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En respuesta al señor Scharffenberg[1]

 

 

24 de agosto de 1936

 

 

 

La propuesta del señor Scharffenberg de que yo comparezca ante el tribunal de Moscú -digamos de paso que el juicio ya llegó a un final funesto- para revelar la verdad de la misma manera como Dimitrov lo hizo en el juicio del incendio del Reichstag, me pare­ce más idealista que realista. Dimitrov no fue a Alema­nia para desenmascarar la mentira. Fue arrestado en Alemania. Torgler, no Dimitrov, se entregó voluntariamente a las autoridades. Y todos lo tacharon de cobar­de, inclusive antes de que resultara ser traidor. Lo que impresiona en Dimitrov es su valentía, no su falso tes­timonio. Dado que no podía desenmascarar la conspira­ción nazi desde la cárcel, sí se hizo mucho más desde el extranjero: el gobierno soviético respaldó a los acu­sados.

En el juicio de Moscú el gobierno soviético no per­mitió la intervención de representantes socialistas o sindicales. Debían poner fin al asunto lo más rápida y taxativamente posible. Mi "comparecencia" en el tri­bunal - de ser posible - equivaldría en estas condicio­nes a entregarme atado de pies y manos a los que cons­piran contra la opinión pública mundial.

¿En qué consisten mis pruebas contra la indignante amalgama de Moscú? En que toda mi obra, mi activi­dad literaria, mi correspondencia y mis vínculos perso­nales se reflejan claramente en mis archivos; cualquier abogado, cualquier sicólogo, cualquier persona con conciencia política, conociendo la coherencia de mis ideas, expresadas tanto en público como en privado, tendría que llegar, inexorablemente, a la conclusión de que un vínculo con la Gestapo, así como cualquier tipo de actividad terrorista individual son incompatibles con mi carácter. En toda esta época he mantenido contacto con cientos de amigos, jóvenes y viejos, de Europa Central y Occidental. Muchos vivieron en mi casa durante semanas, meses o años. Su testimonio revestiría una importancia crucial para desenmascarar la amalgama criminal.

¿Cree el señor Scharffenberg que en Moscú se me brindaría la oportunidad de llamar a estos testigos y someter mis documentos al escrutinio público? En su acuerdo con el procurador fiscal, los indefensos acusa­dos debieron renunciar al derecho de exigir un conseje­ro legal en el tribunal, dado que cualquier abogado de­fensor semiindependiente hubiera sido una calamidad insuperable, tanto para los acusadores como para los autoacusadores.

¿Quién puede creer que en estas condiciones yo podría ir a Moscú a aclarar siquiera mínimamente estas cuestiones? Opino, en cambio, que los ministerios de justicia de los países desde los cuales supuestamente instigué estos crímenes tienen la obligación de hacerme comparecer antes los tribunales. No pido otra cosa. El gobierno soviético posee todos los medios para declararme culpable de un crimen... si no teme a la opinión pública.

El señor Scharffenberg considera que el honor es más importante que la vida. No tenía necesidad de re­cordármelo. El honor político de los afectados -inclu­yendo el mío, en la medida que alguien me considere afectado- sólo puede salvaguardarse con la verdad. Pero en estos momentos, como reconocerá cualquier persona políticamente consciente, no se puede ayudar a la verdad a triunfar en Moscú. Aquellos a quienes preocupa que se establezca la verdad pueden ayudarme a desenmascarar el verdadero carácter de la amalgama de Moscú del principio al fin. ¡No por mí, sino por la verdad!



[1] En respuesta al señor Scharffenberg. Con autorización de la Biblio­teca de la Universidad de Harvard. Traducido del alemán [al inglés] para esta obra por Maria Roth. Johan Scharffenberg, funcionario del NAP, había escrito en Arbeiderbladet: "Trotsky afirma que puede demostrar que las acusaciones formuladas en su contra por el juicio de Moscú son falsas. Si es así, tiene el deber moral de comparecer inmediatamente ante un tribunal en Moscú." El New York Times del 25 de agosto de 1936 sintetizó parcialmente la respuesta de Trotsky, sin citas textuales.



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