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Rusia y el proletariado mundial[1]

 

 

14 de septiembre de 1935

 

 

 

Por fin tenemos la resolución del informe de Dimitrov sobre el fascismo. Es tan verborrágica y ambigua como el propio informe. Aquí nos ocuparemos tan sólo de la primera oración del primer párrafo de la resolu­ción, que ocupa apenas doce líneas de l’Humanité pero que a la vez constituye la piedra fundamental de toda la estructura teórica y estratégica de la autotitulada Internacional Comunista.

Veamos esta piedra fundamental un poco más de cerca. Citamos la primera oración textualmente "La victoria final e irrevocable del socialismo en el país de los soviets, victoria de importancia histórica mundial, ha aumentado enormemente el poder y la importancia de la Unión Soviética como baluarte de los explotados y oprimidos del mundo entero, y ha inspirado a los obre­ros en su lucha contra la explotación capitalista, la reac­ción burguesa y el fascismo, y por la paz, la libertad y la independencia de los pueblos."

Las afirmaciones contenidas en esta oración, por categóricas que parezcan, son falsas hasta la médula. ¿Qué significa "victoria final e irrevocable del socialis­mo en el país de los soviets"? Ningún teórico oficial ha tratado de explicárnosla. La resolución no da el menor indicio de los criterios que la fundamentan. Por eso, de­bemos recordar una vez más el abecé del marxismo. Sólo habrá victoria del socialismo, sobre todo victoria "final e irrevocable" cuando el nivel de productividad media de cada miembro de la sociedad socialista supe­re, incluso ampliamente, el del obrero capitalista. Ni el teórico más audaz de la Comintern se atreverá a decir que ésa sea la situación de la URSS. En un futuro cercano esperamos demostrar a través de estadísticas que la Unión Soviética se encuentra muy atrasada en el rubro ingresos, tanto nacionales como individuales. La tarea que tenemos entre manos no requiere esa demos­tración. El sólo echo de que el gobierno soviético deba aferrarse al monopolio del comercio exterior confirma con largueza el atraso de la economía soviética, a pesar de los éxitos obtenidos. Porque si los costos de produc­ción internos fueran inferiores a los del capitalismo, el monopolio del comercio exterior sería superfluo. La reciente reforma del comercio exterior, que muchos observadores excesivamente superficiales interpretan como eliminación del monopolio del comercio exterior, en realidad no es más que una reforma técnico-burocrá­tica, que en nada afecta los cimientos del monopolio. Por otra parte, dado que la burocracia soviética se ha asentado en los medios de producción nacionalizados a partir del plan quinquenal y de la colectivización y que el producto soviético todavía es mucho más caro que el capitalista, sus propios intereses no le permiten aban­donar el monopolio del comercio exterior. Este hecho decisivo -la baja productividad de la fuerza de trabajo en la Unión Soviética- nos da la clave para penetrar y aclarar todos los misterios.

Si el ingreso nacional per capita de la URSS se acer­cara al de los Estados Unidos de América y si la buro­cracia no fuera un despilfarrador improductivo y un consumidor parasitario de un trozo tan grande del mismo, el nivel de vida de la población sería incomparablemente más elevado que el de los países capitalistas, incluido Estados Unidos. Pero la situación de ninguna manera es ésa. El campesino ruso, es decir, la gran masa de la población, vive sumida en gran pobreza. Ni siquiera el sector mayoritario del proletariado industrial ha alcanzado el nivel europeo, por no hablar del norteamericano. Naturalmente, la afirmación franca de este hecho en nada afecta al modo de producción socia­lista, porque en el caso del capitalismo se trata de un sistema en descomposición, mientras que el socialismo es incipiente. Sin embargo, no debemos limitarnos a las tendencias generales del proceso, sino que debemos ca­racterizar con toda precisión la etapa alcanzada, para no perdernos en perogrulladas carentes de significado.

Si la sociedad socialista asegurara a sus miembros un bienestar a medias, con la perspectiva de un mejoramiento ininterrumpido de la situación de cada uno, los problemas candentes de la vida individual empezarían a desaparecer; la codicia, la ansiedad y la envidia se convertirían en restos cada vez más raros de la vieja situación; la solidaridad económica dejaría de ser un principio para convertirse en costumbre cotidiana. Re­sulta casi innecesario demostrar que no es así: la crea­ción de una aristocracia obrera semiprivilegiada bajo la burocracia soviética plenamente privilegiada; los intentos de traducir todas las relaciones interpersonales al idioma del dinero; las severísimas leyes de protec­ción de la propiedad estatal; y por último, la bárbara ley contra los niños "criminales", demuestran en forma clarísima e incontrovertible que el socialismo dista de estar asegurado de manera "irrevocable" precisamen­te en el terreno decisivo para el socialismo: la concien­cia del pueblo.

Si -como osa afirmar la resolución-, el socialismo ha triunfado en forma "final e irrevocable", ¿por qué existe todavía la dictadura política? Más aun, ¿por qué se cristaliza día a día en un régimen burocrático-­bonapartista intolerablemente duro, arbitrario y corrupto? Un socialismo asegurado e "irrevocablemente" enraizado no puede necesitar una burocracia omnipo­tente dominada por un gobernante absoluto: después de todo, la dictadura no es sino un medio estatal para mantener y proteger los cimientos amenazados, no asegurados del estado socialista. El osado intento de muchos "teóricos" de referirse a los peligros externos es demasiado absurdo como para ser tomado en serio. Una sociedad cuya estructura socialista ya está asegu­rada, cuyas relaciones internas se asientan en la soli­daridad de la abrumadora mayoría de sus masas, no requiere una dictadura interna para protegerse de sus enemigos externos, sino sólo un aparato técnico-militar, al igual que requiere un aparato técnico-econó­mico para garantizar su bienestar.

Asimismo, el miedo a la guerra en que vive la buro­cracia soviética, factor que determina toda su política internacional, sólo se explica por el hecho de que la construcción socialista en que se basa la burocracia soviética dista de estar garantizada desde el punto de vista histórico. La lucha del estado obrero contra el capitalismo que lo acecha es -al menos, debería ser- parte integrante de la lucha de clases de la clase obrera internacional. Por lo tanto, la guerra tiene -al menos, debería tener- para el estado obrero la misma tras­cendencia que la revolución tiene para el proletariado de los países capitalistas. Por supuesto que nos opone­mos a cualquier revolución "prematura", provocada artificialmente, porque una relación de fuerzas desfa­vorables sólo podría conducirla a la derrota. Lo propio puede decirse de la guerra. El estado obrero sólo debe evitarla si es "prematura", es decir, si el socialismo no está asegurado definitiva e irrevocablemente. La posi­ción en boga de que el socialismo está asegurado inter­namente, pero que puede ser aplastado mediante la fuerza militar, no tiene sentido: ninguna medida militar puede derrocar a un sistema económico que logra mayor productividad del trabajo humano. La derrota de Napoleón a manos de la coalición europea semifeudal no provocó la destrucción del desarrollo capita­lista en Francia, sino su aceleración en el resto de Europa. La historia enseña que cuando los vencedores están situados en un plano económico y cultural infe­rior al de los vencidos, toman la tecnología, las relacio­nes sociales y la cultura de éstos. El gran peligro para el socialismo soviético no radica en la fuerza militar en sí, sino en las mercancías baratas que vendrían a la zaga de los ejércitos victoriosos del capital. Por otra parte, si el socialismo realmente estuviera asegurado en la Unión Soviética según los criterios mencionados anteriormente, es decir, si poseyera tecnología, pro­ductividad, bienestar general de toda la población más elevados, no cabría hablar siquiera de una victoria militar de los estados capitalistas, desgarrados por sus conflictos internos, sobre la Unión Soviética.

Vemos entonces que la afirmación más importante del Séptimo Congreso, la única realmente decisiva, es falsa hasta la médula. Los marxistas revolucionarios hubieran dicho: los éxitos técnicos de la URSS son muy importantes; los éxitos económicos están rezagados en relación con aquéllos. Se tardará muchos años en lograr siquiera el "bienestar" imperante en los países capitalistas adelantados y reeducar a la población; eso sin tener en cuenta las contradicciones internas y el papel cada vez más destructivo de la burocracia so­viética, dos factores capaces por sí solos de destruir las conquistas sociales aun no aseguradas. La descom­posición del capitalismo, el avance del fascismo, el pe­ligro creciente de guerra: todos estos procesos son mu­cho más veloces que la construcción del socialismo en la URSS. Hay que ser un falsario obtuso o un burócrata mojigato para afirmar que esta forma franca y honesta de plantear la cuestión ahogará el "entusiasmo" de la clase obrera internacional. El entusiasmo revolucio­nario no se puede alimentar permanentemente con mentiras. Pero la mentira es la viga principal del sis­tema estratégico de la Comintern.

El socialismo quedará asegurado irrevocablemente en la URSS, en la sexta parte de la superficie del pla­neta, sólo si el proletariado mundial ayuda a que se deje en paz al estado soviético. Por eso la consigna no es preparar la revolución mundial sino asegurar la paz. De ahí la alianza con los "amigos de la paz", la susti­tución de la lucha de clases por la colaboración de cla­ses, la creación del Frente Popular con el Partido Radi­cal del capital financiero, etcétera, etcétera. Ninguno de estos medios sirve por sí solo para prolongar la paz, mucho menos para asegurarla. No obstante, todo el programa de paz de la Comintern se basa en forma es­tratégica en la premisa de un socialismo internamente "asegurado". El Séptimo Congreso apuesta su vida a favor de esta premisa que, como vimos más arriba, es rotundamente falsa.



[1] Rusia y el proletariado mundial. New International, octubre de 1935.



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