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Persecución política en la URSS[1]

 

 

22 de mayo de 1936

 

 

 

Ultimamente la prensa norteamericana y la prensa mundial en general vienen difundiendo ampliamente los preparativos para la nueva constitución de la Unión Soviética. Los dirigentes soviéticos sostienen que la misma será "la constitución más democrática del mun­do" y que de ahora en adelante las elecciones se reali­zarán por sufragio universal, igualitario, directo y se­creto. Es cierto que algunos cronistas preguntan si las elecciones pueden ser verdaderamente libres, en vista de la existencia de un solo partido.

Aquí no quiero responder a ese argumento; pero es necesario plantear otra pregunta: ¿cómo prepara la reforma constitucional el único partido existente? La respuesta: mediante una represión ininterrumpida sin precedentes que no va dirigida contra los enemigos de la Unión Soviética, sino principalmente contra aquellos que, permaneciendo absolutamente fieles al sistema [soviético], se oponen a una dirección a la que resulta imposible remover y ni siquiera controlar. Podemos afirmar sin el menor temor a equivocarnos que las nueve décimas partes de la represión política no sirven para la defensa del estado soviético, sino para la defensa del gobierno autocrático y de los privilegios del sector burocrático dentro del estado. Así, el único partido político existente se convierte en herramienta exclusiva del grupo gobernante.

Hasta hace poco se consideraba que el "aislador", es decir, la cárcel, era el castigo más severo después de la pena de muerte. Los internados en los aisladores políticos a partir de 1928 son en su mayoría ex mili­tantes del partido gobernante que, sin haber violado la disciplina, mantienen una posición critica respecto del grupo gobernante o de la persona de Stalin. Sin embargo, los últimos acontecimientos revelan que debido a la capacidad limitada y al elevado costo de mantenimiento de los aisladores, están siendo rempla­zados por campos de concentración, donde los presos viven en condiciones físicas y morales infrahumanas. Actualmente hay campos de concentración diseminados por toda la periferia del país, y su estructura imita la de los campos de la Alemania hitlerista. Para los presos, el traslado del aislador al campo de concentración equivale a una condena a muerte lenta. Por con­siguiente, en los últimos meses, los presos políticos de la Unión Soviética han realizado numerosas huelgas de hambre para exigir el retorno a la prisión. La huelga de hambre, considerada universalmente como el últi­mo acto de desesperación, se ha vuelto el método más corriente entre los presos políticos.

Con base en las noticias publicadas por la prensa so­viética oficial, en los últimos nueve meses han sido ex­pulsados más de trescientos mil, quizás medio millón, de militantes del PC, y este tipo de "purga partidaria" se desarrolla constantemente. La mayoría de los expul­sados son luego arrestados: algunos van a los campos de concentración y otros al exilio. Pravda, el órgano de Stalin, publica en su edición del 15 de marzo una direc­tiva que prohibe a las autoridades locales dar trabajo a los opositores políticos. Dado que el único empleador es el estado, este decreto condena a las víctimas a la muerte por hambre. Cientos de miserables aldeas re­motas de Siberia y de Asia Central están pobladas por decenas de miles de ex miembros del Partido Bol­chevique, que viven como los parias de la India. Una sola palabra de protesta, un pedido de trabajo basta para enviarlos a los campos de concentración y a los peores trabajos forzados. Además, los que sobreviven a la cárcel o al exilio reciben el llamado "pasaporte del lobo", un documento de identidad en virtud del cual el poseedor queda fuera de la ley. Nadie puede alojarlo, está condenado a vivir como un vagabundo sin hogar. El objeto de tales medidas es quebrar la moral de esta gente, obligarlas a aceptar las posiciones oficiales o, por lo menos, obligarlas a fingir, mediante declaracio­nes públicas, que concuerdan con la política del poder dominante. La burocracia emplea estos métodos con la esperanza de que, tras la introducción del "sufragio universal y secreto", podrá ahogar hasta la ultima chispa de pensamiento crítico en el país y asegurar así la imposición de ese tipo de plebiscitos que nos muestra la historia contemporánea de Alemania.

Si se quiere ilustrar este cuadro general mediante ejemplos individuales, la única dificultad reside en escoger algunos casos entre los muchísimos que exis­ten. Los siguientes ejemplos son recientes y provienen de fuentes dignas de toda confianza.

En enero pasado murió en Siberia E.B. Solntsev, a la edad de treinta y seis años. Era uno de los exponen­tes más brillantes de la joven generación soviética, un economista de gran erudición. Trabajó durante dos años con la Amtorg [Organización Comercial Soviética] en Estados Unidos, pero al volver en 1928 fue acusa­do de "trotskista" y arrestado. Cumplida su sentencia de tres años en la cárcel de Verjne-Uralsk, se le agre­garon dos años de condena, sin que se presentaran nuevos cargos. Después de cinco años en el aislador fue enviado al exilio en Siberia, mientras su esposa y su familia eran exiliados a otro lugar. Este procedi­miento es de aplicación común para los presos políticos, a pesar de la línea oficial de "defensa de la familia". Aunque Solntsev no tenía la menor posibilidad de hacer trabajo político en el yermo siberiano, fue arrestado nuevamente en 1935 y condenado, sin cargos, a cinco años adicionales de cárcel. Solntsev se declaró en huelga de hambre a muerte, señalando así su intención de suicidarse. Después de dieciocho días de huelga, las autoridades le comunicaron que no lo trasladarían a la cárcel, sino a otro lugar de exilio. Pero en el cami­no, en una de las estaciones intermedias, contrajo una enfermedad infecciosa leve y, debido a su de­bilidad, falleció.

Otros dos destacados representantes de la joven generación, Dingelstedt y Iakovin, están sufriendo la misma suerte[2]. Ya han cumplido siete años de cárcel y es difícil que las actuales autoridades los pongan en libertad.

Lado Dumbadze es uno de los bolcheviques más viejos; a principios de siglo montó la imprenta clandes­tina en el Cáucaso; luego participo en la Revolución de Octubre, gozando de la estima de Lenin. Era un hombre extremadamente modesto y sacrificado. Desde 1928 pasó de la cárcel al exilio y del exilio a la cárcel. Los sufrimientos y privaciones le han provocado pará­lisis de ambos brazos. El viejo no puede vestirse ni escribir. No obstante, la venganza burocrática decre­tó su traslado al exilio desde el hospital de la prisión, condenándolo a una muerte segura.

La señora A.L. Bronstein, de más de sesenta años de edad, tras cuarenta años de militancia en el partido, ha sido separada de sus nietos, a quienes cuidaba, y trasladada desde Leningrado a una aldea de Siberia, donde no encuentra trabajo ni alimentos[3].

Si contara con suficiente espacio podría relatar la trágica suerte de la familia Eltsin, del anciano padre y sus dos hijos, enviados a la prisión y luego al exilio, donde uno de los hijos acaba de morir; la trágica suerte del marinero Pankratov, cuya esposa fue enviada re­cientemente a Siberia porque se negó a divorciarse de su marido, encarcelado en un aislador; el caso Mijail Bodrov, heroico obrero moscovita, trasladado recientemente del aislador a un campo de concentra­ción; y decenas y centenares de otros casos.

Permítaseme mencionar la persecución al sastre Lajovitski, cuyos parientes viven en Estados Unidos. Tras negársele toda oportunidad de trabajar, este obrero ha sido trasladado de un lugar a otro y se en­cuentra en la miseria más absoluta. Su esposa, obrera, fue despedida de la fábrica por negarse al divorcio.

Los exiliados no pueden mantener correspondencia entre sí, ni con su familia. A su vez, las familias que se mantienen en contacto con parientes exiliados son per­seguidas. Los envíos de dinero o mercancías del exte­rior no son entregados a los miembros de la Oposición. La GPU los confisca sin dar aviso al remitente ni al destinatario. El exiliado es trasladado a otro lugar aun más remoto para que los que están en el extranje­ro pierdan todo rastro de él.

Incluso la ayuda mutua entre exiliados es conside­rada criminal. Un ejemplo reciente, la señora M. M. Joffe, viuda del famoso diplomático soviético, falle­cido embajador en Roma, Tokio, etcétera, tras muchos años de exilio ha sido trasladada al extremo norte de Siberia por querer ayudar a sus amigos aliviando sus sufrimientos. Se la acusa de crear la Cruz Roja de la oposición. Su hijo murió como resultado de las privaciones físicas del exilio. Para completar el trágico cua­dro del destino de esta familia, recordemos que, ante la persecución implacable, A. Joffe se suicidó en 1928[4].

Hace un par de semanas, Victor Serge salió al ex­tranjero con su familia[5]. Es mitad ruso, mitad belga, un talentoso escritor francés que a partir de 1928, como militante de la Oposición en la Unión Soviética, fue sometido a persecuciones y calumnias tan inconce­bibles que su esposa sufrió un profundo desequilibrio mental. El gobierno de Moscú se vio obligado a depor­tarlo, sólo porque la prensa europea difundió ampliamente la suerte terrible de esta familia y porque Victor Serge es muy conocido en el mundo literario francés y belga.

Debo agregar que en el aislador de Solovietski (quizás también en otros) están encarcelados numero­sos comunistas extranjeros de Oposición: húngaros, búlgaros, rumanos, polacos y, en general, de aquellas nacionalidades cuyos gobiernos difícilmente puedan protestar. La GPU simplemente condena a los militan­tes extranjeros de la Oposición como "espías". Con este método, la dirección moscovita de la Comintern elimina a los elementos que caen en desgracia por plan­tear criticas o quejas.

Es evidente que soy plenamente consciente de la gravedad de mis afirmaciones, y que asumo plena res­ponsabilidad política y moral por las mismas. Sugiero que se forme una comisión internacional imparcial in­tegradas por personas que gocen de la confianza gene­ral, particularmente la de las organizaciones obreras, para investigar estos casos in situ y aclarar el proble­ma de una vez por todas. En todos los países existen sociedades de "Amigos de la Unión Soviética". Si son verdaderamente amigos del pueblo soviético, y no de la camarilla burocrática gobernante, tienen el deber de elevar su voz junto con la nuestra, para exigir la forma­ción de esa comisión y poner fin a estos horribles actos de persecución y de revanchismo político.



[1] Persecución política en la URSS. Documentos y Análisis: I,"Acerca del poder estatal soviético, 1934-38. Obras escogidas del exilio", por León Trotsky; lleva el rótulo "reproducido de Controversy".

[2] F.N. Dingelstedt: dirigente de la Oposición de Izquierda en Leningrado. Fue arrestado y exiliado a Siberia en 1927.

[3] Alexandra Sokolovskaia Bronstein: primera esposa de Trotsky y madre de sus dos hijas, militaba en la Oposición de Izquierda. Fue arrestada en 1935 y exiliada a Siberia.

[4] Adolf Joffe (1883-1927): uno de los mejores diplomáticos soviéticos después de la Revolución de Octubre. Fue militante de la Oposición de Izquierda. Enfermo, se le negó el tratamiento médico necesario y se sui­cidó. Dejó una carta para Trotsky que se hizo famosa. Se reproducen algunos pasajes en Leon Trotsky, the Man and his Work (Merit Pu­blishers, 1969). Maria Joffe, su viuda, pudo salir de la URSS en 1975, después de veintisiete años en los campos de concentración y en el exilio.

[5] Victor Serge (1890-1947): anarquista en su juventud. Después de la Revolución Bolchevique se radicó en la Unión Soviética y trabajó para la Comintern. Militante de la Oposición, fue arrestado, puesto en libertad en 1928 y arrestado nuevamente en 1933. Una campaña de intelectuales franceses obtuvo su libertad y pudo salir de la URSS en 1936. Rompió con el MCI por diferencias políticas. Escribió varias obras históricas importantes, entre ellas The Year One of the Russian Revolution (Holt, Rine­hart & Winston, 1972) y From Lenin to Stalin (Pathfinder Press, 1973).



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