Eso le han dicho a usted? ¿Y quién puede haber sido? ¿Alto? ¿Y gritaba mucho? ¡Ah, era Austerlitz! ¿Dice usted que gritaba? ¡Sí, era Austerlitz, no hay duda! No le dé usted importancia. Trayéndome noticias de la revolución rusa, puede usted llamar a mi puerta a cualquier hora de la noche... ¡Katia!, ¡Katia!-se puso a gritar.

En seguida, acudió su nuera, que era rusa.

-Con ella se entenderá usted mejor-dijo Adler, saliendo del cuarto.

Ya estaba asegurado mi viaje.



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