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El estado obrero, termidor y bonapartismo[1]

 

 

1º de febrero de 1935

 

 

 

La política exterior de la burocracia stalinista- a través de sus dos canales, el fundamental de la di­plomacia y el secundario de la Comintern pegó un marcado viraje hacia la Liga de las Naciones, la preser­vación del status quo y la alianza con los reformistas y la democracia burguesa. A la vez, la política interna se volvió hacia el mercado y el “campesino rico de la granja colectiva”. El objetivo del ultimo ataque contra grupos opositores y semiopositores, así como contra elementos aislados que mantienen por lo menos una actitud critica, y de la nueva purga masiva en el partido es dejarle a Stalin vía libre para emprender el curso a la derecha. Ello implica inevitablemente la vuelta al viejo curso orgánico[2] (apostarlo todo al kulak, alianza con el Kuomintang, el Comité Anglo-Ruso, etcétera), pero a escala mucho mayor y en condiciones infini­tamente más onerosas. ¿Adónde conduce esta orienta­ción? Otra vez se escucha en muchas bocas la palabra “Termidor”. Desgraciadamente, el uso desgastó esta palabra; perdió su contenido concreto y es eviden­temente inadecuada para caracterizar la etapa que atraviesa la burocracia stalinista y la catástrofe que está preparando. Antes que nada tenemos que aclarar nuestra terminología.

 

Las controversias sobre el “Termidor” en el pasado

 

La cuestión del “Termidor” está estrechamente ligada a la historia de la Oposición de Izquierda de la URSS. Hoy no sería fácil establecer quién recurrió primero a la analogía histórica del Termidor. De todos modos, en 1926 las posiciones alrededor de este tema eran aproximadamente las siguientes: el grupo “Cen­tralismo Democrático” (V.M. Smirnov, Sapronov y otros, a los que Stalin persiguió en su exilio hasta la muerte) declaraban: “¡El Termidor ya es un hecho!” Los partidarios de la plataforma de la Oposición de Izquierda, los bolcheviques leninistas, negaban categóricamente este planteo. Este problema fue el eje de una ruptura. ¿Quién tuvo razón? Para responder tenemos que establecer con precisión qué entendía cada grupo por “Termidor”; las analogías históricas permiten diversas interpretaciones y por lo tanto se puede abusar de ellas fácilmente.

El difunto V.M. Smirnov -uno de los mejores representantes de la vieja escuela bolchevique- sostenía que el retraso en la industrialización, el avance del kulak y del nepman (los nuevos burgueses), la ligazón entre éstos y la burocracia y, finalmente, la degeneración del partido habían progresado tanto que se hacía imposible volver a la vía socialista sin una nueva revolución. El proletariado ya había perdido fuerza. Con el aplastamiento de la Oposición de Iz­quierda la burocracia comenzaba a expresar los inte­reses de un régimen burgués en reconstitución. Se habían liquidado las conquistas fundamentales de la Revolución de Octubre. Esta era en esencia la posición del grupo “Centralismo Democrático”.

La Oposición de Izquierda sostenía que, aunque indudablemente habían empezado a surgir en todo el país elementos de poder dual, la transición de estos elementos a la hegemonía de la burguesía no podía darse de otro modo que a través de un golpe contrarre­volucionario. La burocracia ya estaba ligada al nepman y al kulak, pero sus raíces seguían siendo fundamen­talmente obreras. Al combatir a la Oposición de Iz­quierda, la burocracia, ni qué dudarlo, se adosaba el pesado lastre de los nepmen y los kulaks. Pero el día de mañana este lastre caería con todo su peso sobre quien lo arrastraba, la burocracia gobernante. Eran inevitables otras rupturas en las filas burocráticas. Enfrentado al peligro directo de un golpe contrarrevo­lucionario, el sector más importante de la burocracia centrista se inclinaría ante los obreros en busca de apoyo contra la burguesía rural en avance. Todavía estábamos muy lejos de la solución final del conflicto. Era prematuro enterrar la Revolución de Octubre. El aplastamiento de la Oposición de Izquierda facilitaba la tarea del “Termidor”. Pero éste todavía no se había realizado.

No necesitamos más que revisar cuidadosamente el núcleo de las controversias de 1926-1927 para que surja con toda evidencia, a la luz de los acontecimientos posteriores, la corrección de la posición bolchevique leninista. Ya en 1927 los kulaks golpearon a la burocracia negándose a proveerla de pan, que se las habían arreglado para concentrar en sus manos. En 1928 la burocracia se dividió abiertamente. La derecha estaba a favor de mayores concesiones al kulak. Los centristas, armados con las ideas de la Oposición de Izquierda, a la que habían calumniado a coro con la derecha, se apoyaron en los trabajadores, sacaron del medio a la derecha y tomaron el camino de la industrialización y, en consecuencia, de la colectivización. Finalmente se salvaron las conquistas sociales básicas de la Revolu­ción de Octubre al costo de innumerables e innecesa­rios sacrificios.

Se confirmó totalmente el pronóstico de los bolche­viques leninistas (mas correctamente, la “variante óptima” de su pronóstico). Hoy no caben discusiones sobre este punto. El desarrollo de las fuerzas productivas no siguió la vía de la restauración de la propiedad privada sino, en base a la socialización, la de la administración planificada. Sólo quien es políticamente ciego puede dejar de ver el significado histórico mundial de este hecho.

 

El verdadero sentido del Termidor

 

Sin embargo, hoy tenemos que admitir que la analogía del Termidor oscureció mas que clarificó el problema. El Termidor de 1794 produjo el traspaso del poder de algunos grupos de la Convención a otros, de uno a otro sector del “pueblo” victorioso. ¿Fue contrarrevolucionario? La respuesta depende la extensión que le demos, en cada caso concreto, al concepto de “contrarrevolución”. El cambio social que se dio entre 1789 y 1793 fue de carácter burgués. En esencia se redujo a la sustitución de la propiedad feudal fija por la “libre” propiedad burguesa. La contrarrevolución “correspondiente” a esta revolución tendría que haber significado el restablecimiento de la propie­dad feudal. Pero el Termidor ni siquiera intentó tomar esta dirección. Robespierre buscó apoyo entre los artesanos, el Directorio entre la burguesía mediana. Bonaparte se alió con los banqueros. Todos estos cambios, que por supuesto no sólo tenían un sentido político sino también un sentido social, se dieron sin embargo sobre la base de la nueva sociedad y el nuevo estado de la burguesía. El Termidor fue la reacción actuando sobre los fundamentos sociales de La Revolución.

De las mismas características fue el Dieciocho Brumario de Bonaparte, la siguiente etapa impor­tante en el avance de la reacción. En ninguno de los dos casos se trataba de restaurar las viejas formas de propiedad o el poder de los antiguos sectores dominan­tes sino de dividir las ganancias del nuevo régimen social entre los distintos sectores del victorioso “Tercer Estado”. La burguesía se fue haciendo dueña de mayores posesiones y de más poder (ya sea directa e inmediatamente o a través de agentes especiales como Bonaparte), pero no atentó en lo mas mínimo contra las conquistas sociales de la Revolución; por el contrario, solícitamente trató de fortalecerlas, organi­zarlas y estabilizarlas. Napoleón protegió la propiedad burguesa, incluida la de los campesinos, tanto contra la “chusma” como contra los plañideros expropiados. La Europa feudal odiaba a Napoleón como la represen­tación viva de la Revolución, y desde su punto de vista tenía razón.

 

La caracterización marxista de la URSS

 

Indudablemente la URSS de hoy se parece muy poco a la república soviética que describió Lenin en 1917 (ni burocracia ni ejército permanentes, derecho a remover en cualquier momento a los funcionarios electos y control activo de las masas sobre ellos “más allá de quiénes sean los individuos”, etcétera)[3] El dominio de la burocracia sobre el país y el de Stalin sobre la burocracia son casi absolutos. Pero, ¿qué conclusiones se deben sacar de ello? Hay quienes plantean que, dado que el estado real que surgió de la revolución proletaria no se corresponde con las normas ideales planteadas a priori, le vuelven la espalda. Es un esnobismo político común a los círculos pacifistas democráticos, libertarios, anarcosindicali­stas y en general ultraizquierdistas de la intelectualidad pequeñoburguesa. Hay otros que dicen que, dado que el estado surgió de la revolución proletaria, constituye un sacrilegio contrarrevolucionario hacerle cualquier crítica. He ahí la voz de la hipocresía tras la cual se esconden con frecuencia los inmediatos intereses mate­riales de determinados grupos de esa misma intelec­tualidad pequeñoburguesa y de la burocracia obrera. Estas dos especies -el esnob político y el hipócrita político- se intercambian rápidamente de acuerdo con las circunstancias personales. Dejémoslos en paz.

Un marxista diría que la URSS actual obviamente no se aproxima a las normas a priori de un estado sovié­tico; descubramos entonces qué fue lo que no previmos cuando elaboramos las normas programáticas; más aun, analicemos qué factores sociales distorsionaron el estado obrero; veamos una vez mas si estas distorsiones se extendieron a los fundamentos económicos del estado, es decir si se mantuvieron las conquistas sociales básicas de la revolución proletaria; si es así, veamos en qué dirección están cambiando; y descubra­mos si existen en la URSS y en el mundo factores que puedan facilitar y acelerar la preponderancia de las tendencias progresivas sobre las reaccionarias. Ese análisis es complejo. No proporciona ninguna clave preconcebida a las mentes perezosas, a las que tanto les gustan los preconceptos. En cambio, nos preserva de las dos plagas, el esnobismo y la hipocresía, y nos da la posibilidad de influir activamente sobre los destinos de la URSS.

Cuando el grupo “Centralismo Democrático” declaró en 1926 que el estado obrero estaba liquidado, evidentemente enterraba en vida a la revolución. A di­ferencia de ellos, la Oposición de Izquierda elaboró un programa de reformas al régimen soviético. La buro­cracia stalinista atacó a la Oposición de Izquierda para resguardarse y atrincherarse como casta privile­giada. Pero en la lucha por mantener sus posiciones se vio obligada a tomar del programa de la Oposición de Izquierda las únicas medidas que permitían salvar la base social del estado soviético. ¡Es una lección política inapreciable! Demuestra cómo las condiciones históricas especificas, el atraso del campesinado, el cansancio del proletariado, la falta de un apoyo decisivo de Occidente prepararon un segundo capitulo de la revolución caracterizado por la supresión de la van­guardia proletaria y el aplastamiento de los internacio­nalistas revolucionarios por la conservadora burocracia nacional. Pero este mismo ejemplo demuestra cómo una línea política correcta permite a un grupo marxista influir sobre el proceso, aun cuando los triunfos del “segundo capítulo” dejen de lado a los revolucionarios del “primer capitulo”.

Cuando se piensa de un modo superficialmente idealista, en base a normas preconcebidas a las que se pretende ajustar todos los procesos vivos se pasa fácilmente del entusiasmo al desaliento. Sólo el materialismo dialéctico, que nos enseña a considerar toda la existencia en su desarrollo y a través del conflicto de sus fuerzas internas, puede impartir al pensa­miento y a la acción la necesaria estabilidad.

 

La dictadura del proletariado y la dictadura de la burocracia

 

En muchos escritos establecimos que, pese a sus éxitos económicos, determinados por la nacionalización de los medios de producción, la sociedad soviética sigue siendo totalmente una sociedad transicional contradictoria, y si se la mide por la desigualdad de las condiciones de vida y los privilegios de la burocracia se mantiene mucho más próxima al régimen capitalista que al futuro comunismo.

Al mismo tiempo afirmamos que, pese a la mons­truosa degeneración burocrática, el estado soviético continúa siendo el instrumento histórico de la clase obrera en tanto garantiza el desarrollo de la economía y la cultura en base a los medios de producción nacionalizados y, en virtud de ello, prepara las condiciones para una genuina emancipación de los trabajadores a través de la liquidación de la burocracia y de la desigualdad social.

Quien no haya analizado y aceptado seriamente estas dos proposiciones, quien en general no haya estudiado la literatura de los bolcheviques leninistas sobre el problema de la URSS desde 1923 en adelante, corre el riesgo de perder el hilo conductor del proceso con cada nuevo acontecimiento y de abandonar el análisis marxista para dedicarse a abyectas lamen­taciones.

El burocratismo soviético (sería más correcto decir antisoviético) es el producto de las contradicciones sociales entre la ciudad y la aldea, entre el proletariado y el campesinado - estas dos clases de contradicciones no son idénticas-, entre las repúblicas y los distritos nacionales, entre los diferentes grupos del campesi­nado, entre las distintas capas de la clase obrera, entre los diversos grupos de consumidores y, finalmente, entre el estado soviético de conjunto y su entorno capitalista. Hoy, cuando todas las relaciones se tradu­cen al lenguaje del calculo monetario, las contradic­ciones económicas resaltan con excepcional agudeza.

Elevándose por encima de las masas trabajadoras, la burocracia regula estas contradicciones. Utiliza esta función para fortalecer su propio dominio. Con su gobierno sin ningún control, sujeto únicamente a su voluntad, al que nadie puede apelar, la burocracia acumula nuevas contradicciones. Explotándolas, crea el régimen del absolutismo burocrático.

Las contradicciones internas de la burocracia lle­varon a un sistema por el cual se elige a dedo el coman­do principal; la necesidad de disciplina dentro de un orden exclusivista condujo al gobierno de una sola persona y al culto del Líder infalible. El mismo sistema predomina en la fábrica, el koljos, la universidad y el gobierno: el Líder está a la cabeza de su fiel tropa, los demás siguen al Líder. Stalin nunca fue ni podría ser un dirigente de masas; es el Líder de los “lideres” burocráticos, su consumación, su personificación.

Cuanto más complejas se vuelven las tareas económicas cuanto mayores son las reivindicaciones y los intereses de la población, tanto más se agudiza la contradicción entre el régimen burocrático y las necesi­dades del desarrollo socialista, tanto más rudamente lucha la burocracia para mantener sus posiciones, tanto más cínicamente recurre a la violencia, el fraude y el robo.

El elocuente hecho del deterioro del régimen político frente al avance de la economía y la cultura tiene una sola y única explicación: que la opresión, la perse­cución y las matanzas no sirven hoy a la defensa del estado sino a la del gobierno y los privilegios de la burocracia. Esta es también la explicación de la nece­sidad siempre en aumento de ocultar las represiones tras el fraude y las amalgamas.

“¿Pero se puede llamar a eso un estado obrero?”, replican las voces indignadas de los moralistas, los idealistas y los esnobs revolucionarios. Otros un poco más cautos se expresan así: “Tal vez en última instancia sea un estado obrero, pero en él no quedan ni vestigios de dictadura del proletariado. Es un estado obrero degenerado bajo la dictadura de la burocracia."

No vemos ninguna razón para resumir aquí todo el problema. Todo lo que hay para decir sobre este tema ya está en la literatura y en los documentos oficiales de nuestra tendencia. Nadie intentó refutar, corregir o completar la posición de los bolcheviques leninistas sobre esta cuestión tan importante.

Aquí nos limitaremos al problema de si se puede llamar dictadura del proletariado a la dictadura de hecho de la burocracia.

La dificultad terminológica surge de que a veces se utiliza la palabra dictadura con un sentido restringido, político, y otras con un sentido sociológico, más profundo. Hablamos de la “dictadura de Mussolini” y al mismo tiempo declaramos que el fascismo no es más que el instrumento del capital financiero. ¿Cuándo estamos en lo correcto? En ambas ocasiones, pero en planos diferentes. Es indiscutible que Mussolini con­centra en sus manos la totalidad del poder ejecutivo. Pero no es menos cierto que lo que determina el contenido real de la actividad estatal son los intereses del capital financiero. La dominación social de una clase (su dictadura) se puede expresar a través de formas políticas sumamente diversas. Así lo atestigua toda la historia de la burguesía, desde la Edad Medía hasta el día de hoy.

La experiencia de la Unión Soviética permite exten­der esta misma ley sociológica, con todos los cambios necesarios, a la dictadura del proletariado. En el lapso que se extiende desde la conquista del poder hasta la disolución del estado obrero en la sociedad socialista las formas y métodos del gobierno proletario pueden sufrir marcados cambios, determinados por el curso interno y externo de la lucha de clases.

Así, la actual dominación de Stalin no se parece en nada al gobierno soviético de los primeros años de la revolución. El remplazo de un régimen por otro no se dio de un golpe sino a través de una serie de medidas, de pequeñas guerras civiles de la burocracia contra la vanguardia obrera. Analizado históricamente, lo que liquidó la democracia soviética fue la presión de las contradicciones sociales. Explotándolas, la burocracia pudo arrancarle el poder a las organizaciones de masas. En este sentido es correcto hablar de la dicta­dura de la burocracia e incluso de la dictadura personal de Stalin. Pero esta usurpación pudo realizarse y man­tenerse sólo porque el contenido social de la dictadura de la burocracia está determinado por las relaciones productivas creadas por la revolución proletaria. En este plano podemos decir muy justificadamente que la dictadura del proletariado encontró su expresión distorsionada pero indudable en la dictadura de la burocracia.

 

Hay que revisar y corregir la analogía histórica

 

En las discusiones internas de la Oposición rusa y de la Oposición Internacional entendíamos condicio­nalmente por Termidor la primera etapa de la con­trarrevolución burguesa, dirigida contra la base social del estado obrero[4]. Aunque, como hemos visto, la esen­cia de la controversia no se vio afectada por ello en el pasado, la analogía histórica quedó investida de un carácter puramente condicional y no realista, que entró en contradicción creciente con la necesidad de analizar la evolución más reciente del estado soviético. Nosotros siempre hacemos referencia -con toda razón - al régimen plebiscitario o bonapartista de Stalin. Pero en Francia el bonapartismo vino después del Termidor. Si nos vamos a constreñir a los marcos de la analogía histórica, necesariamente debemos preguntarnos: ¿si todavía no hubo Termidor soviético, de dónde pudo haber surgido el bonapartismo? Sin cambiar nada esencial en nuestras anteriores evalua­ciones -no hay ninguna razón para hacerlo-, tenemos que revisar radicalmente la analogía histórica. Esto nos permitirá considerar más de cerca antiguos hechos y comprender mejor algunas nuevas manifestaciones.

El vuelco del 9 de Termidor no liquidó las conquis­tas básicas de la revolución burguesa pero traspasó el poder a manos de los jacobinos más moderados y conservadores, los elementos más pudientes de la sociedad burguesa. Hoy es imposible no ver que en la revolución soviética también se dio, hace mucho tiem­po, un giro a la derecha, totalmente análogo al Termi­dor aunque de ritmo mucho más lento y formalmente más disimulado. La conspiración de la burocracia sovié­tica contra el ala izquierda pudo mantener en las etapas iniciales su carácter relativamente “sobrio” porque se ejecutó mucho más sistemáticamente y a fondo que la improvisación del 9 de Termidor.

Socialmente el proletariado es más homogéneo que la burguesía, pero contiene en su seno una cantidad de sectores que se manifiestan con excepcional claridad luego de la toma del poder, durante el período en que comienzan a conformarse la burocracia y la aristocracia obrera ligada a ella. El aplastamiento de la Oposición de Izquierda implicó en el sentido más directo e inme­diato el traspaso del poder de manos de la vanguardia revolucionaria a los elementos más conservadores de la burocracia y del estrato superior de la clase obrera. 1924: he ahí el comienzo del Termidor soviético.

Por supuesto, lo que se discute no es la identidad histórica sino la analogía histórica, que siempre está limitada por las diversas estructuras sociales y las distintas épocas. Pero esta analogía no es superficial ni accidental; esta determinada por la extrema tensión de la lucha de clases propia de los periodos de revo­lución y de contrarrevolución. En ambos casos la burocracia se elevó trepando sobre las espaldas de la democracia plebeya que garantizó el triunfo del nuevo régimen. Los clubes jacobinos fueron gradualmente estrangulados. Los revolucionarios de 1793 murieron en los campos de batalla, se hicieron diplomáticos y generales, cayeron bajo los golpes de la represión... o pasaron a la clandestinidad. Seguidamente, otros jacobinos lograron transformarse en prefectos de Napoleón. A sus filas acudían en numero siempre mayor renegados de los viejos partidos, antiguos aristócratas y torpes trepadores. ¿Y en Rusia? En un terreno mucho más gigantesco y con el trasfondo de experiencias mucho más maduras, ciento treinta o ciento cuarenta años después se repite el mismo panorama de degeneración con la transición gradual de los soviets y clubes partidarios rebosantes de vida a despachos de secretarios que dependen unica­mente del “Líder bienamado”.

En Francia la prolongada estabilización del régimen bonapartista termidoriano sólo fue posible gracias al desarrollo de las fuerzas productivas liberadas de los frenos del feudalismo. Se enriquecieron los que tuvie­ron suerte, los pillos, los parientes y aliados de la burocracia. Las masas decepcionadas cayeron en la postración.

El crecimiento de las fuerzas productivas nacionali­zadas que comenzó en 1923 inesperadamente para la propia burocracia soviética, creó los requisitos económicos necesarios para la estabilización de la misma. La construcción de la economía proporcionó una salida a las energías de organizadores, administradores y técnicos activos y capaces. Su situación material y moral mejoró rápidamente. Se creó entonces un vasto sector privilegiado estrechamente ligado a la capa superior gobernante. Las masas trabajadoras vivían de ilusiones o caían en la apatía.

No sería más que banal pedantería pretender hacer corresponder las distintas etapas de la Revolución Rusa con los acontecimientos análogos que ocurrieron en Francia a fines del siglo XVIII. Pero, literalmente, salta a la vista la semejanza entre el actual régimen político soviético y el del Primer Cónsul, particularmente hacia el final del Consulado, cuando se aproximaba la etapa del Imperio. Aunque a Stalin le falta el brillo que otorgan las victorias, de todos modos supera a Bonaparte I con su régimen de servilismo organizado. Sólo podía obtener ese poder estrangulando al partido, a los soviets, al conjunto de la clase obrera. La buro­cracia sobre la que se apoya Stalin está materialmente ligada a los resultados de la revolución nacional ya consumada, pero no tiene ningún punto de contacto con la revolución internacional en desarrollo. Por su manera de vivir, sus intereses y su sicología los actuales funcionarios soviéticos son tan distintos de los bolcheviques revolucionarios como lo eran los prefectos y generales de Napoleón de los jacobinos revolu­cionarios.

 

Termidorianos y jacobinos

 

Maiski, el embajador soviético en Londres, explicó recientemente a una delegación de sindicalistas británicos cuan necesario y justificado fue el juicio stalinista a los “contrarrevolucionarios” zinovievistas. Este chocante episodio, uno entre miles, nos lleva inmediatamente al nudo de la cuestión. Sabemos quiénes son los zinovievistas. Con todos sus errores y vacilaciones, una cosa es cierta: son representantes del típico “revolucionario profesional”. Llevan en la sangre los problemas del movimiento obrero mundial. ¿Quién es Maiski? Un menchevique de derecha que en 1918 rompió con su partido yéndose todavía mas a la derecha, en busca de la oportunidad de entrar como ministro en el gobierno blanco transural, bajo la protección de Kolchak[5]. Recién después de la aniqui­lación de Kolchak, Maiski consideró llegado el mo­mento de volverse hacia los soviets. Lenin -y yo tam­bién- sentía la mayor desconfianza, por no decir desprecio, hacia esa clase de gente. Hoy Maiski, desde su rango de embajador, acusa a los “zinovievistas” y a los “trotskistas” de pretender provocar la inter­vención extranjera para restaurar el capitalismo, el mismo capitalismo que él defendió contra nosotros en la Guerra Civil.

A. Troianovski, actual embajador en Estados Unidos, se unió a los bolcheviques en su juventud; poco después dejó el partido; durante la guerra fue patriota; en 1917, menchevique. Cuando se hizo la Revolución de Octubre era miembro del Comité Central menchevique; después, durante varios años participó en la lucha ilegal contra la dictadura del proletariado; entró al partido stalinista, o más correctamente al servicio diplomático, después que se aplastó a la Oposición de Izquierda.

Potemkin, el embajador en París, era un burgués profesor de historia durante el período de la Revolu­ción de Octubre; se unió a los bolcheviques después del triunfo. Jinchuk, ex embajador en Berlín, en la época del golpe de Octubre participó, siendo menche­vique, en el contrarrevolucionario Comité de Moscú por la Salvación de la Patria y la Revolución, junto con Grinko, socialrrevolucionario de derecha y actual comisario del pueblo de finanzas. Suritz, que remplazó a Jinchuk en Berlín, fue secretario político del men­chevique Cheijdse, primer presidente de los soviets; se unió a los bolcheviques después del triunfo. Casi todos los demás diplomáticos son del mismo tipo, y mientras tanto se designa para el extranjero -especialmente después de la experiencia con Bessedovski, Dimitrievski, Agabekov[6] y otros- sólo a las personas más dependientes.

No hace mucho aparecieron en la prensa mundial noticias referentes a los principales éxitos de la indus­tria minera del oro en la Unión Soviética, con comenta­rios referentes a su organizador, el ingeniero Sere­brovski. El corresponsal de Le Temps en Moscú, que compite exitosamente con Duranty y Louis Fischer[7] como vocero oficial del estrato más alto de la burocra­cia, se esmeró especialmente en recalcar que Sere­brovski es bolchevique desde 1903, un miembro de la “Vieja Guardia”. Eso es realmente lo que figura en su ficha de afiliación al partido. Pero resulta que en la Revolución de 1905, de la que participó siendo un joven estudiante, estaba con los mencheviques, y luego se pasó durante muchos años al campo de la burguesía. La Revolución de Febrero de 1917 lo encontró en el car­go de director administrativo de dos fábricas de muni­ciones; además era miembro del Ministerio de Comer­cio y participo activamente en la lucha contra el sindicato metalúrgico. ¡En mayo de 1917 Serebrovski declaró que Lenín era “espía alemán”! Después del triunfo de los bolcheviques, yo hice ingresar a Serebrovski junto con otros spetzes [técnicos, especialistas] en el trabajo técnico. Lenin no le tenía la menor fe; a mi tampoco me inspiraba mucha confianza. Hoy, ¡Serebrovski es miembro del Comité Central del partido!

En el periódico teórico del Comité Central, El Bol­chevique, del 31 de diciembre de 1934, se publica un articulo de Serebrovski, Sobre la industria minera del oro en la URSS. Veamos la primera página: “[...]bajo la dirección del bienamado Lider del partido y la clase obrera, el camarada Stalin [...]”; tres líneas mas abajo:

“[...J el camarada Stalin, en una conversación con el corresponsal norteamericano, el señor Duranty [...]"; cinco líneas más abajo: “[...]la concisa y precisa res­puesta del camarada Stalin [...J”; al pie de la página: “eso es lo que significa luchar por el oro al modo stalinista”. Página dos: “[...] como nos lo enseña nuestro gran dirigente, el camarada Stalin [...]”; cuatro líneas después: “[...]en respuesta a su informe (de los bolcheviques), el camarada Stalin escribió: ‘Felicidades por vuestros éxitos’ [...]”; más abajo en la misma página: “inspirados por la guía del camarada Stalin [...]”; una línea después: “[...]el partido con el camarada Stalin a la cabeza [...]”; dos líneas más abajo[...] “la guía de nuestro partido y (!) la del camarada Stalin”. Vayamos ahora a la conclusión del articulo En el espacio de medía página leemos: “[...] la guía del genial Líder del partido y la clase obrera, el camarada Stalin [...]”, y tres líneas después: “[...] las palabras de nuestro bienamado Líder, el camarada Stalin[...]”

La propia sátira se siente desarmada ante tal abundancia de obsecuencia. Uno supone que los “líderes bienamados” no necesitan que se les haga declaraciones de amor cinco veces por página, y además en un artículo que no está dedicado al aniver­sario del Líder sino... a la minería de oro. Evidentemente, el autor de un artículo tan lleno de servilismo no puede tener nada de revolucionario. ¡He aquí el calibre de este ex director zarista de grandes fábri­cas, burgués y patriota, que peleó contra los obreros y que hoy es un baluarte del régimen, miembro del Comité Central y cien por ciento stalinista!

Otro espécimen. Uno de los pilares del actual Prav­da, Zaslavski, proclamó en enero de este año que era tan inadmisible publicar las novelas reaccionarias de Dostoievski como “los trabajos contrarrevolucionarios de Trotsky, Zinoviev y Kamenev”. ¿Quién es este Zaslavski? En el remoto pasado, un bundista [menchevique del Bund judío] de derecha, luego un periodista burgués que en 1917 llevó adelante una campaña despreciable contra Lenín y Trotsky acusándolos de ser agentes de Alemania. Lenin, en sus artículos de 1917, utiliza como estribillo la frase “Zaslavski y otros canallas por el estilo”. Así entró Zaslavski en la litera­tura partidaria como el consumado prototipo del venal calumniador burgués. Durante la Guerra Civil, escondi­do en Kiev, trabajó como periodista para las publicaciones de los guardias blancos. Recién en 1923 se pasó del lado del poder soviético. ¡ Hoy defiende al stalinismo contra los contrarrevolucionarios Trotsky, Zinoviev y Kamenev! Tanto en la URSS como en el extranjero, la prensa de Stalin está llena de individuos como éste.

Se aplastó a los viejos cuadros del bolchevismo. Se aplastó a los revolucionarios. Se los reemplazó por funcionarios de espinazo flexible. El pensamiento marxista fue desplazado por el temor, la calumnia y la intriga. Del Buró Político de Lenin, sólo queda Stalin; dos de sus miembros están políticamente quebrados y mordiendo el polvo (Rikov y Tomski); otros dos están en prisión (Zinoviev y Kamenev); uno está exiliado en el extranjero y privado de su ciuda­danía (Trotsky). A Lenín, como lo expresó la misma Krupskaia, sólo la muerte lo libró de las represiones de la burocracia; a falta de oportunidades de meterlo preso, los epígonos lo encerraron en un mausoleo. Todo el sector gobernante ha degenerado. Los jacobinos fueron desplazados por los termidorianos y los bona­partistas, los bolcheviques fueron remplazados por los stalinistas.

Para el amplio estrato de los conservadores y de ninguna manera desinteresados Maiskis, Serebrovskis y Zaslavskis, grandes, medianos y pequeños, Stalin es el juez-árbitro, la fuente de todos los bienes y el defen­sor contra todas las oposiciones posibles. A cambio de esto, la burocracia de vez en cuando hace confirmar a Stalin por medio de un plebiscito nacional. Los congresos del partido, como los de los soviets, se organizan en base a un único criterio: ¿a favor o en contra de Stalin? Sólo los “contrarrevolucionarios” pueden estar en contra, y se les da lo que se merecen. Ese es el mecanismo actual de gobierno. Es un meca­nismo bonapartista. Hasta ahora en ningún diccionario político se puede encontrar otra definición.

 

Los diferentes roles de un estado burgués y de un estado obrero

 

Sin las analogías históricas no podemos aprender de la historia. Pero la analogía tiene que ser concreta; tras los rasgos semejantes no debemos dejar de ver los que son distintos. Ambas revoluciones terminan con el feudalismo y la servidumbre. Pero una de ellas, a través de su ala extrema, no podía más que luchar en vano para superar los limites de la sociedad burguesa; la otra realmente derrocó a la burguesía y creó el estado obrero. Esta fundamental distinción de clases, que introduce los necesarios límites materiales de la analogía, adquiere una importancia decisiva para el pronóstico.

Después de una profunda revolución democrática que libera a los campesinos de la servidumbre y les da la tierra, la contrarrevolución feudal es general­mente imposible. La monarquía derrocada puede reasumir el poder y rodearse de fantasmas medievales. Pero ya es impotente para restablecer la economía feudal. Una vez liberadas de los frenos feudales, las relaciones burguesas se desarrollan automáticamente. No hay fuerza externa que pueda controlarlas; tienen que cavarse su propia fosa, habiendo creado previamente su propio sepulturero.

Muy distinto es el desarrollo de las relaciones socialistas. La revolución proletaria no sólo libera las fuerzas productivas de los frenos de la propiedad privada; también las pone a disposición directa del estado que ella misma crea. Mientras que después de la revolución el estado burgués se limita al rol de policía, dejando el mercado librado a sus propias leyes, el estado obrero asume el rol directo de economista y organizador. En el primer caso, el reemplazo de un régi­men político por otro no ejerce más que una influencia indirecta y superficial sobre la economía de mercado. Por el contrario, la sustitución de un gobierno obrero por un gobierno burgués o pequeñoburgués llevaría inevitablemente a la liquidación de los comienzos de planificación y en consecuencia a la restauración de la propiedad privada. A diferencia del capitalismo, el socialismo no se construye mecánicamente, sino conscientemente. El avance hacia el socialismo es inseparable del poder estatal que desea el socialismo o se ve obligado a desearlo. El socialismo recién puede adquirir un carácter inconmovible en una etapa muy avanzada de su desarrollo, cuando sus fuerzas produc­tivas hayan superado de lejos a las del capitalismo. Cuando se satisfagan abundantemente las necesidades de cada individuo y de todos los hombres y el estado haya desaparecido completamente, diluyéndose en la sociedad. Pero todo esto forma parte todavía de un futuro distante. En la etapa actual del proceso la construcción socialista se eleva y cae junto con el estado obrero. Sólo después de caracterizar a fondo la diferen­cia existente entre las leyes de formación de la economía burguesa (“anárquica”) y las de la economía socialista (“planificada”), se comprende cuáles son los límites más allá de los cuales no puede pasar la analogía con la Gran Revolución Francesa.

Octubre de 1917 completó la revolución democrá­tica e inició la revolución socialista. Ninguna fuerza del mundo puede hacer retroceder el cambio agrario-democrático en Rusia; en esto la analogía con la revo­lución jacobina es completa. Pero el cambio hacia el koljos constituye una amenaza que conserva toda su fuerza, y con él está amenazada la nacionalización de los medios de producción. La contrarrevolución política, aun cuando restableciera en el trono a la dinastía Romanov[8] no podría restablecer la propiedad feudal de la tierra. Pero la reconquista del poder por un bloque menchevique y socialrevolucionario seria suficiente para interrumpir la construcción socialista.

 

La hipertrofia del centrismo burocrático en bonapartismo

 

La diferencia fundamental entre las dos revolucio­nes y, en consecuencia, entre las contrarrevoluciones “correspondientes” es de la mayor importancia para comprender la significación de los vuelcos políticos reaccionarios que constituyen la esencia del régimen de Stalin. La revolución campesina, igual que la burguesía sobre la que aquélla se apoyaba, no tuvo ningún inconveniente en hacer las paces con el ré­gimen de Napoleón, e incluso pudo mantenerse bajo Luis XVIII. La revolución proletaria ya está expuesta a un peligro mortal con el actual régimen de Sta­lin; será incapaz de soportar un vuelco más hacía la derecha.

La burocracia soviética, “bolchevique” por sus tradiciones -aunque en realidad renunció a éstas hace mucho tiempo-, pequeñoburguesa por su composición y su espíritu, tuvo que regular el antagonismo entre el proletariado y el campesinado, entre el estado obrero y el imperialismo mundial; ésta es la base social del centrismo burocrático, de sus zigzags, de su poder, su debilidad y su influencia tan fatal sobre el movi­miento proletario mundial.[9] En la medida en que la burocracia se independiza, en que tanto más y más poder se concentra en una sola persona, en mayor medida el centrismo burocrático se vuelve bona­partismo.

El concepto de bonapartismo, por ser demasiado amplio, exige que se lo concrete. Estos últimos años aplicamos este término a los gobiernos capitalistas que, explotando los antagonismos entre el campo proletario y el campo fascista y apoyándose directamente en el aparato militar-policial, se elevan por sobre el Parla­mento y la democracia como los salvadores de la “unidad nacional”. Siempre hemos diferenciado estrictamente este bonapartismo de la decadencia del joven y pujante bonapartismo, que además de sepul­turero de los principios políticos de la revolución bur­guesa fue el defensor de sus conquistas sociales. Aplicamos un nombre común a ambas manifestaciones porque tienen rasgos comunas; siempre se puede descubrir la juventud en el octogenario, pese a los impla­cables ataques del tiempo.

Por supuesto, al actual bonapartismo del Kremlin lo comparamos con el del ascenso burgués, no con el de la decadencia; con el Consulado y el Primer Imperio, no con Napoleón III ni, mucho menos, con Schleicher o Doumergue. A propósito de tal analogía, no hace falta adscribirle a Stalin las características de Napoleón I; siempre que las condiciones sociales lo exijan, el bonapartismo podrá consolidarse alrededor de figuras de muy diverso calibre.

Desde el punto de vista que nos interesa a nosotros, la distinta base social de ambos bonapartismos, el de origen jacobino y el de origen soviético, es mucho más importante. En el primer caso se trataba de la conso­lidación de la revolución burguesa a través de la liquidación de sus principios e instituciones políticas. En el segundo caso se trata de la consolidación de la revolución obrero campesina a través del aplastamien­to de su programa internacional, su partido dirigente, sus soviets. Llevando hasta sus ultimas conse­cuencias la política del Termidor, Napoleón no só­lo combatió al mundo feudal sino también a la “chus­ma" y a los círculos democráticos de la pequeña y mediana burguesía; de esta forma concentró los frutos del régimen nacido de la revolución en manos de la nueva aristocracia burguesa. Stalin no sólo preserva las conquistas de la Revolución de Octubre contra la contrarrevolución feudal-burguesa sino también contra los reclamos de los obreros, su impaciencia y su descontento; aplasta al ala izquierda, que expresa las tendencias históricas progresivas de las masas trabaja­doras sin privilegios; crea una nueva aristocracia a través de la extrema diferenciación de los salarios, los privilegios, las jerarquías, etcétera. Apoyándose en los sectores más altos de la nueva jerarquía social contra los más bajos -y a veces al revés- Stalin logró concentrar totalmente el poder en sus manos. ¿De qué otra forma se puede llamar a este régimen si no es bonapartismo soviético?

El bonapartismo, por su propia esencia, no puede mantenerse durante mucho tiempo; una esfera en equilibrio sobre el vértice de una pirámide invaria­blemente rodará hacía un lado o hacia el otro. Pero, como ya vimos, es precisamente en este punto que se imponen los límites de la analogía histórica. Por supuesto, la caída de Napoleón no dejó intactas las relaciones entre las clases, pero en lo fundamental la pirámide social de Francia mantuvo su carácter bur­gués. El inevitable colapso del bonapartismo stalinista cuestionará inmediatamente el carácter de estado obrero de la URSS. Una economía socialista no se puede construir sin un poder socialista. El destino de la URSS como estado socialista dependerá del régimen político que surja para remplazar al bonapartismo stalinista. Sólo la vanguardia revolucionaria del prole­tariado podrá regenerar el sistema soviético si nuevamente se muestra capaz de movilizar a su alrededor a los trabajadores de la ciudad y la aldea.

 

Conclusión

 

De nuestro análisis se desprenden algunas conclu­siones que especificamos brevemente:

1. El Termidor de la Gran Revolución Rusa no es una perspectiva futura; ya se dio. Los termidorianos pueden celebrar aproximadamente el décimo aniver­sario de su victoria.

2. El actual régimen político de la URSS es el del bonapartismo “soviético” (o antisoviético), mucho más similar al Imperio que al Consulado.

3. Por sus fundamentos sociales y sus tendencias económicas la URSS sigue siendo un estado obrero.

4. La contradicción entre el régimen político bona­partista y las exigencias del desarrollo socialista constituye la razón más importante de la crisis interna y un peligro directo para la existencia misma de la URSS como estado obrero.

5. Debido al nivel todavía bajo de las fuerzas productivas y al entorno capitalista, las clases y las contradicciones de clase, más o menos agudizadas, continuarán existiendo en la URSS durante un lapso indefinido, por lo menos hasta la victoria total del proletariado en los países capitalistas importantes.

6. La existencia de la dictadura del proletariado seguirá siendo en el futuro la condición necesaria para el desarrollo de la economía y la cultura en la URSS. Por lo tanto la degeneración bonapartista de la dictadu­ra amenaza directa e inmediatamente tocas las conquistas sociales del proletariado.

7. Las tendencias terroristas dentro de las filas de la Juventud Comunista son uno de los síntomas más virulentos de que el bonapartismo ya agotó sus posibi­lidades políticas y entró a un periodo de lucha deses­perada por seguir existiendo.

8. El inevitable colapso del régimen político stali­nista llevará al establecimiento de la democracia soviética sólo en el caso de que la liquidación del bonapartismo sea producto de la acción consciente de la vanguardia proletaria. En cualquier otro caso el lugar del stalinismo sólo lo podría ocupar la contrarrevolu­ción capitalista fascista.

9. La táctica del terrorismo individual, no importa de qué lado provenga, no puede servir, en las condiciones actuales, mas que a los peores enemigos del proletariado.

10. Stalin, el sepulturero del partido, es el único responsable político y moral del surgimiento de tenden­cias terroristas en las filas de la Juventud Comunista.

11. Lo que más debilita la lucha de la vanguardia proletaria de la URSS contra el bonapartismo son las constantes derrotas del proletariado mundial.

12. La causa principal de las derrotas del proleta­riado mundial radica en la criminal política de la Comintern, ciega servidora del bonapartismo stalinista y al mismo tiempo la mejor aliada y defensora de la burocracia reformista.

13. La primera condición del éxito en el terreno internacional es la liberación de la vanguardia proletaria mundial de la desmoralizadora influencia del bonapartismo soviético, es decir de la burocracia venal de la llamada Comintern.

14. La lucha por la salvación de la URSS como estado socialista coincide totalmente con la lucha por la Cuarta Internacional.

 

Epílogo

 

Nuestros oponentes, a los que damos la bienvenida, se tomarán de nuestra “autocritica”. Exclamarán. “¡Así que cambiaron su posición sobre el problema fundamental del Termidor; hasta ahora hablaban solamente del peligro del Termidor; ahora declaran súbitamente que el Termidor ya pasó!” Probablemente lo dirán los stalinistas, que agregarán, de paso, que cambiamos nuestra posición para facilitar la inter­vención militar. Por un lado los brandleristas y los lovestonistas,[10] y por otro algunos sabihondos “ultraizquierdistas”, pueden expresarse de la misma ma­nera. Esta gente nunca fue capaz de señalarnos qué había de erróneo en la analogía con el Termidor; gritarán tanto más fuerte ahora que lo descubrimos por nuestra cuenta.

Ya indicamos cómo se ubica este error en nuestra caracterización general de la URSS. De ningún modo se trata de cambiar la posición principista que formulamos en cantidad de documentos oficiales, sino sólo de precisarla más. Nuestra “autocrítica” no se extiende al análisis de clase de la URSS o a las causas y condicio­nes de su degeneración sino sólo a la clarificación histórica de estos procesos por medio de la analogía con las bien conocidas etapas de la Gran Revolución Francesa. La corrección de un error parcial, aunque importante, no conmueve la posición básica de los bolcheviques leninistas; por el contrario, nos permite precisarla y concretarla a través de analogías más co­rrectas y realistas. También hay que agregar que el descubrimiento del error se vio muy facilitado por el hecho de que el mismo proceso de degeneración política que se discute asumió mientras tanto un carácter más definido.

Nuestra tendencia nunca pretendió ser infalible. No recibimos como una revelación verdades ya elabo­radas, a la manera de los sumos sacerdotes del stali­nismo. Estudiamos, discutimos, corroboramos nuestras conclusiones a la luz de la experiencia, corregimos abiertamente los errores y seguimos adelante. La seriedad científica y la rigurosidad personal consti­tuyen las mejores tradiciones del marxismo y del leninismo. También en este aspecto queremos seguir fieles a nuestros maestros.[11]



[1] El estado obrero, Termidor y bonapartismo. The New International, julio de 1935. La Revolución Rusa no tuvo precedentes; fue la primera revolución obrera triunfante de la historia. Pero los bolcheviques estaban ávidos de aprender de otras revoluciones, aun burguesas, todo lo que pudiera serles útil en el territorio desconocido en que se internaron después de 1917. Por eso estaban tan interesados en la Gran Revolución Francesa de fines del siglo XVIII, y especialmente en las razones que motivaron la caída de los jacobinos revolucionarios, encabezados por Robespierre, en 1794, y de los sucesivos cambios de poder en la convención (parlamento revolucionario) que llevaron primero al gobierno del Directorio, luego al de Napoleón Bona­parte, inicialmente como primer cónsul y finalmente como emperador. (Robespierre cayó el 9 de Termidor [27 de Julio de 1794] según el nuevo calendario, el primer Bonaparte tomó el Poder el 18 Brumario [9 de noviembre de 1799].) La Revolución Rusa fue anticapitalista mientras que la Revolución Francesa fue antifeudal, pero Trotsky y otros bolcheviques veían válidas, aunque parciales, las analogías entre la Rusia de la década de 1920 y la Francia de 1790, y frecuentemente discutían su significado. En este ensayo -destacado ejemplo de autocrítica y autorrectificación marxistas- Trotsky reconsidera el debate y cambia su posición sobre determinados aspectos importantes de la analogía termidoriana.

[2] El viejo curso orgánico alude a la tendencia seguida Por la fracción Stalin-­Bujarin en la Comintern entre 1925y 1928.

[3] Ver El estado y la revolución de Lenin.

[4] Los mencheviques también hablan de degeneración termidoriana. Es imposible entender a qué se refieren. Ellos se oponían a la toma del poder por el proletariado. Según su opinión el estado soviético todavía hoy es no proletario (sigue siendo un misterio qué es realmente). En el pasado exigían el retorno al capitalismo; hoy exigen el retorno a la “democracia”. Si ellos no son representantes de las tendencias termidorianas, entonces, ¿qué quiere decir “Ter­midor”? Evidentemente, se trata sólo de una expresión literaria. [N. de L.T.]

[5] Alexander V. Kolchak (1874-1920): dirigió uno de los frentes contrarrevolucionarios orientales durante la Guerra Civil Rusa.

[6] Bessedovski, Dimitrievski y Agabekov: diplomáticos soviéticos que defeccionaron y se fueron al mundo capitalista.

[7] Walter Duranty y Louis Fischer eran periodistas norteamericanos a los que Trotsky denunció como apologistas del stalinismo.

[8] Romanov era el nombre del último zar ruso.

[9] Los blandleristas, entre ellos los dirigentes del SAP, que todavía hoy siguen siendo discípulos teóricos de Thalheimer, vieron solamente el “ultraizquierdismo” de la política de la Comintern, y negaron (y conti­núan negando) el sentido mismo del centrismo burocrático. El presen­te “cuarto periodo”, cuando Stalin empuja al movimiento obrero europeo, a la rastra de la Comintern, a la derecha del reformismo oficial, demuestra lo hueca y oportunista que es la filosofía política de Thal­heimer, Walcher y Cía. Esta gente es incapaz de pensar un solo problema hasta su conclusión. Precisamente por esta razón les repele tanto el principio de decir las cosas como son, es decir, el principio superior de todo análisis científico y de toda política revolucionaria. (Nota de León Trotsky)

[10] Los lovestonistas eran los seguidores de Jay Lovestone, dirigente del Partido comunista Norteamericano en la década del 20 expulsado en 1929, poco después de la caída de su aliado internacional Bujarin. Hasta la Segunda Guerra Mundial tuvieron una organización propia, que luego disolvieron. En la época de la guerra fría, Lovestone fue consejero para asuntos exteriores de George Meany, presidente de la AFL-CIO.

[11] La crítica principal a este ensayo aparece en el libro de Deutscher escrito en 1963 El profeta desarmado. Deutscher sostiene que toda la analogía con el Termidor era confusa y perniciosa y que la corrección de Trotsky de 1935 no mejora nada. Negaba que la derrota de la oposición de Izquierda en 1923 haya sido “en ningún sentido un acontecimiento comparable al colapso y disolución del partido jacobino; se corresponde mejor con la derrota de los jacobinos de izquierda, que tuvo lugar mucho antes del Termidor (...) Lo que tuvieron en común el comienzo de la década del 20 y el período termidoriano fue el reflujo de las energías revolucionarias populares y la desilusión y apatía de las masas. Con ese marco político en contra, Robespierre trató de mantener en el poder a la retaguardia del Partido Jacobino y fracasó mientras que Stalin peleó por preservar la dictadura de la retaguardia bol­chevique (es decir, de su propia fracción) y lo logro.” En opinión de Deutscher, si había que comparar con alguien a Robespierre era con Stalin, no con Trotsky. Sean o no pertinentes las conclusiones de Trotsky o las de Deutscher, es evidente que las consecuencias que ambos extraían del Termidor tenían que ver con sus respectivas perspectivas para la Unión Soviética. Trotsky opinaba que lo que hacía falta era una revolución política, Deutscher (en la década del 50) que era necesaria una reforma, no una revolución, y (en la década del 60) que sólo cabía a los historiadores de la próxima generación juzgar el llamado de Trotsky a la revolución política.



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