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La discusión en Bélgica y el Plan de Man[1]

 

 

2 de marzo de l935

 

 

 

Al Secretariado Internacional

Estimados camaradas:

 

Estoy totalmente de acuerdo con su caracterización de la discusión en nuestra sección belga. Después de estudiar los documentos referentes a la crisis quisiera extenderme un poco sobre mi posición.

El 15 de enero de 1935 Bruselas escribió a todos los miembros de la sección belga: "Nuestras diferencias simplemente se intensifican [...] Como militantes revolucionarios no podemos compartir, siquiera parcialmente, las responsabilidades." Este es el idioma de la ruptura. Si la actitud de la organización nacional e internacional es tan mala que ya no permite a los "militantes revolucionarios" asumir siquiera parte de la responsabilidad, no queda otra cosa que la ruptura.

El 29 de enero Vereecken le escribió al Secretariado Internacional: "Estoy ansioso por informarles francamente que los camaradas ’antientristas’ y yo mismo consideramos cada vez más que este paso radical es sumamente pernicioso y que el SI no debe hacerse a menor ilusión respecto a un eventual cambio en nuestra posición política. Lo consideramos un enorme error político e histórico, y en interés del movimiento revolucionario y de la formación de la Cuarta Interna­cional continuaremos combatiendo esta tendencia con todas nuestras fuerzas."

Es el mismo idioma. Si los camaradas de Bruselas están persuadidos "cada vez más" de que nuestra táctica es sumamente perniciosa, si no tenemos que hacernos ilusiones sobre un eventual cambio en sus ideas, eso sólo significa que el camarada Vereecken se está dedicando consciente y sistemáticamente a preparar la ruptura.

"Nuestras diferencias simplemente se intensi­fican." Para los críticos de Bruselas la degeneración de la ICL es "cada vez más" evidente. Pero como las diferencias adquirieron un carácter abierto y agudo especialmente desde la discusión sobre la entrada de nuestra sección francesa a la SFIO, tenemos que esperar hasta que el camarada Vereecken haga un análisis de la experiencia en Francia desde entonces. Evidentemente, tuvo que ser esta experiencia la que lo convenció "cada vez más" de nuestra decadencia. Pero aquí comienza el enigma. En ninguno de los documentos que me llegaron encuentro un análisis de la experiencia de la sección francesa hecho por el camarada Vereecken. Esto puede parecer sorpren­dente.

El camarada Vereecken predijo la absoluta imposi­bilidad de que los bolcheviques leninistas desarrollaran sus ideas dentro del Partido Socialdemócrata. Predijo la degeneración oportunista y el descrédito total de nuestra tendencia. ¿Intenta analizar los hechos reales? ¿Compara sus predicciones con la realidad? No, ni en lo más mínimo. Era implacable cuando se trataba de pronósticos, discusiones, problemas previos, pero desde que estamos frente a una realidad Vereecken perdió todo interés en la cuestión. Este hecho carac­teriza perfectamente la manera abstracta en que Vereecken encara todos los problemas.

Pero a los marxistas antes que nada nos interesan los hechos. Y basándonos en los cinco meses que pasa­ron desde el "entrismo", decimos: cada día y cada nuevo hecho desmienten la actitud puramente negativa y estéril que tomó Vereecken en el momento de la discusión sobre Francia. Y si no es capaz de verlo y admitirlo abiertamente no hay que sorprenderse de que se aleje cada vez más del marxismo hacia el bordiguismo, que es lo mismo que decir hacia la nada.

Vereecken se lamenta: "la discusión sobre la juventud [se] hizo a la carrera"; y también "la votación fue confusa", etcétera... La dificultad de Vereecken reside en que separa completamente el problema de la juventud belga de la cuestión del "entrismo" en Francia y de la experiencia de la Liga francesa. Para él la actividad política no es otra cosa que una serie de discusiones. La cuestión francesa se discutió prolon­gada y acerbamente a nivel internacional y sobre todo en Bélgica. A la luz de estas discusiones y sobre todo de las experiencias que les siguieron, ningún marxista al que le interesen los hechos reales tenía necesidad de debatir la entrada a la Joven Guardia Socialista Belga; pero desgraciadamente éste no era el caso de Vereecken. Al volverle la espalda a la experiencia francesa, que lo desautoriza implacablemente, simple­mente quiere una nueva "discusión", y especialmente que dure mucho, ya que para él la actividad consiste en la discusión interna.

"Nuestras diferencias simplemente se intensifi­can" ¿Pero cuál es el punto más importante de las diferencias respecto a Bélgica? La cuestión del Plan de Man, que por su parte se redujo al problema de la inflación. Es sorprendente ver la importancia que Vereecken le atribuye a este asunto. Sus boletines es­tán llenos de demostraciones de las malas intenciones de de Man, que aspira a la inflación. Las mentalidades formalistas a menudo se toman de problemas totalmente secundarios para inflarlos fuera de toda propor­ción. ¿Es que acaso somos los caballeros del franco belga? ¿Nos salvaremos salvando la moneda actual? Es incomprensible el fanatismo antiinflacionario de Vereecken. En este período de crisis social, de sacudi­das económicas, La inflación y la deflación son dos medios complementarios de hacerle pagar al pueblo la decadencia del capitalismo. Los partidos burgueses organizan formidables discusiones sobre si es mejor cortarles la cabeza a los trabajadores con la guadaña de la inflación o con el simple cuchillo de la deflación. Nosotros luchamos con la misma energía contra la guadaña que contra el cuchillo.

Pero Vereecken se obstina antes que nada contra la inflación. Para exponer el Plan de Man creó un aforismo especial: "nacionalizar comprando nueva­mente es una especie de inflación." Es al comprar nuevamente a lo que hay que oponerse, sin embrollarse en cuestiones de técnica financiera. Pero no; Vereecken quiere demostrar que de Man es un inflacionista.

Llega tan lejos como para decir que "para nuestra tendencia hubiera sido muy importante encarar en el periódico una campaña sobre este problema". Pero, si no me equivoco, es el gobierno de Theunis[2] quien hoy hambrea al pueblo agitando a la vez el fantasma del plan inflacionista de de Man. Ese es el mejor modo de asestar la cuchillada de la deflación. Pero desde el momento en que todo eso sucede en la realidad y no en la discusión a Vereecken lo deja indiferente. No exi­ge del periódico una campaña contra la deflación de Theunis sino contra la problemática y, de todos modos, distante inflación de de Man. La mentalidad de Ve­reecken se revela íntegra en este instructivo episodio.

Vereecken escribe: "Aunque se sabe, y se estuvo de acuerdo en escribirlo, que el plan es un engaño a los trabajadores, y además que se están llevando a cabo negociaciones ocultas para asestarles un traicionero golpe a las masas trabajadoras, Charleroi[3] continúa dejando que los trabajadores luchen en medio de una oscuridad total. Se ha llegado tan lejos que La Voix confunde el plan con el socialismo... Los directores de La Voix ya no saben distinguir entre el socialismo y un engaño, una falsa ilusión, una traición."

Pueden ver, camaradas, que el caso es serio. Vereecken no sólo acusa a La Voix de identificar el engaño y la traición con el socialismo sino además de hacerlo con pleno conocimiento de causa. Las directores de La Voix saben que es una mentira pero, en lugar de desenmascararla, Lesoil[4] y sus amigos la ocultan, conducen a los obreros a la trampa, parti­cipan en la traición. ¿Y nuestra organización interna­cional? Veamos lo que dice al respecto en la carta del 15 de enero: "Finalmente acusamos al SI y al camarada Vidal de ocultar la posición de Charleroi y decimos: a cada cual su responsabilidad."

Como ven, es un asunto serio. Los dirigentes de la sección belga traicionan conscientemente al proleta­riado y la dirección internacional los apaña.

Pero no se apresuren a irritarse. No estamos juzgando la mala fe de Vereecken sino su pensamiento periodístico antimarxista que se aparta de la realidad para internarse en el reino de los fantasmas.

Para señalar que el plan de de Man es inflacionista, Vereecken construye toda una Torre Eiffel de demos­traciones del peligro inflacionista que nos amenaza. De Man está a favor de volver a comprar, lo que sólo puede significar un terrible gasto para el pueblo. Por medio de qué procedimiento técnico se efectuará la compra es un problema de minimísima importancia. Pero, a imitación de Theunis, Vereecken levanta el espectro de la inflación. Ese es el engaño, ésa es la traición de la que Lesoil es cómplice y a la que el SI "protege". Sería cómico de no ser tan trágico, al menos para el camarada Vereecken.

Muchas veces sé hizo la crítica del plan; se la puede completar. Si nosotros tuviésemos que presentarle un plan al proletariado belga, seria completamente diferente. Desgraciadamente, el proletariado belga no nos dio a nosotros este mandato, sino al Partido Obrero Belga [POB], y el plan refleja dos hechos: la presión del proletariado sobre el POB y el carácter conservador de este partido.

¿En qué consiste el engaño del plan? En el hecho de que la dirección del POB, de Man incluido, no desea conducir a las masas a la lucha, y sin lucha este plan, inadecuado como es, resulta completamente irrealizable. Entonces, cuando les decimos a las masas que para aplicar este imperfecto plan es necesario pelear hasta las últimas consecuencias, estamos lejos de ocultarles el engaño; por el contrario, les ayudamos a descubrirlo a través de su propia experiencia.

Pero ustedes identifican el plan con el socialismo, escribe Vereecken. Simplemente olvida que en boca de de Man la palabra socialismo es tan engañosa como el plan. Y por la misma razón los dirigentes del POB no quieren la lucha. Pero se han enredado entre las ruedas de la crisis del capitalismo y del reformismo. Se vieron obligados a proclamar el plan y hasta a hacer de él la plataforma del proletariado belga. Es un hecho. ¿Cuál es nuestra tarea? Ayudar a los obreros a hacer girar las ruedas en las que los dirigentes oportunistas forzosamente tuvieron que meter las manos.

Permítanme, camaradas, recordar un ejemplo clásico. En mayo de 1917 el Partido Social Revolu­cionario ruso formuló su "plan", es decir su programa agrario, basándose en cientos de reivindicaciones campesinas. El programa levantaba la expropiación de los terratenientes, la redistribución periódica de la tierra entre los campesinos, la abolición del trabajo asalariado en la agricultura, etcétera... De conjunto, la consigna democrático-revolucionaria (expropiación de los terratenientes) se ligaba a reivindicaciones utópicas, a prejuicios pequeñoburgueses. El partido de Kerenski-Chernov, que lanzó este "plan", seguía en la coalición gubernamental con los terratenientes y los capitalistas.

¿Cuál fue la actitud de los bolcheviques? Criticaron las contradicciones internas y fallas del programa. Pero antes que nada reconocieron que la realización de este programa significaría una enorme ventaja para los campesinos, para todo el pueblo. Sin embargo, no podía cumplirse ese programa en colaboración con los explotadores. Los bolcheviques hicieron todo lo posible por impulsar a los campesinos a luchar por su plan. Terminaron incluyendo el plan en su programa de acción. Les decían a los campesinos: los errores de vuestro programa los corregiremos juntos, a la luz de la experiencia común, cuando hayamos tomado el poder. Sin embargo, vuestros dirigentes, Kerenski, Chernov y los otros, no quieren la lucha. Allí está su mentira. ¡Tratad de arrastrarlos a la lucha, y si se obstinan, echadlos!

En esta política no había trampas ni traición. Era la verdadera política del realismo marxista. Sin ella hubiera sido imposible la Revolución de Octubre.

La tarea revolucionaria consiste en exigir que el POB tome el poder para hacer efectivo su plan. A esto Vereecken responde: No! Hay que exigir un gobierno obrero, no solamente un gobierno socialista. No tenemos que olvidar a los obreros stalinistas, y además el plan no es bueno, nos amenaza con la inflación. Yo, Vereecken, propondré un plan mejor. ¿Es serio esto? No, es ridículo. Vereecken se ubica fuera de la realidad. Construye en su imaginación un frente único que no existe en Bélgica. Para este imaginario frente único propone un imaginario programa, que Vandervelde y Jacquemotte[5] luchen juntos por el plan perfecto soñado por Vereecken. De esta manera todo se arregla a la perfección.

Vereecken trata de citar a Gourov en favor de su posición sobre la campaña alrededor del plan. Se trata por lo menos de un desgraciado malentendido. En su carta,[6] Gourov reconoce la necesidad de tomar posición en base a una campaña en favor de que el partido socialista [el POB] tome el poder para aplicar su propio plan. Eso es todo. Gourov insistió solamente en que hay que criticar con aspereza a los socialistas de izquierda. Por lo menos las nueve décimas parees de la carta de Gourov coinciden con la posición de Charleroi, mientras que Vereecken ya previamente caracterizaba el Plan de Man como una expresión del social-fascismo.

Tomándose de algunas formulaciones poco precisas de La Voix, Vereecken acusa a sus directores de servir a la dirección del POB y de los sindicatos, y de renun­ciar a la crítica marxista. Esta nueva traición seria el precio a pagar para entrar al POB. Tomen nota de lo nefasto de la acusación. La asombrosa desproporción entre los hechos, es decir las citas tomadas del perió­dico, y la acusación llega al nivel de una calumnia. Recibí recién un ejemplar de La Voix. Dice: "El triunfo obtenido por el gobierno el 4 de febrero, con la ayuda de los dirigentes del POB y la CS [la federación sin­dical]." En el mismo artículo se dice que los dirigentes del POB ratificaron plenamente "su adhesión al régimen burgués, a los enemigos declarados de los trabajadores", etcétera. Realmente, uno no usa ese lenguaje cuando está tratando de venderse a la burocracia del POB y la CS. En el mismo periódico hay una critica a l’Action Syndicale (La Acción Sindical), que aconseja al gobierno inclinarse ante la "presión" de la manifestación. "Quienes les hablan así a los obreros, los engañan", dice La Voix. No, La Voix no está sometida a los dirigentes sindicales, no engaña a los obreros, a pesar de los errores que comete a veces. Pero estas equivocaciones de La Voix resultan insignificantes ante las montañas de errores, distor­siones, acusaciones en el aire y caracterizaciones totalmente falsas de la realidad del camarada Vereecken.

El más grave error que se le puede reprochar a La Voix -y en esto estoy completamente de acuerdo con el camarada Martin- es que nuestros camaradas belgas identifican demasiado la lucha revolucionaria con la huelga general. Así como una simple huelga necesita, sobre todo en esta época, de un piquete, una huelga general necesita de una milicia obrera, que en última instancia no es más que un piquete genera­lizado. La huelga general plantea el problema del poder pero no lo resuelve. En realidad se trata del problema de la fuerza armada. Los fascistas penetran en todos los cuarteles tanto a través de los oficiales activos como de los de la reserva. La vanguardia proletaria tiene que esforzarse por estrechar sus lazos morales con sus hermanos soldados. Por lo tanto la lucha por el poder no sólo exige la preparación de la huelga general sino también la educación de la volun­tad de la vanguardia de pasar de la defensiva a la ofensiva, de crear una milicia obrera y ganarse a los trabajadores del ejército. Pero es muy significativo que Vereecken no diga una sola palabra sobre esto. Condena a La Voix únicamente en aquello en que está perfectamente acertada.

La actitud general de Vereecken recuerda a la de Bauer, pero con cierto retraso. El conservadorismo de ambos se siente ofendido por el hecho de que pasamos de la etapa de la propaganda individual a la de la acción sistemática en las masas. Esta transición, inevitable por la lógica de los acontecimientos y prevista por nosotros hace mucho tiempo, les parece una renuncia a los principios, un sometimiento, una traición. Quienes realmente abandonaron los principios marxistas más fundamentales fueron Bauer, Vereecken, todos los bordiguistas y hennautistas no declarados[7] La etapa de la propaganda educativa individual fue inevitable. Cuando los centristas nos acusaban de sectarismo les respondíamos: sin una mínima cantidad de cuadros marxistas es imposible la acción principista entre las masas. Pero ésa es la única razón por la que formarnos cuadros. En junio de 1929 el Biulletin le respondía a un oportunista francés que a menudo se refería a nuestro sectarismo: Sí, "[...]Entre nosotros hay elementos que se sienten muy satisfechos de sentarse en su casa y criticar al partido oficial, sin plantearse ningún objetivo más amplio, sin asumir ninguna obligación revolucionaria práctica, haciendo así de la oposición revolucionaria un título, algo pare­cido a una Orden de la Legión de Honor. Además hay tendencias sectarias que se manifiestan buscándole siempre cinco patas al gato. Hay que luchar contra esto. Y yo estoy personalmente dispuesto a hacerlo sin detenerme, si fuera necesario, por antiguas amistades, lazos personales, etcétera." Camaradas, estas líneas se escribieron hace casi seis años. Por lo tanto, no se trata en absoluto de un giro inesperado provocado por alguna circunstancia excepcional. Se trata de que tenemos mayor cantidad de tareas y obligaciones debido a todo nuestro trabajo anterior. Las circunstancias excepcionales no hacen más que plantear con extraor­dinaria nitidez nuestras nuevas tareas.

En casi todas las páginas de la correspondencia de Engels con Sorge, que duró varias décadas, podemos encontrar notables observaciones sobre el problema que nos interesa. Tanto en Inglaterra como en Estados Unidos el marxismo, durante mucho tiempo, no superó el nivel de una sociedad de propaganda. Engels nunca se cansó de repetir que el marxismo no es una doctrina académica ni una sectaria profesión de fe sino un ins­trumento para el trabajo sistemático en las masas. En 1886 decía:

"Si en la Liga Socialista logran educar a un núcleo de personas que entiendan teóricamente las cosas, mucho se habrá ganado en favor del lanzamiento de un verdadero movimiento de masas [...]"

Ustedes ven que Engels entendía bien la importancia de un núcleo de gente educada teóricamente. Pero para él esto no constituía un fin en sí mismo. El mismo año escribía, refiriéndose a los marxistas alemanes que vivían en Estados Unidos:

"Los alemanes no entienden cómo utilizar su teoría para poner en movimiento a las masas norteamerica­nas; la mayoría de ellos no entiende la teoría, y la consi­deran de manera doctrinaria y dogmática, como algo que hay que aprenderse de memoria para que de allí en más satisfaga todas las necesidades. Para ellos es un credo y no una guía para la acción." (El subrayado es mío.)

Les pregunto, ¿No es éste el caso de Bauer y Veree­cken, que se aprendieron de memoria las definiciones abstractas de reformismo, Segunda Internacional, etcétera, que no les sirven para acelerar sino, por el contrario, para frenar nuestra actividad revolucionaria entre las masas?

Un mes después, Engels escribía de nuevo sobre los seudo maxistas que, frente a un movimiento de masas real, trataban de hacer de la "teoría [marxista], no siempre bien comprendida, una especie de dogma sal­vacionista, y de esa manera mantenerse alejados de cualquier movimiento que no acepte ese dogma". ¿No es éste el caso de Vereecken ante el movimiento de masas en favor del plan?

En febrero de 1887 Engels escribía: "Ese gran movimiento nacional, no importa qué formas adopte en un primer momento, es el verdadero punto de partida del desarrollo de la clase obrera norteamericana. Si los alemanes se unen a él para ayudarlo o acelerar su desarrollo en la orientación correcta, harán muy bien y jugarán un rol decisivo. Si se mantienen al margen, quedarán reducidos a una secta dogmática y serán barridos por no comprender sus propios principios." (El subrayado es mío.) ¿No es éste un espejo donde se reflejan los Bauers, los Vereeckens y otros?

Dos años después, en abril de 1891, Engels daba un ejemplo para sacar esta conclusión: "Demuestra qué inútil puede ser una plataforma teóricamente muy correcta si no se sabe cómo ligarla con las verdaderas necesidades de las masas. Finalmente, un año antes de su muerte, Engels condenaba a los marxistas ingle­ses y norteamericanos "que se las arreglaron para re­ducir la teoría marxista del proceso a una rígida ortodoxia que los obreros [...] tienen que deglutir [...] como un artículo de fe". Podría multiplicar indefinidamente estas citas. Sin dificultad se pueden encontrar las mismas ideas, adaptadas a condiciones diferentes, en Lenin, cuya intransigencia revolucionaria, ya lo sabemos, no tenía nada en común con la esterilidad sectaria.

¿Cuáles son nuestras conclusiones? Vereecken ahora representa en nuestras filas una tendencia reac­cionaria. Sus actos de indisciplina pueden llegar a ser muy importantes por sí mismos, pero en esta situación para nosotros son sólo secundarios. Tenemos que condenar sin reservas sus falsas y estériles concepciones, que, si hicieran presa de la dirección, podrían reducir nuestra tendencia al penoso rol de los bordiguistas, los hennautistas, etcétera... Es necesario declara; abiertamente que no podemos aceptar y no aceptare­mos la menor responsabilidad por la tendencia Bauer-Vereecken.

¿Excluye esto el trabajo en común en el futuro, tal vez mañana, hoy incluso? Por mi parte, no. Si Bauer, después de su infortunada experiencia, que lo aisló totalmente tanto en Alemania como en el exilio, vuelve a nuestras filas, será bienvenido. Nadie le impondrá condiciones humillantes al estilo stalinista. No se puede actuar sin cometer errores. El crimen comienza cuando se rehusa corregir errores probados por la experiencia.

Si el camarada Vereecken sabe superar su caprichoso y anarquista individualismo, si se esfuerza por no orientarse de acuerdo con sus propios textos sino con la realidad de la lucha, no tiene más que volver al partido con el que deliberadamente rompió. Por nuestra parte encontrará el más sincero deseo de colaboración. Lo de­cisivo no son los infortunados episodios de la lucha interna sino la concepción y los métodos revoluciona­rios. ¿Nos son comunes o no? Esta es la pregunta que Vereecken tendrá que responder para volver a ocupar su lugar en nuestras filas.

 

Crux [León Trotsky]



[1] La discusión en Bélgica y el Plan de Man. La primera parte fue traducida [al inglés] de un boletín sin fecha y sin número del Partido de los Trabajadores de Estados Unidos, 1935; la segunda parte fue traducida [al inglés] pera este Volumen [de la edición norteamericana] por George Novack de un boletín de la sección belga de la ICL, abril de 1935. Firmado "Cux". La sección belga se reunió en una conferencia nacional el 10 de marzo pera discutir las perspec­tivas y ver si era posible evitar la ruptura de una minoría, centralizada en Bélgica y dirigida por George Vereecken, que se oponía, entre otras cosas, al giro francés y a su aplicación en Bélgica. Los delegados discutieron la carta de Trotsky apoyando la posición tomada por el Secretariado Internacional y por Martin, su delegado en la conferencia. La conferencia aprobó una moción presentada por el sector de Charleroi, que aprobaba la entrada al Partido Obrero Belga (POB) pero no planteaba fecha para efectivizarla. No se evitó la ruptura. En el cuarto párrafo anterior al final, que comienza "Dos año después, en abril de 1891", parece que se cometió un error tipográfico con la fecha o se omitió inadvertidamente una cita anterior de Engels.

[2] George Theunis (1873-1966): fue ministro de finanzas y primer ministro del gobierno belga entre 1921 y 1925, ministro de defensa nacional en 1932 y primer ministro de 1934 a 1935.

[3] Al decir Charleroi se refiere a la dirección de la sección belga, cuyo periódico era La Voix Communiste.

[4] León Lesoil (m. 1942): uno de los fundadores del PC Belga, estuvo entre los dirigentes expulsados en 1928 por oponerse a la represión contra la oposición soviética. Participó en la organización de la sección belga y en su direc­ción hasta su muerte. Arrestado por la Gestapo en 1941, murió al año siguiente en un campo de concentración.

[5] Vandervelde y Jacquemotte: dirigentes del POB y del PC respectivamente.

[6] La Carta de Gourov, de fecha 9 de enero de 1934, se publica con el título "Revisionismo y planificación" en Escritos 1933-1934.

[7] Los hennautistas eran una tendencia que se había separado de la sección belga, en 1933 se negocia con ellos, infructuosamente, la reunificación.



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