Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

Carta abierta por la creación de la Cuarta Internacional[1]

A todas las organizaciones y grupos revolucionarios de la clase obrera

 

 

Mayo de 1935

 

 

 

El ascenso de Hitler al poder, que no encontró la menor resistencia por parte de los dos "poderosos" partidos obreros -uno de los cuales, para colmo, tiene su base de apoyo en la URSS- ha desenmascarado inapelablemente la putrefacción interna de las inter­nacionales Segunda y Tercera.[2] En agosto de 1933, cuatro organizaciones elaboraron un documento programático en el cual por primera vez se formulaba la nueva tarea histórica: la creación de la Cuarta Interna­cional.[3] Los acontecimientos posteriores han confir­mado incontrovertiblemente que no existe otro camino.

La aniquilación del proletariado de Austria[4] ha demostrado que es imposible lograr la victoria mediante llamados de último momento a la insurrección de las masas, desorientadas y desangradas por el oportunismo y después que se hubo conducido al partido a un callejón sin salida. Es preciso preparar las condi­ciones para la victoria en forma sistemática; para ello se requiere una política revolucionaria en todas las es­feras del movimiento obrero.

La aniquilación del proletariado de España nos brinda exactamente la misma lección.[5] Bajo ninguna circunstancia, menos aun en el transcurso de una revolución, es licito volverle la espalda a los trabajadores en aras de un bloque con la burguesía. Es impo­sible esperar y exigir que las masas engañadas y de­silusionadas corran a tomar las armas ante las exhortaciones tardías de un partido en el cual han perdido toda confianza. No se puede improvisar la revolución proletaria bajo las órdenes de una dirección en banca­rrota. Es menester preparar la revolución mediante la incesante e implacable lucha de clases, en el curso de la cual la dirección se gana la confianza inconmovible del partido, une a la vanguardia con el conjunto de la clase y convierte al proletariado en dirección de todos los explotados de la ciudad y del campo.

Tras la ignominiosa caída de la sección principal del reformismo -la carcomida socialdemocracia alemana- el "ala izquierda" de la Segunda Internacional se derrumbo estrepitosamente en Austria y en Espa­ña. Pero estas pavorosas lecciones no dejaron el menor rastro; los cuadros de dirección partidaria y sindical del reformismo han degenerado hasta la médula de sus huesos. Sus intereses personales y posiciones patrióticas los encadenan a la burguesía y son absolutamente incapaces de embarcarse en la senda de la lucha de clases.

Los partidos de la Segunda Internacional aceptan con toda tranquilidad que, ante la primera señal del capital financiero su presidente[6] belga, haga causa co­mún con los intermediarios católicos y liberales para socorrer a los bancos a expensas de las masas trabajado ras. A la zaga de Vandervelde vino De Man, el jactancioso crítico de Carlos Marx, el autor de un "Plan";[7] tampoco el centrista de "izquierda" Spaak dejó de trai­cionar a la oposición socialista a cambio de una libreta ministerial.[8]

Despreciando lecciones y advertencias, el Partido Socialista de Francia sigue vanamente aferrado a los faldones de la burguesía "republicana", y finca mayores esperanzas en la amistad del Partido Radical que en el poderío revolucionario del proletariado.[9] En todos los otros países en Holanda, en Escandinavia, en Suiza, la socialdemocracia, a pesar de la decadencia del capitalismo, sigue siendo la agencia de la burguesía en el seno de la clase obrera y demuestra su absoluta incapacidad para movilizar a las masas en su propia de­fensa frente al fascismo.

Si sus éxitos electorales permiten al Partido Labo­rista llegar nuevamente al poder,[10] ello no redun­daría en la transformación socialista pacífica de Gran Bretaña sino en la consolidación de la reacción imperialista, o sea, en una época de guerra civil ante la cual la dirección del Partido Laborista revelará inevitablemen­te su bancarrota total. Los cretinos parlamentarios y sindicalistas no se convencen aún de que el peligro fascista es tan real en Inglaterra como en el continente.

El desarrollo tempestuoso de la crisis de Estados Unidos, la interminable oleada de huelgas, el crecimiento de las organizaciones obreras, todo contra el trasfondo de las posibilidades generadas por la dema­gogia del "plan" Roosevelt,[11] se estrellan contra las fuerzas profundamente conservadoras y burguesas en el seno del movimiento obrero. Por su parte, el par­tido stalinista se encuentra atado de pies y manos por las rimbombantes declaraciones de Litvinov, quien, a cambio del reconocimiento de la URSS por el imperia­lismo yanqui, se desvinculó públicamente de los comu­nistas norteamericanos.[12] Este partido, corrompi­do por diez años de maniobras sin principios y experi­mentos liquidacionistas con partidos (el Partido Cam­pesino [Farmer]-Laborista)[13] que ni por su composición, ni por su programa tienen que ver con los par­tidos proletarios, este partido stalinista, en cumpli­miento de las órdenes emanadas de Moscú, se li­mita a cumplir el papel de movimiento de intelectuales izquierdistas, de sirviente estadounidense de la di­plomacia stalinista. Pero la profunda crisis del capi­talismo norteamericano despierta a amplias capas de obreros de sus sueños semiprovincianos, disipa gradualmente las ilusiones burguesas y pequeñoburguesas, arrastra al proletariado hacia grandes movilizacio­nes de clase (Toledo, Minneapolis, San Francis­co),[14] y le brinda al partido marxista revolucionario la posibilidad de ganar una influencia amplia y profun­da sobre el desarrollo y organización de la clase obre­ra norteamericana. El papel histórico que le cabe a la Cuarta Internacional y a su sección norteamericana -no sólo en los confines del hemisferio occidental sino también a escala mundial- reviste una importancia excepcional, dado que el aplastamiento del imperialis­mo norteamericano reviste importancia decisiva para el proletariado mundial.

Mientras, la Tercera Internacional se empeña en despilfarrar los últimos remanentes de la influencia y autoridad que adquirió durante los cinco primeros años de su existencia. A pesar de las circunstancias extremadamente favorables imperantes en Austria y España, la Internacional Comunista no sólo fue incapaz de crear una organización de influencia mínima, sino que se dedicó sistemáticamente a desprestigiar el concepto de partido revolucionario ante los ojos de los obreros. El plebiscito del Saar[15] demuestra que el proletariado alemán ya no deposita ni un ápice de confianza no sólo en la socialdemocracia, sino tampoco en el Partido Comunista, partido que capituló tan ig­nominiosamente ante Hitler. En Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, Escandinavia, los dos continentes ameri­canos y en Oriente las secciones de la Internacional Comunista, aplastadas por el fardo de doce años de política errónea, son incapaces de salir de las sombras.

Es cierto que, tras la catástrofe alemana, la Inter­nacional Comunista sustituyó el aventurerismo del "tercer período" por la política capituladora del fren­te único a cualquier precio.[16] Sin embargo, la expe­riencia francesa, donde este último viraje ha alcan­zado su máximo desarrollo, demuestra que la Inter­nacional Comunista, con todas sus contradicciones y cambios de rumbo, sigue cumpliendo su función de freno de la revolución proletaria.

Al rechazar la creación de milicias obreras ante el peligro fascista inmediato, sustituyendo la lucha por el poder por su programa de reivindicaciones inmedia­tas y por una política parlamentaria, la Internacional Comunista siembra las más funestas ilusiones reformis­tas y pacifistas, apoya al ala derecha del Partido Socialista contra la izquierda, desmoraliza a la vanguardia proletaria y abre el camino para la insurrección fascista.

Por último, la burocracia desenfrenada que ha trasformado a la dictadura del proletariado en el absolutismo conservador de Stalin,[17] en el curso de los últimos años, ha logrado aplastar completamente, al partido fundador de la Internacional Comunista, al Partido Comunista de la Unión Soviética. Valiéndose de per­secuciones, fraudes judiciales, amalgamas y una re­presión sangrienta,[18] la camarilla dominante intenta cortar de raíz toda manifestación del pensamiento mar­xista. En ningún lugar del mundo se persigue al leninismo auténtico con tanta saña como en la URSS.

La ultima voltereta oportunista de la Internacional Comunista está íntimamente ligada al vuelco de la política exterior soviética hacia la Liga de las Naciones y la alianza militar con el imperialismo francés.[19] La burocracia gobernante de la URSS ha llegado a la conclusión definitiva de que la Internacional Comunista es incapaz de prestarle la menor ayuda frente al peligro de guerra y que, al mismo tiempo, constituye un estor­bo para la diplomacia soviética. La dependencia hu­millante, verdaderamente servil, de la Internacional Comunista con respecto al estrato superior soviético se revela nítidamente en la reciente declaración de Stalin en la que aprueba la política de defensa nacional del imperialismo francés.

Por intermedio de un ministro imperialista, el líder de la Internacional Comunista le trasmitió al Partido Comunista Francés la orden de concertar ahora una tregua patriótica con la burguesía francesa. Así, la Tercera Internacional, cuyos congresos no se reunieron durante casi siete años, ha pasado oficialmente de la posición internacionalista a la del socialpatriotismo más descarado y servil. Se convoque o no al tantas veces postergado séptimo congreso, la Tercera Internacional no resucitará. El comunicado Stalin-Laval es su certi­ficado de defunción.[20]

Mientras tanto, las fuerzas destructivas del capita­lismo prosiguen su obra infernal. La desintegración de la economía mundial, las decenas de millones de desocupados, la ruina del campesinado, colocan imperiosamente a la revolución socialista en el orden del día. Los trabajadores, amargados y soliviantados, buscan una salida. La postración, derrumbe y putrefacción de las Internacionales Segunda y Tercera dejan al prole­tariado carente de dirección revolucionaria y conducen a las masas pequeñoburguesas hacia la desesperación. Los dirigentes en bancarrota intentan atribuir la responsabilidad del triunfo del fascismo a la "pasividad" del proletariado; así, la calumnia complementa la trai­ción política.

Debatiéndose en la garra de contradicciones insal­vables, el capitalismo prepara una nueva masacre de los pueblos. Ministros y diplomáticos especulan abier­tamente acerca de si la guerra estallará dentro de un año o de tres. Todos los gobiernos compiten en la fabri­cación de instrumentos de destrucción y con ello aceleran la explosión, que bien podría resultar inconmensurablemente más horrenda que la guerra de 1914-18.

Los dirigentes de los autotitulados partidos obreros y sindicatos cantan grandes loas a la paz, parlotean acerca del "desarme", exhortan a sus gobiernos a ha­cer las paces entre si, inducen a las masas a depositar sus esperanzas en la Liga de las Naciones, a la vez que juran su lealtad a la causa de la "defensa nacional" es decir, la defensa del régimen burgués y sus guerras inevitables.

Tras la máscara del "frente único" y aun de la "unidad orgánica", la diplomacia soviética, a espaldas de los obreros conscientes, prepara la paz de clase entre las secciones de las dos internacionales y la burguesía de los países que mantienen alianzas militares con el estado soviético. Así, el estallido de una nueva guerra conducirá forzosamente a una nueva traición, que eclipsará a la del 4 de agosto de 1914.[21]

La traición a la revolución internacional por parte de la burocracia soviética ha significado un fuerte re­vés para el proletariado mundial. Las dificultades que se le plantean a la vanguardia revolucionaria son inmensas. No obstante, su posición en la actualidad es incomparablemente mejor que en vísperas de la última guerra. En esa época, el capitalismo parecía omni­potente, casi invencible. La capitulación patriótica de la Segunda Internacional fue toda una sorpresa, inclu­so para Lenin.[22] Tomó de improviso a los elemen­tos revolucionarios del mundo entero. La primera con­ferencia internacional -numéricamente muy peque­ña y con una mayoría indecisa- se reunió más de un año después de iniciada la guerra.[23] La formación de cuadros revolucionarios era un proceso lento. Incluso la mayoría de los delegados "zimmerwaldistas" negaba la posibilidad de una revolución proletaria. Sólo con la victoria de octubre en Rusia, en el cuadragésimo mes de la guerra, se produjo un cambio en la situación, que significó un poderoso impulso para la formación de la Tercera Internacional.[24]

Hoy la debilidad interna y la corrosión del capitalis­mo son tan evidentes que constituyen el tema principal de la demagogia fascista. En la crisis colosal de Estados Unidos, en la desocupación no menos colosal, en el aventurerismo económico de Roosevelt, en la envergadura de las huelgas, en la agitación dentro de todas las organizaciones obreras se acumulan por pri­mera vez las condiciones para un poderoso desarrollo del movimiento revolucionario en Norteamérica. El ejemplo de la primera revolución proletaria victoriosa vive en la memoria de las masas. La experiencia de los grandes acontecimientos de los últimos veinte años está marcada a fuego en la conciencia de los mejores militantes. En todos los países existen organizaciones, o, al menos, grupos auténticamente revolucionarios. Están estrechamente vinculados ideológica y, en parte, también organizativamente. Constituyen aun en la actualidad una fuerza incomparablemente mas influ­yente, homogénea y templada que la "izquierda de Zimmerwald" que en el otoño de 1915 tomó la inicia­tiva de empezar a crear la Tercera Internacional.

En el seno de los partidos y sindicatos reformistas surgen y se fortalecen grupos de oposición; algunos asumen la forma de organizaciones independientes. Dentro de las secciones de la Internacional Comunista, en virtud del régimen carcelario que impera allí, la oposición tiene un carácter más callado y clandestino, pero igualmente se está desarrollando. Inclusive, la ne­cesidad de desatar constantemente nuevas purgas y represiones dentro de la URSS, demuestra que la buro­cracia es incapaz de desarraigar el espíritu de la críti­ca marxista que le resulta tan odioso.

El espíritu y las tendencias de oposición actuales tienen en su mayoría un carácter centrista, es decir, a mitad de camino entre el socialpatriotismo y la revo­lución. Cuando las organizaciones tradicionales de las masas se encuentran en proceso de descomposición y derrumbe, el centrismo representa, en muchos casos, un estadio transitorio inevitable, incluso para grupos obreros progresistas. Los marxistas deben ser capaces de encontrar el acceso a tales tendencias y así, me­diante el ejemplo y la propaganda, acelerar su pasaje hacia la senda revolucionaria. Para ello es premisa indispensable la crítica implacable a la dirección cen­trista, la denuncia de los intentos de crear una Inter­nacional Segunda y Media,[25] y explicar incansablemente que las tareas revolucionarias de nuestra época condenan de antemano al fracaso estrepitoso toda unificación híbrida y amorfa.

En la actualidad, los centristas propagan con in­sistencia la consigna de "unidad" de todas las orga­nizaciones obreras, prescindiendo de sus programas y tácticas; los reformistas, más previsores y justamente temerosos de quedar al margen, también la explotan. Los centristas suelen sustituir la idea de la nueva internacional por la fusión de las dos ya existentes. En realidad la unidad con los reformistas y social-patriotas, tanto socialdemócratas como stalinistas, significa en última instancia unidad con la burguesía nacional y, por consiguiente, la escisión inevitable del proletariado, tanto a nivel nacional como internacional, sobre todo en el caso de guerra. La auténtica unidad de la internacional, y de sus secciones nacionales no se puede garantizar si no es sobre bases marxistas re­volucionarias, y éstas a su vez sólo pueden ser creadas mediante la ruptura con los socialpatriotas. Callar res­pecto de las premisas y garantías principistas para la unidad proletaria es unirse al coro de los que siembran ilusiones, engañan a los obreros y preparan nuevas catástrofes.

Para caracterizar la posición humillante e impoten­te de las viejas internacionales basta recordar que el presidente de una es ahora el humilde ministro de su rey, mientras el verdadero amo de la otra utiliza a la organización proletaria mundial como moneda para sus transacciones diplomáticas. Cualesquiera sean las maniobras de unificación que realicen estas dos buro­cracias igualmente corrompidas, no han de ser ellas quienes sellarán la unidad del proletariado, ni les ha de corresponder a ellas señalar la salida. Los esfuerzos de los centristas para conciliar lo inconciliable y salvar con remiendos aquello que está condenado a la destruc­ción, están predestinados al fracaso. La nueva época requiere una nueva internacional. La primera premisa para obtener el éxito en este camino es la fuerte conso­lidación nacional e internacional de los auténticos re­volucionarios proletarios, los discípulos de Marx y Lenin, sobre la base de un programa común y bajo una bandera común.

Cualquier intento de prescribir un curso idéntico para todos los países resultaría fatal. De acuerdo con la situación nacional, con el grado de descomposición de las viejas organizaciones de la clase obrera y, por último, con el estado de sus propias fuerzas en el mo­mento dado, los marxistas (socialistas revolucionarios, internacionalistas bolcheviques-leninistas) pueden constituirse en organización independiente, o bien en fracción de alguno de los viejos partidos o sindicatos. Es claro que, cualquiera sea la época o el lugar, este trabajo fraccional es sólo una etapa en la construcción de los nuevos partidos de la Cuarta Internacional, partidos que pueden surgir, tanto del reagrupamiento de los elementos revolucionarios de las viejas organiza­ciones, como de las organizaciones independientes. Pero, cualquiera sea el terreno y los métodos de fun­cionamiento, deben hablar en nombre de principios sin tacha y de consignas revolucionarias claras. No juegan al escondite con la clase obrera; no ocultan sus fines; no sustituyen la lucha principista por la diplomacia y las maniobras. En todo momento, y cualesquiera sean las circunstancias, los marxistas dicen abiertamente la verdad.

El peligro de guerra, cuestión de vida o muerte para el pueblo, es la prueba suprema para todo grupo y tendencia de la clase obrera. "La lucha por la paz", "la lucha contra la guerra", "la guerra a la guerra" y otras consignas similares son frases huecas y fraudu­lentas si no van acompañadas por la propaganda y la aplicación de métodos de lucha revolucionarios. La úni­ca manera de poner fin a la guerra es derrocando a la burguesía. La única manera de derrocar a la burguesía es mediante una revolución.

Frente a la mentira reaccionaria de la "defensa na­cional" es necesario levantar la consigna de la destrucción revolucionaria del estado nacional. Al mani­comio en que se ha convertido la Europa capitalista es necesario contraponer el programa de los Estados Unidos Socialistas de Europa, como paso hacia los Es­tados Unidos del Mundo.

Los marxistas repudian implacablemente las con­signas pacifistas de "desarme", "arbitraje" y "amis­tad entre los pueblos" (o sea, entre los gobiernos capi­talistas), que son el opio de las masas populares. Las alianzas de las organizaciones obreras con los pacifistas pequeñoburgueses (el Comité Amsterdam-Pleyel y otras empresas similares)[26] le prestan el mejor de los servicios al imperialismo al desviar la atención de la clase obrera de la realidad y sus serias luchas, y engañarla con alardes impotentes.

La lucha contra la guerra y el imperialismo no puede ser tarea de "comité" especial alguno. Luchar contra la guerra significa preparar la revolución, y esa es tarea de los partidos obreros y de la internacional. Los marxistas le plantean esta gran tarea a la vanguar­dia proletaria sin ninguna clase de adornos. A la exasperante consigna de "desarme" contraponen la con­signa de ganar al ejército y armar a los obreros. Esta es, precisamente, una de las demarcatorias más importan­tes que separan al marxismo del centrismo. Quien no se atreva a mencionar las tareas revolucionarias a viva voz, jamás tendrá el coraje de realizarlas.

En el año y medio que ha transcurrido desde la pu­blicación del primer programa de la Cuarta Internacional, la lucha por sus principios e ideas no se ha deteni­do un solo instante. Las secciones y grupos nacionales revolucionarios se han acrecentado: algunos han am­pliado su base e influencia, otros han logrado mayor cohesión y homogeneidad. Organizaciones de un mismo país (Estados Unidos, Holanda) se han unificado; se han elaborado una serie de documentos programáti­cos y tácticos. Este trabajo proseguirá indudablemente en mejores condiciones si se lo correlaciona y uni­fica a escala mundial bajo la bandera de la Cuarta In­ternacional. El peligro de guerra inminente no permite demorar esta tarea ni un solo día.

Los nuevos partidos y la nueva Internacional deben construirse sobre bases nuevas: esta es la clave que permitirá realizar todas las demás tareas. El ritmo de la nueva construcción revolucionaria y el momento de su consumación dependen evidentemente del rumbo general de la lucha de clases, de las futuras victorias y derrotas del proletariado. Los marxistas, empero, no son fatalistas. No descargan sobre el "proceso histó­rico" las tareas que el propio proceso histórico les plan­tea. La iniciativa de una minoría consciente, un progra­ma científico, agitación audaz e incesante en nombre de objetivos claramente formulados, crítica implacable a todas las ambigüedades: tales son algunos de los fac­tores más importantes para la victoria del proletariado. No se puede concebir la revolución socialista sin un par­tido cohesionado y con temple de acero.

Las circunstancias son difíciles; los obstáculos, grandes; las tareas, colosales; pero no existe el menor motivo para caer en el pesimismo ni para descorazo­narse. A pesar de todas las derrotas del proletariado, el enemigo de clase sigue en una situación desesperada.

El capitalismo está condenado a muerte. La salvación de la humanidad reside únicamente en la revolución socialista.

La misma secuencia de internacionales posee su propia lógica interna, que coincide con el ascenso histórico del proletariado. La Primera Internacional ela­boró el programa científico de la revolución proletaria, pero fracasó al carecer de una base de masas. La Segunda Internacional sacó de las sombras, educó y movi­lizó a millones de obreros pero, en la hora decisiva, se vio traicionada por la burocracia parlamentaria y sindi­cal corrompida por el capitalismo en ascenso. La Terce­ra Internacional dio el primer ejemplo de revolución proletaria triunfante, pero fue aplastada entre las rue­das de molino de la burocracia del estado soviético ais­lado y de la burocracia reformista de Occidente. Hoy, en el marco del derrumbe definitivo del capitalismo, la Cuarta Internacional, parada sobre los hombros de sus antecesoras, enriquecida por la experiencia de sus vic­torias y derrotas movilizará a los trabajadores de Occi­dente y Oriente para el asalto victorioso a las fortalezas del capital mundial.

 

Proletarios de todos los países, ¡uníos!

 

Adjuntamos a este documento la "Declaración de los cuatro" sobre la Cuarta Internacional [véase Es­critos de León Trotsky (1933-34)]. Ni una sola línea de este manifiesto ha quedado perimida. La presen­te es una reafirmación de la "Declaración de los cua­tro" a la luz de las experiencias del último año y medio.

Llamamos a todos los partidos, organizaciones, fracciones, tanto dentro de los viejos partidos como dentro de los sindicatos, a todas las asociaciones y grupos obreros revolucionarios que compartan los prin­cipios fundamentales y la gran tarea que hemos ex­puesto -la preparación y construcción de la cuarta Internacional- a añadir sus firmas a esta Carta abier­ta, y a hacernos llegar toda propuesta o crítica que estimen oportuna.[27] Todo camarada que no haya estado ligado a nuestro trabajo hasta el momento, y se pro­ponga seriamente unirse a nuestras filas, debe ponerse en contacto con nosotros.

Las organizaciones fundadoras, firmantes de la Carta abierta han resuelto crear un Comité Proviso­rio de Contactos entre aquellos partidos y grupos que compartan la posición de construir la Cuarta Interna­cional. Se encargará al Comité Provisorio la publi­cación de un boletín de informaciones.

En el futuro inmediato el comité garantizará la ela­boración regular y colectiva de los documentos programáticos y tácticos fundamentales de la Cuarta Inter­nacional.

El problema de la preparación de una conferencia internacional será resuelto con base en las respuestas recibidas y en el curso general del trabajo de prepara­ción.[28]



[1] Carta abierta por la Cuarta Internacional. New Militant, 3 de agosto de 1935. New Militant era el periódico del Workers Party de Estados Unidos. Trotsky redactó el proyecto de este texto en Francia, durante la primavera de 1935, pero apareció en el verano, cuando las organizaciones firmantes lo hubieron discutido y aprobado; en esa época, Trotsky ya se encontraba en Noruega. Cuarta Internacional (CI) es el nom­bre definitivo del movimiento político internacional dirigido por Trotsky en su tercer exilio, entre 1929 y 1940. Entre 1930 y 1933 se llamó Oposición de Izquierda Internacional -bolchevique-leninista. (OII). Después del ascenso de Hitler al poder abandonó la política de reformar a la Internacional Comunista, proclamó la necesidad de una nueva in­ternacional, tomó el nombre de Liga Comunista Internacional (LCI) y se abocó a la reunificación de fuerzas para constituir partidos revolu­cionarios en el mundo entero. Trotsky propuso la fundación de la Cuarta Internacional en una conferencia de la LCI celebrada en julio de 1936, pero la conferencia creó el Movimiento pro Cuarta Internacional (MCI). La conferencia de fundación de la CI se reunió en Francia en septiembre de 1938.

[2] Adolfo Hitler (1889-1945): elegido canciller de Alemania en enero de 1933. A la cabeza del Partido Nazi condujo a Alemania a la Segunda Guerra Mundial. La Segunda Internacional fue fundada en 1889 como federación laxa de partidos socialdemócratas y laboristas, integrada ­tanto por elementos reformistas como revolucionarios. Su papel progre­sivo finalizó en 1914, cuando sus principales secciones violaron los principios socialistas más elementales al apoyar a sus gobiernos imperialistas en la Primera Guerra Mundial. Se desintegró durante la guerra, pero renació como organización totalmente reformista en 1919. La Tercera Internacional (Internacional Comunista o Comintern) fue fundada bajo la dirección de Lenin en 1919 como sucesora revolucionaria de la Segunda. Stalin la disolvió en 1943 como gesto de buena voluntad hacia sus aliados imperialistas.

[3] La Declaración de los Cuatro: firmada por la Liga Comunista Inter­nacional, los partidos Socialista Revolucionario y Socialista Indepen­diente de Holanda y el Partido Socialista de los Trabajadores de Alemania. Véase su texto en Escritos 1933-34.

[4] En febrero de 1934 los obreros vieneses se alzaron en una heroica in­surrección contra las medidas represivas del régimen derechista de Engelbert Dollfuss, pero fueron derrotados, debido en parte a las vacilaciones de sus dirigentes socialdemócratas. Hasta ese momento, la socialdemocracia austríaca se habla negado a lanzar una lucha seria contra el régimen de Dollfuss, "tolerándolo" como a un mal menor en comparación con los nazis. Gracias a esa política, tanto Dollfuss como los nazis pudieron consolidar sus fuerzas y aplastar al poderoso movi­miento obrero austriaco.

[5] En octubre de 1934, el gobierno derechista español de Lerroux aplastó una huelga general que en Asturias se había convertido en insurrección. Lerroux pudo reconquistar la ciudad de Oviedo, tomada por los obreros, y aplastar a la Comuna de Asturias en octubre y noviembre. En este proceso hubo 3.000 obreros muertos, 7.000 heridos y 40.000 encarcelados.

[6] Emile Vandervelde (1866-1938): dirigente del Partido Laborista belga y presidente de la Segunda Internacional, 1929-36. Durante la Primera Guerra Mundial fue ministro del gabinete belga y firmó el Tra­tado de Versalles en nombre de Bélgica.

[7] Hendrik de Man (1885-1953): dirigente del Partido laborista belga; en 1933 elaboró un "plan obrero" para poner fin a la depresión y fomentar la producción. El plan disponía que el gobierno comprara las propiedades capitalistas. (Véanse los comentarios de Trotsky en Escritos de 1983-34). Carlos Marx (1818-1883) fue, junto con Engels, el funda­dor del socialismo científico y dirigente de la Primera Internacional, 1864-76.

[8] Paul-Henri Spaak (1899-1972): durante un breve período miembro del ala izquierda del Partido Laborista belga y editor de Action Socialiste en 1934. En 1935 ocupó un puesto en el gabinete belga y posteriormen­te fue secretario general de la OTAN.

[9] El Partido Radical o Radical Socialista francés: el principal parti­do capitalista de ese país entre las dos guerras mundiales; se puede comparar con el Partido Demócrata de Estados Unidos.

[10] El Partido Laborista británico: fundado en 1906 y afiliado a la Segun­da Internacional, estuvo en el poder en 1924 y en 1929-31, pero fue derrotado en las elecciones de 1935 y no volvió al poder hasta 1945.

[11] Franklin D. Roosevelt (1882-1945): presidente demócrata de Estados Unidos desde 1933 hasta su muerte. Su plan, llamado New Deal, era un programa de reformas destinado a paliar las peores consecuencias de la depresión y desviar la combatividad de los obreros norteamericanos.

[12] Maxim Litvinov (1876-1951): comisario del pueblo de relaciones exteriores de la Unión Soviética en 1930-39. Stalin lo utilizó para perso­nificar la "seguridad colectiva" al buscar alianzas con los imperialistas democráticos y lo relegó a un segundo plano en la época del Pacto Hitler-Stalin y durante la guerra fría. El gobierno norteamericano reconoció a la Unión Soviética en 1933.

[13] En 1924 el Workers Party (comunista) de Estados Unidos consti­tuyó el Farmer-Labor Party con un programa populista. Este intento por crear un partido de obreros y granjeros de masas, pero sin respal­do de éstas, provocó una profunda crisis en el partido, que abandonó la idea y presentó una fórmula comunista en las elecciones.

[14] Las huelgas de 1934 en la fábrica Auto-Lite de Toledo, de los camio­neros de Minneapolis y de los estibadores de San Francisco pusieron fin a una situación en que los obreros norteamericanos perdían un con­flicto tras otro. Véase una crónica detallada de la importancia de estas huelgas en el cuarto capitulo de Labor’s Giant Step de Art Preis (Pathfin­der Press, 1972).

[15] La región alemana del Saar, controlada por Francia desde el fi­nal de la Primera Guerra Mundial, votó por abrumadora mayoría por el retorno a Alemania en un referéndum realizado en 1935.

[16] El "tercer período": de acuerdo con el esquema proclamado por los stalinistas en 1928, era la etapa final del capitalismo, de su desapari­ción próxima y su remplazo por soviets. A partir de este análisis, las tácticas de la Comintern en el período 1928-34 se caracterizaron por el ultraizquierdismo, el sectarismo y la construcción de pequeños sindicatos "rojos", en lugar del trabajo en los sindicatos de masas, y la negativa a constituir frentes únicos con otras organizaciones obreras. En 1934 los stalinistas reemplazaron esta política por la del frente popular.

[17] José Stalin (1879-1953): ingresó al Partido Socialdemócrata en 1898, a la fracción bolchevique en 1904 y al comité central en 1912. Después de la revolución de febrero y antes de que Lenin llegara para reorientar a los bolcheviques hacia la toma del poder, propuso una política de con­ciliación con el gobierno provisional. Fue comisario de nacionalidades en el primer gobierno soviético, y secretario general del PC a partir de 1922. En 1923 Lenin propuso que se lo relevara de ese puesto, porque lo utili­zaba para burocratizar los aparatos partidario y estatal. Después de la muerte de Lenin en 1924, Stalin eliminó gradualmente a sus adversarios principales, empezando por Trotsky, y a partir de la década del treinta fue virtual dictador de la Unión Soviética y del partido. Los con­ceptos principales asociados con su nombre son "socialismo en un solo país", "social-fascismo" y "coexistencia pacifica".

[18] Amalgama: nombre que solía emplear Trotsky para designar la práctica del Kremlin de meter en la misma bolsa a tendencias políticas diferentes u opuestas y acusarlas del mismo pecado o crimen.

[19] La Liga de las Naciones: llamada por Lenin "cueva de ladrones", fue creada por la Paz de Versalles en 1919, como organismo de gobierno y colaboración mundial que impidiera futuras guerras. Su bancarrota se hizo evidente cuando fue incapaz de Impedir la invasión japonesa a china, la invasión italiana a Etiopía y los demás eslabones de la cade­na que desembocó en la Segunda Guerra Mundial. La alianza militar soviética con el imperialismo francés es una referencia al pacto de no agresión franco-soviético firmado en mayo de 1935 en Moscú por Stalin y el ministro de relaciones exteriores francés Laval.

[20] Pierre Laval (1883-1945): socialista en su juventud, fue ministro de relaciones exteriores en 1934-35 y negoció el pacto de no agresión franco-soviético. Primer ministro en 1935-36 y 1942, mantuvo una política de colaboración con Alemania. Ejecutado por traición al finalizar la guerra. El comunicado posterior a la firma del pacto Stalin-Laval decía: "El deber los obliga en primer termino a no debilitar por ningún medio sus recursos de defensa nacional. En este sentido, el señor Stalin comprende y aprueba plenamente la política de defensa nacional implementada por Francia para mantener su fuerza armada al nivel de se­guridad."

[21] El 4 de agosto de 1914 la socialdemocracia alemana votó a favor del presupuesto bélico de su gobierno imperialista, violando así su com­promiso de oponerse al militarismo en la guerra tanto como en la paz. En esa misma fecha los partidos socialistas francés y belga publicaron sendos manifiestos de apoyo a sus gobiernos en guerra. Los marxistas utilizan esta fecha para indicar el momento en que la Segunda Internacional dejó de existir como fuerza revolucionaria.

[22] Vladimir Ilich Lenin (1870-1924): restauró el marxismo como teoría y práctica de la revolución en la época del imperialismo, después de que los oportunistas, revisionistas y fatalistas de la Segunda Internacional lo hubieron envilecido. Fue el creador de la corriente bolchevique, la primera que construyó el tipo de partido necesario para dirigir la revolución obrera. Dirigió la primera revolución obrera victoriosa en 1917 y fue el jefe del primer gobierno soviético. Fundó la Internacional Comunista y colaboró para la elaboración de sus principios, estrategia y tácticas. Inició la lucha contra la burocratización del PC ruso y del es­tado soviético, pero murió antes de llevarla a cabo.

[23] La conferencia celebrada en Zimmerwald, Suiza, en septiembre de 1915 tenía por objeto reagrupar a las corrientes antibélicas e inter­nacionalistas que sobrevivieron a la ruina de la Segunda Internacional. Aunque la mayoría de los participantes eran centristas, significó un avance hacia la creación de una nueva internacional. Véase el mani­fiesto de Zimmerwald contra la guerra, redactado por Trotsky, en Leon Trotsky Speaks (Pathfinder, 1972).

[24] En la Revolución de Octubre los soviets rusos, dirigidos por los bol­cheviques, tomaron el poder.

[25] Esta referencia a la Internacional Segunda y Media no debe con­fundirse con la Asociación Internacional de Partidos Socialistas (Internacional Segunda y Media), formada en febrero de 1921 por los par­tidos y grupos centristas salidos de la Segunda Internacional por presión de las masas revolucionarias. El grupo que lleva ese nombre se reunifi­có con la Segunda Internacional en mayo de 1923. En este documento, Internacional Segunda y Media es una referencia a las propuestas stalinistas de 1934 y 1935, de lograr unidad orgánica con los socialdemócratas, propuesta que incluía la fusión de las internacionales Segunda y Tercera.

[26] El Comité Amsterdam-Pleyel: una de las típicas organizaciones "antibélicas" y "antifascistas" que fomentaba el stalinismo en colabo­ración con conocidos pacifistas y liberales, en remplazo del frente único obrero para la acción. Los principales congresos de estos grupos fueron el de Amsterdam en agosto de 1932 y el del teatro Pleyel de París en junio de 1933.

[27] El verano siguiente la Carta Abierta fue firmada por la Sociedad Cooperativa de Amigos de la Nueva Era (Francia); por los bolcheviques-­leninistas cubanos y por el Grupo Espartaco de Bélgica.

[28] La LCI celebró su conferencia internacional del 29 al 31 de julio de 1936 en París. Este tomo incluye las tres resoluciones redactadas por Trotsky. Véanse las demás tesis, resoluciones y manifiestos de la conferencia en Documents of the Fourth International: The Formative Years (1939-40) (Pathfinder Press, 1973). La Carta Abierta fue firmada por P.J Schmidt y H. Sneevliet, por el Partido Socialista Revolucionario de los Trabajadores (RSAP) de Holanda; A.J. Muste y James P. Cannon, por el Partido Obrero de Estados Unidos (WPUS); Crux (Trotsky), Dubois (Ruth Fischer) y Martin (Alfonso Leonetti), por el Secretariado Internacional de la LCI; el Grupo Bolchevique-Leninista (GBL), de Fran­cia y J. MacDonald y M. Spector, por el Partido Obrero de Canadá. Peter J. Schmidt (1896-1952): dirigente del Partido Socialista inde­pendiente de Holanda que a principios de 1935 se unificó con el Partido Socialista Revolucionario, dirigido por Henricus Sneevliet (1883-1942), para formar el RSAP, sección holandesa de la LCI. Schmidt renunció en 1936 e ingresó a la socialdemocracia. Después de la guerra fue fun­cionario de las Naciones Unidas. Sneevliet abandonó al MCI en 1938. Fue arrestado y ejecutado por los nazis en 1942. A.J. Muste (1885-1967); pacifista y ex sacerdote, era dirigente del Partido Obrero Norteamericano, que en 1934 se unificó con la Liga Comunista de Norteamérica para formar el WPUS, del cual fue secretario. Renunció en 1936 y volvió al pacifismo y a la iglesia. En la década del sesenta desempeñó un papel importante en la creación del movimiento contra la guerra de Vietnam. James P. Cannon (1890-1974); fundador del PC de Estados Unidos, fue expulsado del mismo en 1928 y fue uno de los fundadores de la Opo­sición de Izquierda. Fue dirigente del movimiento trotskista norteame­ricano y de la CI hasta su muerte. Dubois (Ruth Fischer), 1895-1961: dirigente importante del PC alemán en los años veinte. Expulsada en 1927 por ser partidaria de la Oposición Unificada rusa, fue una de las fundadoras de la Leninbund alemana que colaboró con la Oposición de Izquierda hasta 1930. Posteriormente renunció a la Leninbund y se unió al movimiento trotskista, pasando a integrar el Secretariado Internacional de la LCI en 1935. En 1938 ya había abandonado el movi­miento trotskista. Martin (Alfonso Leonetti, n. 1895): abandonó el PC italiano en 1930 para formar la Nueva Oposición Italiana, sección italiana de la OII. Durante 1936 fue miembro activo del Secretariado Internacional de la OII y de la LCI. Volvió al PC después de la Segunda Guerra Mundial. El Secretariado Internacional (SI) era la dirección administrativa de la OII y de la LCI. Los trotskistas franceses toma­ron el nombre de Grupo Bolchevique-Leninista en la SFIO (sección francesa de la Segunda Internacional) en el período entre agosto de 1934 y su expulsión del partido socialista al año siguiente. Jack MacDonald (1888-1941) y Maurice Spector (1898-1968): fundadores del PC cana­diense, del cual fueron dirigentes hasta su expulsión a fines de la dé­cada del veinte. Fundaron el movimiento trotskista canadiense, del cual MacDonald fue dirigente hasta su muerte. Spector dejó el movimiento trotskista en 1939.



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?