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La Liga frente a un giro decisivo[1]

 

 

Junio de 1934

 

 

 

Durante varios años, la más activa consigna de lucha de la Liga fue "el frente único". No cabe duda de que, pese a su carácter "abstracto", esta consigna ha sido durante dos o tres años la clave de la situación: primero en Alemania, luego en Francia. Fueron necesarios la derrota del proletariado alemán, el desastre austríaco, el crecimiento del fascismo en Francia y en otros países para que la burocracia de la Comintern se sintiera impulsada a efectuar un giro radical en torno de la cuestión del frente único. Los ejemplos de giros anterio­res sólo sirvieron para mostrarnos demasiado bien que, sin la revisión crítica de la posición anterior y sin la cimentación teórica de la nueva, no hay giro, por progre­sista que fuere en su aspecto formal, que garantice la adopción de una política correcta. Por lo contrario, el nuevo giro lleva inevitablemente dentro de sí una cadena de nuevas vacilaciones y errores. Y en él tene­mos ya signos elocuentes de los nuevos peligros: los ultimatistas se vuelven oportunistas. Esto hace que toda nuestra lucha se transfiera a un plano nuevo y más elevado.

Por su parte, la socialdemocracia allanó el camino hacia el frente único con el propósito definido de quebrar su cabeza revolucionaria. En el terreno del frente único la lucha contra la burocracia reformis­ta[2] debe llevarse a cabo en forma menos estentórea pero más sistemática y concentrada que nunca.

Ambas burocracias están unidas por sus intereses comunes contra la creciente oposición que expresa o trata de expresar las tareas de la hora. Por otra parte, esas mismas burocracias se oponen hostilmente entre sí, en una competencia más aguda que nunca. Esto nos permite diferenciar dos planos en las políticas de ambas burocracias: el de la conspiración contra todo el que trate de perturbar su dominio y el del temor que ambas tienen de transformarse en víctimas de su añada. El resultado es la disposición a romper el frente en cualquier momento.

Hasta hace poco, en la política del frente único llevaban la voz cantante las lecciones recogidas de los hechos, el análisis marxista y las criticas de los bolche­viques leninistas. Ahora en Francia se agregó a aqué­llos un nuevo y poderoso factor: la presión activa de las propias musas. Es éste un factor decisivo. Se expresa directamente en las combativas manifestaciones callejeras e indirectamente en el giro político de ambos aparatos. Es un tremendo paso adelante. Pero, justamente por tratarse de un paso tremendo, cambia la situación política de pies a cabeza.

Apenas ayer, la consigna del frente único era monopolio exclusivo de los bolcheviques leninistas. Hoy nos han quitado ese monopolio. La consigna ha pasado a ser de propiedad común, lo que expresa el profundo y apasionado, aunque políticamente muy nebuloso, anhe­lo de las masas de oponerse al avance de la reacción me­diante las fuerzas unidas de todos los oprimidos. La exis­tencia de este anhelo crea la condición más importante, si no para una situación directamente revolucionaria, por lo menos para una situación prerrevolucionaria. Por desgracia, las organizaciones existentes apenas distin­guen los cambios reales que se han producido en la actitud de las masas trabajadoras. El primer deber de toda organización revolucionaria, especialmente. en un período critico como el presente, en que la conciencia de las masas cambia literalmente a diario, consiste en mantener oídos atentos a lo que el trabajador común comenta en la fábrica, en la calle, en los transportes, en el café y en el hogar, para saber cómo ve él la situa­ción, qué esperanzas alienta, en qué cosas cree: hay que escuchar atentamente a ese trabajador. En la actua­lidad, se puede juzgar la profundidad y la agudeza del giro operado en la conciencia de las masas sobre todo por sus expresiones afines, especialmente por hechos tales como los que tienen lugar en ambos partidos (la cristalización de un ala izquierda dentro de la socialdemocracia, la escisión de Saint-Dénis, el giro de ambas burocracias hacia el frente único, etcétera). Por cierto que el carácter de estas expresiones sintomáticas se ha mantenido en segundo plano y ha sido distorsionado; sin embargo, es licito llegar a las siguientes conclusiones: 1) los trabajadores no sólo ven el peligro Sino también la posibilidad de la resistencia; 2) ven su salvación en el frente único; 3) con una política correcta que refuerce la confianza de los trabajadores en si mismos, la defensa activa puede pasar a ser, en poco tiempo, ataque generalizado.

La tarea de los bolcheviques leninistas no consiste hoy en la repetición de fórmulas abstractas sobre el frente único (alianzas obreras, etcétera), sino en la formulación de consignas definidas, en la actividad concreta y en la perspectiva de la lucha sobre la base de una política de frente único de masas. La tarea de la defensa es la de establecer soviets y acelerar su trans­formación en órganos de la- lucha por el poder. La tarea de la Liga no disminuye en virtud de la situación pre­sente, sino que, por el contrario, crece, se desplaza a otro plano y adquiere otro carácter. Nadie debe pensar que ocuparse de reflexionar sobre lo que se ha apren­dido significa perder la partida.

Desde ahora en adelante, para la. Liga tendrá impor­tancia decisiva su relación con el frente único no como consigna abstracta, sino como realidad viviente de la lucha de masas. La nueva situación se expresa con claridad máxima en el ejemplo de Saint-Dénis. Apenas ayer, Doriot[3] encabezaba la lucha por el frente único que él, a su manera, hizo realidad en Saint-Dénis. Mañana, en caso de acuerdo entre ambas burocracias, las masas encontraran en Doriot un obstáculo, un divisionista, un saboteador del frente único. La burocra­cia stalinista optará por presionar al grupo de Saint­-Dénis a volver a los cuadros de su viejo partido (¿con o sin Doriot?), o bien por aplastarlo.

La política de la Liga no queda, naturalmente, agotada con la idea abstracta del frente único, por la siguiente razón: la trayectoria de los bolcheviques leninistas - desde el punto de vista histórico - no puede ser liquidada por el acuerdo entre ambas buro­cracias. Con todo, si la Liga permaneciera pasiva, incapaz de adaptarse audaz y rápidamente a la nueva situación, podría ser lanzada nuevamente al vacío por un largo periodo.

Podría objetarse que el frente único exige la partici­pación de todas las agrupaciones y organizaciones proletarias y, por consiguiente, la de Saint-Dénis tanto como la de la Liga. Pero semejante objeción sólo tiene valor formal’. Lo decisivo es la relación de fuerzas. Si la Liga hubiera sido capaz de enraizarse más profundamente en las masas en el momento oportuno, si Saint-­Dénis hubiera adherido a la Liga, si... etcétera, entonces habría existido, al margen de ambas burocracias, una tercera fuerza, cuya participación en el frente único habría sido una necesidad surgida de la propia situación. En el campo del frente único, esa tercera fuerza se habría hecho decisiva. Pero ésa no es la situación. La Liga es organizativamente débil; Saint-Dénis y otros grupos son políticamente débiles. Por esa razón están todos, incluso la Liga, amenazados por el peligro de tener que permanecer realmente fuera del frente único, pese a que sea un tremendo mérito de la Liga el haber puesto en marcha este frente.

Si la Liga se mantiene al margen y concentra sus esfuerzos en la crítica desde fuera, corre el riesgo de despertar la ira y no la atención de los trabajadores. Recapitulemos una vez más: las masas ven hoy en la unidad la única salvación de sus filas y consideran un obstáculo a todo el que se mantiene fuera de las bases, a todo el que crítica desde el balcón. No tener en cuenta esta poderosa y, en el fondo, sana actitud de las masas, ponerse contra ella significaría la muerte. En los co­mienzos del movimiento, la tarea de los marxistas consiste en aportar, apoyándose en la ola ascendente, la necesaria claridad de pensamiento y método.

La Liga debe tomar una posición orgánica dentro del frente único. Es demasiado débil para pretender una posición independiente. Esto equivale a decir que deberá ocupar de inmediato un lugar dentro de uno de los dos partidos que negociaron el acuerdo. Para noso­tros, no hay diferencia de principios entre ambos partidos, o ésta apenas si existe. En la práctica, sin embargo, sólo es posible el ingreso en el partido social-demócrata.

¿Cómo? Oímos de pronto un estallido de objecio­nes: ¿la Liga tiene que entrar en el partido de León Blum? ¿Debe capitular ante el reformismo? Si estamos por el nuevo partido, si estamos por la Cuarta Interna­cional, ¿cómo vamos a unirnos a la Segunda? ¿Qué van a decir los stalinistas? ¿Qué van a decir los obreros? Etcétera, etcétera. Todo estos argumentos parecen poderosos, pero son en realidad superficiales, porque saltan por sobre la realidad. Se basan en lo que seno deseable, y no en lo que es.

Por supuesto que estamos contra el reformismo: en la presente situación, con más inflexibilidad que nunca. Pero hay que saber cómo acercarse a la meta en cada situación concreta. Renunciar a los principios o aban­donar "provisoriamente" la lucha por ellos seria una traición abierta. Pero la elección de medios de lucha congruentes con la situación y con nuestras propias fuerzas es una exigencia elemental del realismo. El bolchevismo,[4] representado por la conducción leninista, no traicionó ni renunció a sí mismo, cuando en 1905-1906, por presión de las masas que anhelaban la unidad, los bolcheviques se vieron forzados a establecer una coalición con los mencheviques. Esta coalición llevó progresivamente a una nueva escisión. Sin embargo, en 1910 y bajo la presión de los sentimientos de sus propios cuadros, Lenín se vio forzado a encarar una tentativa de unidad que desembocaría, dos años más tarde, en la escisión definitiva. La irreconciabilidad de principios nada tiene que ver con la osificación sectaria, que negligentemente pasa por alto los cambios en la situación y en la actitud de las masas. Partiendo de la tesis según la cual el partido proletario ha de ser inde­pendiente a cualquier costo, nuestros camaradas ingleses llegaron a la conclusión de que no podían permitirse el ingreso al L.P. ¡Vaya! Sólo olvidaban que estaban lejos de ser un partido, que eran apenas un circulo de propaganda, que un partido no cae del cielo y que el circulo de propaganda debe atravesar un período de existencia embrionaria antes de transfor­marse en partido. Nuestros camaradas ingleses (la mayoría) pagaron indudablemente caro su error de perspectiva, y nosotros con ellos. Recordemos aquí lo siguiente: en aquella época no le reprochamos a Walcher[5] y Cía. haber ingresado al SAP, sino haber enfundado la bandera del marxismo para hacerlo. Nosotros no haremos lo mismo.

Naturalmente, la Liga no puede entrar al Partido Socialista sino como fracción bolchevique leninista. Mantendrá La Verité, que ha de transformarse en órgano de la fracción, con los mismos derechos que Action Socialista,[6] etcétera. En el planteo abierto de la cuestión de su admisión, la Liga dirá: "Nuestros puntos de vista se han visto reivindicados por completo. El frente único inicia la marcha por los rieles de las masas. Queremos participar activamente. La única posibilidad que nuestra organización tiene de participar en el frente único de masas, en las circunstancias dadas, consiste en ingresar al Partido Socialista. Hoy tal como antes, consideramos más necesaria que nunca la lucha por los principios del bolchevismo, por la creación de un verdadera partido revolucionario de la vanguardia proletaria y por la Cuarta Internacional. Confiarnos en que hemos de convencer de todo esto a la mayoría de los trabajadores, tanto socialistas como comunistas. Nos comprometemos a llevar a cabo esta tarea dentro de los marcos del partido, a sujetarnos a su disciplina y a preservar la unidad de acción."

Naturalmente, los stalinistas levantarán vuelo, o trataran de hacerlo, con un aullido furioso. Pero, en primer lugar, ellos mismos emprendieron un agudo giro cuando formaron un bloque con los "socialfascistas". En segundo lugar, su campaña contra nosotros desper­tará la indignación de los obreros socialistas. En tercer lugar, y ésta es en el fondo la única consideración importante, aquí no se trata de qué van a decir los stalinistas, sino de cómo hacer para que la Liga se transforme en una fuerza seria dentro del movimiento obrero. Si mediante su ingreso en el Partido Socialista logra, en el término de un año y acaso de seis meses (los procesos se desarrollan muy rápidamente en nuestros días), congregar bajo su bandera a varios miles de trabajadores, a nadie se le ocurrirá ya recordar la campaña de los stalinistas.

Varios camaradas -yo entre ellos- acusamos a la dirección de la Liga y de La Verité de que su lucha contra la dirección socialdemócrata era insuficiente. A primera vista, podría parecer que existe una contra­dicción irreconciliable entre esta crítica (que mantengo todavía hoy en todos sus aspectos) y la propuesta de ingresar en el Partido Socialdemócrata. En realidad no hay tal cosa. Existir como organización independiente, o sea, sin demarcarnos claramente respecto de los socialdemócratas, significa el riesgo de transformarnos en apéndice de la socialdemocracia. El entrar abiertamente (en las condiciones concretas dadas) en aquel partido, con el fin de desarrollar una lucha inexorable contra su dirección reformista, implica llevar a cabo un acto revolucionario. El examen crítico de la política de Blum[7] y Cía. debe ser el mismo en ambos casos.

Podría hacerse también otra objeción: ¿por qué comenzar por el Partido Socialista? ¿No seria más correcto dirigirnos primero al Partido Comunista? Esta cuestión no puede en modo alguno transformarse en objeto de diferencias de opinión serias; está claro que la apelación a los stalinistas sólo puede tener el carácter de una demostración. ¿Es necesaria tal cosa? Es probable que resultara útil en cuanto a un sector definido de los trabajadores comunistas. La declaración de la Liga tendría entonces el siguiente contenido: "Hemos luchado contra la teoría del social-fascismo, por el frente único, etcétera. Los últimos pasos del partido dan muestras de cierto giro en esa dirección. Por esa razón, estamos dispuestos a llevar a cabo una tentativa leal de trabajar dentro del partido, naturalmente con la condición de que nos sea posible luchar por nuestras ideas sobre la base de la democracia parti­daria." Tras la inevitable negativa, la Liga tendría que dirigirse al Partido Socialista. Si la dirección del Partido Socialista rehusa aceptar a la Liga (y esto es perfectamente posible), quedará abierto un amplio campo para la lucha contra la dirección en los organismos inferiores. En tal caso, las simpatías de los obreros socialistas se volcarían hacia el lado de la Liga.

La Liga enfrenta el viraje más serio de toda su historia. El éxito de éste sólo puede asegurarse mediante la audacia, la rapidez y la unanimidad. Las pérdidas de tiempo, las discusiones interminables y las luchas intestinas significarían la destrucción.

Primero, el Comité Central, comenzando por el Buró Político, debe establecer su posición, por supuesto, en estrecho acuerdo con el Secretariado Internacional.[8] Luego, los miembros del Buró Político deberán confor­mar, sin dilaciones, la opinión de los afiliados. Dada la extraordinaria importancia de la cuestión, seria nece­sario convocar a una conferencia que produzca una reso­lución final. Ante el rápido curso de los acontecimientos, la conferencia debiera reunirse no más tarde que a mediados de julio; el 14 de julio, por ejemplo. Sólo mediante la observancia de ese ritmo y dado el carácter del propio giro podremos contar firmemente no sólo con que la Liga no ha de correr tras los acontecimientos, sino también con que habrá dado un gran paso adelante en el camino hacía la creación de un partido realmente revolucionario del proletariado, y hacia la construcción de la Cuarta Internacional.



[1] La Liga frente a un giro decisivo. Internal Bulletin, Liga Comunista Nor­teamericana, N" 17 octubre de 1934. Firmado "Vidal". Igual que el articulo anterior, fue escrito para los miembros de la Liga francesa.

[2] El reformismo es la teoría y la práctica del cambio gradual, pacífico y parlamentario (opuesto a la revolución) como el mejor o el único medio de pasar del capitalismo al socialismo. En consecuencia los reformistas tratan de ablandar la lucha de clases y promover la colaboración de clases. La lógica de su posición los lleva a ubicarse junto a los capitalistas contra los obreros y los pueblos coloniales que tratan de hacer la revolución.

[3] Jacques Doriot (1898-1945): dirigente del Partido Comunista Francés y alcalde de Sant-Dénis, un suburbio industrial radicalizado, comenzó a plantear el frente único contra el fascismo en 1934, antes de que lo hiciera Moscú. Como el PC no discutía sus propuestas, las hizo públicas. Renunció a su cargo de alcalde pero fue electo. Expulsado del PC en junio, cuando rehusó a ir a "discutir" a Moscú, conservó el apoyo de la numerosa organización del PC en Saint-Dénis. Durante un tiempo coqueteó con los elementos centristas ligados a la IAG, luego se volvió ala derecha y en 1935 formó un partido fascista.

[4] Bolchevismo y menchevismo eran las dos tendencias fundamentales del partido Obrero Socialdemócrata Ruso, que le evidenciaron en su Segundo Congreso, en 1903. los bolcheviques, dirigidos por Lenin, y los menchevi­ques, dirigidos por Iulius Martov, se separaron eventualmente en dos parti­dos, y en 1917 terminaron en lados opuestos de las barricadas.

[5] Jakob Walcher (n 18879: miembro de la Liga Espartaco y fundador del Partido Comunista Alemán, en 1929 fue expulsado de la Comintern por apo­yar a la Oposición Comunista de Derecha (KPO) branderista. En 1932 se fue de la KPO y se convirtió en dirigente del SAP. Después de la Segunda Guerra Mundial volvió al stalinismo, aceptando un cargo secundario en el gobierno de Alemania Oriental.

[6] Actión Socialiste (Acción Socialista): era la publicación de una tendencia de izquierda de la SFIO, Comité d’ Acción et Revolutionaire (Comité de Acción Socialista y Revolucionaria), entre cuyos dirigentes estaba Claude Just.

[7] León Blum (1872-1950): principal dirigente de la SFIO en la década del 30 y premier del primer gobierno del Frente Popular en 1936.

[8] El Comité Central era el organismo ejecutivo superior de la Liga Comu­nista El Buró Político (Politburó) era un subcomité del Comité Central. El Secretariado internacional era un comité de la ICL, elegido por el plenario.



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