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El terror de la autoprotección burocrática[1]

 

 

6 de septiembre de 1935

 

 

 

Hemos recibido un documento notable, bajo la forma de una carta firmada por el camarada Tarov, bolchevique-leninista soviético, un mecánico que debió abandonar la Unión Soviética.[2] A principios de 1928 Tarov fue arrestado por militar en la "Oposición de Izquierda"; estuvo tres años en el exilio, luego cuatro años incomunicado y bajo un régimen severo en la cárcel y, una vez más, varios meses exiliado.

¿Cuales fueron los crímenes de Tarov contra la re­volución? Parece que ya en 1923 opinaba que la Revo­lución de Octubre había creado las oportunidades para una industrialización muchísimo más rápida que en los países capitalistas. Junto con otros Tarovs alertó con­tra la política de apostar todo en favor de los kulaks, considerando que provocaría la crisis del sistema soviético en su conjunto. Exigió que se concentraran todos los esfuerzos en los campesinos pobres y que se transfiriera sistemáticamente la economía rural hacia la senda de la colectivización. Esos fueron sus crímenes más importantes en el período 1923-26. Su visión era más penetrante y previsora que la de la cúpula domi­nante. En todo caso, esos fueron los crímenes de la ten­dencia, de los cuales se hizo responsable a Tarov.

En 1926 los Tarovs exigieron que los sindicatos so­viéticos pusieran fin a su amistad política con el Conse­jo General de los Sindicatos británicos, por traicionar la huelga de los mineros y la huelga general; precisamen­te por este servicio Citrine, secretario general del Con­sejo General y ex aliado de Stalin y Tomski, fue orde­nado caballero por Su Alteza Real durante la celebra­ción del Jubileo.[3] En 1926, junto con otros leninistas, Tarov protestó contra la teoría stalinista del "estado obrero y campesino democrático", teoría que impulsó al Partido Comunista Polaco a apoyar el golpe de Pilsudski. Pero la lista de los crímenes de Tarov no se agota allí. Como internacionalista, sentía un profundo interés por la suerte de la revolución china. Cuando el Kremlin resolvió obligar al joven y heroico Partido Comunista Chino a entrar en el Kuomintang y someterse a su disciplina[4] y, para colmo, aceptó que el Kuomintang, un partido netamente burgués, ingresara a la Comintern como organización "simpatizante", calificó esas decisiones de criminales. Llegó el momen­to en que Stalin, Molotov y Bujarin enviaron un tele­grama desde Moscú, instando a los comunistas chinos a aplacar la movilización agraria de los campesinos para no "asustar" a Chiang Kai-shek y a sus oficia­les.[5] Tarov, junto con otros discípulos de Lenin, ta­chó esa política de traición a la revolución.

Los Tarovs tienen otros crímenes similares en su haber. A partir de 1923 empezaron a exigir que se si­guiera elaborando el proyecto de plan quinquenal;[6] cuando finalmente en 1927 apareció el primer proyecto de plan quinquenal, los Tarovs sostuvieron que la tasa de aumento industrial anual no debía ser del 5-9 por ciento como decía el Buró Político, sino una cifra dos o tres veces mayor. Todo esto se confirmó rápidamente, por cierto. Pero puesto que los Tarovs, con su poder de previsión, habían desenmascarado el atraso de la cúpula dominante, se los halló culpables de socavar la revolución (es decir, el prestigio de la burocracia).

Los Tarovs le prestaban gran atención a la juventud obrera. Opinaban que se le debía brindar la oportuni­dad de pensar por su cuenta, estudiar, cometer errores y aprender a pararse sobre sus propios pies. Protestaron contra el remplazo de la conducción revolucionaria por un régimen de cabos despóticos. Vaticinaron que la estrangulación cuartelera de la juventud conduci­ría inexorablemente a su desmoralización y al surgimiento de tendencias francamente criminales y reaccio­narias en su seno. Se los acusó de querer malquistar a la joven generación con la vieja, de promover un motín contra la "Vieja Guardia", la mismísima "Vieja Guardia" que Stalin, con ayuda de sus pretorianos, ha calumniado, aplastado y encarcelado, o desmoralizado.

Tales son los crímenes de Tarov. Pero debemos agregar que los bolcheviques-leninistas -Tarov incluido- jamás intentaron imponer sus ideas por la fuerza. Jamás llamaron a la insurrección contra la buro­cracia. Durante un lapso de casi diez años, trataron y tuvieron la esperanza de convencer al partido. Lucha­ron principalmente por el derecho a plantear sus críti­cas y propuestas ante el partido. Pero la burocracia, que había impuesto un régimen autocrático encarama­da sobre las derrotas del proletariado mundial, no res­pondió a la Oposición Leninista con la fuerza de los ar­gumentos, sino con los destacamentos armados de la GPU.[7] Tarov fue uno entre los miles de arrestados du­rante la aniquilación termidoriana de la Oposición en 1928.[8] Desde entonces estuvo más de tres años en el exilio y unos cuatro años en la cárcel. A través de su breve relato el lector puede conocer las condiciones que imperan en dichas cárceles: abusos, castigos corpora­les, el martirio de catorce días de huelga de hambre, y, como respuesta, alimentación forzada y nuevos abu­sos. Todo esto sucedió porque los bolcheviques-leninistas plantearon el problema de la colectivización antes que Stalin, porque lanzaron oportunamente el alerta sobre las consecuencias de la pérfida alianza con Chiang Kai-shek y con quien después sería Sir Walter Citrine...

Pero entonces, cayó trueno sin llover: Hitler llegó al poder en Alemania. La política de la Internacional Co­munista le había allanado el camino. Cuando Hitler trataba de montar, quien le sostenía el estribo era nada menos que Stalin. Todos los torrentes retóricos vertidos en el Séptimo Congreso no bastarán para lavar a los no­bles dirigentes de las manchas de este crimen histórico. El odio de la camarilla stalinista hacia quienes habían previsto y advertido oportunamente el problema se volvió aun más rabioso. Los leninistas presos tuvieron que pagar con su integridad física por esta política ne­fasta, combinación de ignorancia y perfidia: esta combi­nación es precisamente la esencia del stalinismo.

Sin embargo, alarmado por la victoria del nacionalsocialismo, Tarov dirigió una propuesta a las autorida­des moscovitas: jura abandonar su militancia en la Opo­sición a cambio de que se le otorgue el derecho de vol­ver a las filas del partido como soldado disciplinado, y desde allí proseguir la lucha contra el peligro fascista.

No resulta difícil descubrir las causas sicológicas de la resolución de Tarov. Para un revolucionario no hay tortura peor que encontrarse atado de pies y manos, mientras la reacción imperialista toma una trinch­era proletaria tras otra. Pero la propuesta política de Tarov fue irrealista por partida doble. En primer lugar, el apoyo no crítico a la lucha de Stalin contra el fascismo, en última instancia ayuda al fascismo -la historia de los últimos doce años lo demuestra incontrovertiblemente-; en segundo lugar, la burocracia no aceptó, no podía aceptar, la propuesta de Tarov. Un solo leninista que cumpliera las tareas que se le asigna­ran en forma abnegada y valiente, a la vista de todos, sin retractarse públicamente y sin despreciar las me­jores tradiciones del bolchevismo, constituiría una refu­tación silenciosa de la leyenda que lleva el título de "El trotskismo: vanguardia de la contrarrevolución burguesa". Esta leyenda estúpida se tambalea sobre sus patas mitológicas: es necesario apuntalarla todos los días. Además si el ejemplo de Tarov tuviera éxito, sin duda sería un estimulo para otros. No podía permitirse. No se puede permitir el reingreso al partido de hombres audaces, que se limitan a renunciar a expresar sus ideas en público: no, deben renunciar directamente a sus ideas, al derecho de pensar. Deben despreciar posiciones confirmadas por el curso ente­ro de los acontecimientos.

Nada caracteriza mejor al régimen stalinista, su corrupción y fraude internos, que su total incapacidad para asimilar a un revolucionario honesto dispuesto a obedecer, pero que se niega a mentir. ¡No! Stalin necesita apóstatas, renegados vociferantes, hombres que no tienen el menor empacho de decir que negro es blanco, que se golpean patéticamente el pecho hueco mientras no piensan sino en tarjetas de racionamiento, automóviles y colonias de veraneo. El partido y el aparato estatal están copados por tales estafadores, canallas, cínicos corrompidos. No se puede confiar en ellos pero son indispensables: el absolutismo burocrático, que ha entrado en contradicción irreconciliable con las necesidades económicas y culturales del estado obrero, necesita imperiosamente a los canallas dispuestos a todo.

De manera que el intento de Tarov de volver a las filas del "partido" oficial fue un fracaso rotundo. No le quedó otro recurso que huir de la Unión Soviética. Su experiencia, pagada a tan alto precio, constituye una lección valiosísima para el proletariado soviético y mundial. La Carta Abierta de las organizaciones que se agrupan bajo la bandera de la Cuarta Internacional se ve confirmada nuevamente y en forma tajante por el caso Tarov. La Carta Abierta dice: "La camarilla do­minante, con sus persecuciones, acusaciones falsas, amalgamas y represión sangrienta trata de cortar de raíz toda manifestación del pensamiento marxista. En ningún lugar del mundo se persigue al leninismo auténtico con tanta saña como en la URSS".

Consideradas de manera superficial, estas líneas parecen exageradas: ¿acaso en Italia y en Alemania no se persigue al leninismo implacablemente? En rea­lidad, la Carta Abierta no exagera. En los países fas­cistas se persigue a los leninistas junto con los demás adversarios del régimen. Es por todos conocido que Hitler descargó toda su saña contra sus propios camaradas de armas que habían pasado a la oposición, en el partido, al "ala izquierda" que le recordaba su propio pasado.[9] La burocracia stalinista descarga la misma crueldad bestial sobre los bolcheviques-leninistas, los auténticos revolucionarios, encarnación de las tradi­ciones del partido y de la Revolución de Octubre.

Las conclusiones políticas a extraer del caso del ca­marada Tarov resultan bastante evidentes. Actualmente sería una locura querer "reformar" y "regenerar" al PCUS. Es imposible que una burocracia cuyo objetivo principal es aherrojar al proletariado, sirva a los in­tereses del proletariado. El terror revolucionario, que durante el período heroico de la revolución fue un arma de las masas insurgentes contra sus opresores y para salvaguardar el régimen del proletariado, ha sido reemplazado totalmente por el terror cínico y venenoso de la burocracia, que lucha como una bestia enloquecida para mantener sus puestos y privilegios, su régimen desenfrenado y autocrático... contra la vanguardia pro­letaria. ¡Precisamente por eso el stalinismo está con­denado a muerte!

El 20 de febrero de 1889 Engels le dirigió a Kautsky una carta realmente extraordinaria -inédita hasta hace poco- acerca de las relaciones entre las clases en la época de la Gran Revolución Francesa. Dice, entre otras cosas: ’En cuanto al Terror, si tuvo algún signi­ficado fue como medida de guerra. No sólo sirvió para que el timón quedara en manos de la única clase, o sector de clase, capaz de garantizar la victoria de la re­volución (esto es ínfimo comparado con la derrota de las insurrecciones), sino que le aseguró libertad de movi­mientos, margen de maniobra, la posibilidad de con­centrar sus fuerzas en los puntos decisivos -las fron­teras-.[10] Pero cuando las victorias militares hubieron asegurado las fronteras, tras la derrota de la frenética Comuna -que trató de llevar la libertad a los otros pueblos sobre la punta de las bayonetas-, el terror, como arma de la revolución, quedó perimido. Cierto es que Robespierre estaba en la cúspide de su poder;[11] pero, dice Engels, "de ahí en adelante el terror se con­virtió para él en un medio de autoprotección, y así quedó reducido al absurdo" (el subrayado es de En­gels).

Estas líneas resaltan por su sencillez y profundidad. No es necesario que nos explayemos en las diferencias entre la época pasada y la presente: todos las conocen. No es menos clara la diferencia entre los respectivos pa­peles históricos desempeñados por Robespierre y Stalin: aquél aseguró la victoria de la revolución sobre sus enemigos nacionales y extranjeros en el período más crítico de su existencia; pero en Rusia esa obra se realizó bajo la conducción de Lenin. Stalin pasó al frente sólo después que ese período había terminado. Es la encarnación viva del termidor burocrático. El terror en sus manos era y es principalmente un arma para aplastar al partido, a los sindicatos y a los soviets y para instaurar una dictadura personal que sólo carece de... una corona imperial. Cumplida su misión revolu­cionaria, el terror, trasformado en arma para la autoprotección de los usurpadores, se vuelve "absurdo", para usar la expresión de Engels. En el idioma de la dialéctica, significa que está inexorablemente condenado a derrumbarse.

Las bestialidades insensatas provocadas por los métodos burocráticos de colectivización, así como las viles represalias y actos de violencia perpetrados contra los mejores elementos de la vanguardia proletaria, inevitablemente engendran exasperación, odio y deseos de venganza. Esta atmósfera engendra a su vez la dispo­sición para el terrorismo individual en la juventud. S. Kosior,[12] el pequeño Bonaparte ucraniano famoso por su descaro, dijo hace poco que "Trotsky emplea la prensa para instar al asesinato de los dirigentes soviéti­cos", mientras que Zinoviev y Kamenev -como lo demuestra, vean ustedes, el caso Ienukije- fueron partícipes directos en el asesinato de Kirov. Dado que cualquiera que tenga acceso a los escritos de Trotsky podrá verificar sin ninguna dificultad si es verdad que éste propugna el "asesinato de los dirigentes sovié­ticos" (suponiendo que existan personas maduras que necesiten verificar esta clase de embustes), esto echa suficiente luz sobre la otra mitad de la mentira de Kosior, la que concierne a Zinoviev y a Kamenev. No sabemos si en este momento se encuentran en proceso de elaboración documentos fraudulentos con ayuda de "cónsules letones" u "oficiales de Wrangel".[13] Los Kosiors del régimen bonapartista aún están en condi­ciones de perseguir, estrangular y fusilar a un buen número de revolucionarios intachables, pero esto no alterará la esencia del problema: su terror es un absur­do de la historia. Será barrido junto con sus organi­zadores.

¿Es cierto que propugnamos el asesinato de los di­rigentes soviéticos? Quizás los burócratas endiosados crean con toda sinceridad que hacen historia; por nuestra parte, no compartimos esa ilusión. Stalin no creó el aparato. El aparato creó a Stalin... a su imagen y semejanza. El reemplazo de Kirov por Jdanov no significó el menor cambio en la situación.[14] A dife­rencia de los artículos de consumo masivo, la provisión de Kosiors es ilimitada. Hay pequeñas diferencias de estatura y de talle, ¡nada más! En todo lo demás son tan parecidos entre sí como sus encomios a Stalin. Sí Stalin fuera reemplazado por algún Kaganovich, los cambios en la situación serían poco mayores de los que produjo el reemplazo de Kirov por Jdanov.[15] ¿Pero el Kaganovich de turno tendría suficiente "autoridad"? No hay por qué preocuparse; todos los Kosiors -el primero, el decimoquinto, el miliunésimo- se encar­garían de investirlo inmediatamente de la autoridad requerida mediante los resortes burocráticos, de la misma manera en que crearon la "autoridad" de Stalin, es decir, su propia "autoridad", la de su régi­men desenfrenado.

Por eso el terrorismo individual nos parece tan paté­tico y débil. No, no hemos olvidado el abecé del marxis­mo. El destino de la burocracia soviética y la suerte del régimen soviético en su conjunto dependen de factores de envergadura histórico-mundial. Sólo las victorias del proletariado internacional pueden devolverle la confianza al proletariado soviético. La premisa fundamental para los triunfos revolucionarios es la unificación de la vanguardia proletaria mundial en torno a la bandera de la Cuarta Internacional. La lucha por esa ban­dera se debe librar también en la URSS, prudente pero incesantemente. El absurdo histórico de la buro­cracia autocrática en la sociedad "sin clases" no puede subsistir ni subsistirá hasta el fin de los tiempos. El proletariado que ha realizado tres revoluciones volverá a levantar la cabeza. ¿Pero el "absurdo" burocrático no ofrecerá resistencia? El proletariado encontrará la escoba que necesita para barrerlo de la escena. No­sotros lo ayudaremos.



[1] El terror de la autoprotección burocrática: New Militant, 2 de no­viembre de 1935, donde apareció bajo el título de "La burocracia toma la senda de la represión creciente". Sin firma.

[2] A. Tarov (1898-1942): obrero nacido en el Cáucaso armenio, entró al Partido Bolchevique en 1917 y participó en la guerra civil. Como mili­tante de la Oposición, fue expulsado del partido en 1927 y deportado a Siberia. Escapó a Irán y luego a Europa. En la Segunda Guerra Mundial combatió en la resistencia comunista armenia; los nazis lo ejecutaron. Véase su carta en inglés en New Militant, 19 de octubre de 1935.

[3] En mayo de 1925 los dirigentes sindicales británicos y rusos formaron el Comité Anglo-ruso de Unidad Sindical, con el fin de combatir unificadamente el peligro de guerra imperialista. En el sector británico habla miembros del Trades Union Congress (TUC), la central obrera británi­ca, que lo emplearon para defenderse de las críticas de la izquierda. Les resulto sumamente útil en el período tenso anterior a la huelga ge­neral decretada por la TUC en solidaridad con la huelga de los mineros, y durante la misma. Los rusos siguieron aferrados al Comité Anglo-ruso aun después de que el Consejo General hubo traicionado la huelga gene­ral. Se derrumbó cuando los ingleses lo abandonaron en septiembre de 1927. Sir Walter Citrine (1887-?): secretario general del TUC en 1926-46. En 1935 fue ordenado caballero por los servicios prestados al capitalismo británico y en 1946 recibió el título de baronet. Mijail Tomski (1886-1936): bolchevique de derecha, se opuso a la insurrección de oc­tubre de 1917. Como jefe de los sindicatos soviéticos y miembro del Buró Político, fue estrecho colaborador de Stalin a mediados de la déca­da del veinte, sobre todo en la cuestión del Comité Anglo-ruso, hasta que se unió a la lucha de la derecha contra Stalin, dirigida por Bujarin. Se suicidó durante el juicio de Moscú.

[4] La revolución china de 1925-27 fue derrotada cuando los comunistas chinos, actuando bajo las órdenes de Moscú, entraron al partido nacional burgués Kuomintang (Partido del Pueblo), dirigido por Chiang Kai-shek y subordinaron la revolución a los intereses de su coalición con éste.

[5] Viacheslav Molotov (n. 1890): uno de los primeros partidarios de Stalin y miembro del Comité Central a partir de 1920, fue presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo en 1930-41 y sucedió a Litvinov co­mo ministro de relaciones exteriores (a partir de 1939). Jruschov lo eli­minó de la dirección en 1957 porque se opuso a la "destalinización". Chiang Kai-shek (1887-1975): fue el dirigente militar derechista del Kuomintang durante la revolución china de 1925-27. Los stalinistas lo ensalzaron como gran revolucionario hasta abril de 1927, cuando perpe­tró una sangrienta masacre de comunistas y sindicalistas en Shanghai. Gobernó a China hasta que fue derrocado en 1949.

[6] El primer plan quinquenal para el desarrollo económico de la Unión Soviética, iniciado en 1928, preveía una modesta aceleración de la indus­trialización y una actitud vacilante hacia el campesinado. Repentinamente, el Buró Político revirtió su posición y llamó a cumplir el plan quinquenal en cuatro años. La aceleración y la colectivización forzada del campesinado provocaron el caos económico y grandes privaciones para la población.

[7] GPU: uno de los nombres abreviados del Departamento de la Policía Política Soviética; otros nombres son Cheka, NKVD, MVD, KGB, etcétera, pero GPU es el más usado.

[8] El termidor de 1794 fue el mes, según el nuevo calendario francés, en que los jacobinos revolucionarios fueron derrocados por un ala reac­cionaria de la revolución que, empero, no llegó a restablecer el régimen feudal. Trotsky empleaba el término como analogía histórica para denominar la toma del poder por la burocracia stalinista conservadora dentro del marco de las relaciones de propiedad nacionalizadas.

[9] El 30 de junio de 1934 Hitler lanzó una "purga sangrienta" que eli­minó a los posibles opositores en el Partido Nazi y a otros grupos burgue­ses alemanes.

[10] Véase este pasaje en otra versión [inglesa] en Selected Correspon­dence of Marx and Engels (Moscú, 1953).

[11] Maximilien Robespierre (1758-1794): jefe jacobino del gobierno francés desde 1793 hasta que la contrarrevolución del 9 de Termidor lo derrocó y guillotinó.

[12] Stanislaw Kosior (1889-193?): secretario del Comité Central del PC de Ucrania en los años veinte y miembro del Buró Político a partir del Decimosexto Congreso (1930). En 1938 fue relevado de todos sus puestos y se perdió en las purgas.

[13] Se refiere a dos amalgamas stalinistas. Se decía que un cónsul letón había participado en el asesinato de Kirov a cambio de "una carta para Trotsky". En 1927, la GPU infiltró en la Oposición a un provocador, ex oficial de las Guardias Blancas de Wrangel. Luego, Stalin denunció las "actividades contrarrevolucionarias" y "vínculos con el imperialis­mo" de la Oposición de Izquierda.

[14] Andrei Jdanov (1896-1948): aliado de Stalin desde 1923. Reemplazó al asesinado Kirov en la secretaria de la organización partidaria de Leningrado en 1935 e ingresó al Buró Político en 1939. Murió en circunstancias misteriosas.

[15] Lazar Kaganovich (n. 1893): comisario de la industria pesada en 1938-39, miembro del Comité Central a partir de 1924 y del Buró Polí­tico a partir de 1930. En 1934 dirigió las purgas a la cabeza de la Comi­sión de Control. Jruschov lo relevó de todos sus puestos por considerarlo "elemento antipartido" en los años cincuenta.



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