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Carta a Trygve Lie[1]

 

 

26 de agosto de 1936

 

 

 

Señor:

 

Siempre he tratado de observar las condiciones esti­puladas para mi estada en Noruega, tal como las en­tiendo, en la letra y en el espíritu. Sin embargo, ahora resulta que el jefe de la Oficina Central de Pasaportes ha interpretado dichas estipulaciones de manera bas­tante diferente, y tengo entendido que usted, señor ministro, comparte esa interpretación. Dado que tengo el profundo deseo de seguir gozando, junto con mi esposa, de la aceptación de las instituciones norue­gas, estaría dispuesto a aceptar una interpretación de las condiciones distinta a la que se me dio a entender a mi llegada a Noruega, si pudiera conciliar dicha interpretación con mi dignidad de ser humano y escritor. Sólo puedo suscribir lo que comprendo claramente y puedo cumplir en realidad. Según el jefe de la Oficina Central de Pasaportes -quien, dicho sea de paso, me acogió de manera un tanto hostil cuando llegué al país, sin que mediara acción alguna de mi parte- mis activi­dades deben limitarse exclusivamente a "obras históri­cas y ensayos teóricos generales no dirigidos contra país alguno".

¿Cómo debo interpretar esta limitación? Por ejem­plo: ¿es mi autobiografía un ensayo teórico general o una obra política de actualidad? Hace tres semanas es­cribí un detallado análisis de la situación de la Unión Soviética. Yo mismo me veo obligado a juzgar; considero que este trabajo es un aporte importante a las ciencias sociales.

Por otra parte, al analizar los hechos concretos, el trabajo va dirigido contra la casta burocrática dominan­te, que explota al pueblo económicamente y lo reprime en lo político. ¿Puede aceptarse en un país democrático que el jefe de la Oficina de Pasaportes resuelva si se trata de un trabajo solamente científico, o también de actualidad política?

Permítame citar un ejemplo incomparablemente más grande y digno. Mi gran maestro Carlos Marx escribió un libro llamado El capital. Trato de imaginarme la situación en que se encontraría el jefe de la Ofici­na de Pasaportes si tuviera que decidir si esta obra compleja es sólo científica, o también de actualidad po­lítica. La respuesta no resulta fácil, porque esta obra, construida sobre los graníticos cimientos de la ciencia, está ilustrada con miles de ejemplos de actualidad y, en resumidas cuentas, su importancia política es mayor hoy que el día de su primera publicación. No es casual que toda la lucha de la reacción, tanto oficial como ex­traoficial, se dirija contra el marxismo y los marxistas.

El jefe de la Oficina de Pasaportes me reprocha un artículo donde expreso que la lucha en Francia sólo puede culminar en la victoria de la reacción militar o en la construcción de soviets. Quizás mi análisis es erróneo. Sea como fuere, considero que el carácter de mi análisis es absolutamente científico. El artículo de marras apareció en Nation, el periódico democrático burgués conocido en el mundo entero. Si mi artículo hubiera sido una exposición teórica de las ventajas del régimen autocrático sobre la democracia, ¿hubiera con­citado la desaprobación del jefe de la Oficina de Pasaportes? Desgraciadamente, la respuesta no me resulta clara, sobre todo en vista de la visita del jefe de la Oficina de Pasaportes que recibí el día de hoy.

La declaración que se me exige incluye la promesa de "no conceder entrevistas a periodistas noruegos ni extranjeros". Durante mi estada en Noruega y hasta hace pocos días he concedido una sola entrevista: fue al director de Arbeiderbladet, realizada, señor, en su presencia y con su amable participación, cosa que aún hoy reconozco con gratitud. Quizás recordará que traté de evitar esta entrevista con el fin de impedir, en lo po­sible, el menor ruido y conmoción, en relación con mi persona.

Pero ahora la situación es distinta. Las autoridades judiciales de Moscú me acusan de organizar atentados terroristas. La prensa mundial dedica muchas páginas a este juicio histórico. Si usted, señor ministro de justi­cia, o las autoridades bajo su jurisdicción, o el gobierno noruego consideran que he abusado de mi permanencia en Noruega o en cualquier otro lugar realizando este tipo de actividades, me considero acreedor a una inme­diata orden de arresto. Sólo deseo la oportunidad de sacar a la luz del día, ante una tribuna jurídica pública, el monstruoso crimen de la GPU y del poder que la sustenta. Por el contrario, si las autoridades noruegas consideran que no pueden interferir en este asunto, tienen el deber -repito, el deber elemental, que ni siquiera es forzosamente democrático- de brindarme completa libertad para proclamar la verdad ante el mundo entero por todos los medios a mi disposición individual. El medio principal para informar a la opi­nión pública es la prensa. Abstenerse de llevarme a juicio ante un tribunal noruego y a la vez quitarme la oportunidad de apelar a la opinión pública respecto de una cuestión que me afecta a mí, a mi hijo, a todo mi pasado político y a mi honor político, equivaldría a trasformar el derecho de asilo en una trampa y darle vía libre a los verdugos y calumniadores de la GPU.

Por eso me resulta imposible cumplir con la exigencia del jefe de la Oficina Central de Pasaportes de fir­mar la declaración que me presenta, sin llamar la aten­ción del gobierno y de la opinión pública de antemano, respecto de las consecuencias imprevisibles que semejante hecho tendría para mi existencia moral y la de mi familia.

 

L. Trotsky



[1] Carta a Trygve Lie. Nation, 10 de octubre de 1936. La carta publi­cada venía acompañada de una nota de Erwin Wolf y Jean van Heije­noort, los secretarios de Trotsky. "Ante el pedido encarecido del minis­tro de justicia [Lie] esta carta no fue publicada, según nuestra intención original. Las copias les fueron sustraídas por la fuerza a los secretarios de Trotsky. Por fortuna ya habíamos enviado una copia al exterior, lo cual nos permitió, tras considerable demora, llevar este documento a conocimiento del público." Trygve Lie (1896-1968), ex asesor legal del NAP, fue ministro de justicia en 1935-39 y responsable de incomuni­car a Trotsky para que no pudiera defenderse de las calumnias de los juicios de Moscú. Fue ministro de relaciones exteriores en l941-46 y secretario general de las Naciones Unidas después de la Segunda Gue­rra Mundial en 1946-53.



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