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Sectarismo, centrismo y la Cuarta Internacional[1]

 

 

22 de octubre de 1935

 

 

 

Sería absurdo negar la existencia de tendencias sec­tarias en nuestro seno. Las discusiones y escisiones las han puesto al desnudo. ¿Cómo podría dejar de haber un elemento de sectarismo en un movimiento ideológico irreconciliablemente opuesto a todas las or­ganizaciones dominantes en la clase obrera, sometido a persecuciones monstruosas y sin precedentes en el mundo entero?

Los reformistas y centristas aprovechan cualquier ocasión para poner el dedo en la llaga de nuestro "sec­tarismo". En general, no se refieren a nuestro flanco débil, sino al más fuerte: nuestra seriedad teórica; nuestro intento por analizar a fondo toda situación política y presentar consignas claras; nuestra hostilidad ha­cia las decisiones "fáciles" y "cómodas", que evitan los dolores de cabeza de hoy y preparan las catástrofes del mañana. En labios de un oportunista, la acusación de sectarismo es, en la mayoría de los casos, un cum­plido.

Por curioso que parezca, los que nos acusan de sec­tarios no son sólo los reformistas y centristas, sino tam­bién adversarios de "izquierda", los sectarios desta­cados que bien podrían servir de muestra en un museo. Su descontento con nosotros radica en que somos implacables con ellos, en que tratamos de purgarnos de las enfermedades infantiles del sectarismo y de elevar­nos a un nivel superior.

Un pensador superficial podría creer que los términos sectarismo, centrismo, etcétera, son sólo expre­siones polémicas que los adversarios emplean por ca­recer de epítetos más apropiados. Sin embargo, los conceptos de centrismo y de sectarismo tienen signi­ficados precisos en el léxico marxista. El marxismo des­cubrió las leyes que gobiernan a la sociedad capitalista y elaboró un programa científico basado en las mismas. ¡Es una conquista colosal! Sin embargo, no basta elaborar un programa correcto. Es necesario que la clase obrera lo acepte. Pero el sectario, por su propia natura­leza, se detiene una vez cumplida la primera mitad de la tarea. En lugar de participar activamente en la ver­dadera lucha de las masas obreras, plantea abstrac­ciones propagandísticas tomadas de un programa mar­xista.

Todo partido obrero, toda fracción atraviesa en sus etapas iníciales, un período de propaganda pura, es decir, de educación de sus cuadros. El período de existencia como círculo marxista le inculca inevitable­mente el hábito de enfocar los problemas del movi­miento obrero en forma abstracta. Quien no es capaz de trascender oportunamente los límites de esta exis­tencia limitada se trasforma en un sectario conserva­dor. Para el sectario, la vida social es una gran escuela y él su profesor. Opina que la clase obrera debería dejar de lado las cuestiones de poca importancia y agruparse alrededor de su tribuna profesoral. Así se realizaría la tarea.

Aunque nombre a Marx en cada frase, el sectario es la negación directa del materialismo dialéctico, que siempre toma la experiencia como punto de partida para luego volver a ella. El sectario no comprende la acción y reacción dialéctica entre un programa acabado y la lucha viva -es decir, imperfecta y no acabada- de las masas. El método intelectual del sectario es el del racionalista, el formalista, el iluminista. En cierta etapa del proceso el racionalismo es progresivo, apun­tando sus críticas contra las creencias y supersticiones ciegas (¡el siglo XVIII!). Todo gran movimiento emancipador repite la etapa progresiva del racionalismo. Pero el racionalismo (propagandismo abstracto) se vuelve un factor reaccionario cuando se dirige contra la dialéctica. El sectarismo es enemigo de la dialéctica (no en palabras, pero sí en la acción) porque le vuelve la espalda al verdadero proceso que vive la clase obrera.

El sectario vive en un mundo de fórmulas prefabri­cadas. En general, la vida pasa a su lado sin que se percate de su presencia, pero de tanto en tanto le da un golpecito que lo hace girar ciento ochenta grados sobre su propio eje; luego, sigue su camino... en la dirección contraria. Su discrepancia con la realidad lo obliga constantemente a precisar sus fórmulas. A esto lo llama discusión. Para el marxista, la discusión es un arma importante, pero funcional, de la lucha de clases. Para el sectario, la discusión es un fin en sí mismo. Sin embargo, cuanto más discute, menos comprende las tareas verdaderas. Es como un hombre que sacia su sed con agua salada: cuanto más bebe, más aumenta su sed. De ahí su irritación constante. ¿Quién puso la sal en su vaso? Los "capituladores" del Secretariado Internacional, claro esta. Para el sectario, todo aquél que trata de explicarle que la participación activa en el movimiento obrero exige el estudio permanente de la situación objetiva en lugar de los consejos altaneros pronunciados desde la tribuna profesoral sectaria, es un enemigo. En lugar de dedicarse a analizar la reali­dad, el sectario se dedica a las intrigas, rumores e histeria.

En un sentido, el centrismo se opone por el vérti­ce al sectarismo: aborrece las formulaciones precisas, trata de encontrar caminos hacia la realidad por fuera de la teoría. Pero, a pesar de la famosa fórmula de Stalin, las "antípodas" muchas veces resultan ser... "gemelos".[2] Una fórmula separada de la vida carece de contenido. No se puede aprehender la realidad viva sin teoría. Así vemos que los dos, el sectario y el cen­trista, se van con las manos vacías y se unen... en su odio contra el marxista auténtico.

Cuántas veces nos hemos encontrado con un cen­trista complacido que se autotitula "realista", simple­mente porque se lanza a nadar sin ningún bagaje ideológico y se deja llevar por cualquier corriente pa­sajera. Es incapaz de comprender que para el nadador revolucionario los principios no son un peso muerto, sino un salvavidas. El sectario, por su parte, generalmente no quiere nadar para evitar que se mojen sus principios. Se sienta en la orilla y pronuncia conferen­cias moralizantes ante el torrente de la lucha de clases. Pero, de tanto en tanto, un sectario desesperado se arroja de cabeza al agua, se aferra al centrista, y ambos se ahogan. Así fue; así será siempre.

En esta época de desintegración y dispersión en­contramos en los distintos países más de un círculo que ha adquirido un programa marxista, generalmente tomado de los bolcheviques, y luego ha osificado en mayor o menor medida su bagaje ideológico.

Veamos, por ejemplo, el espécimen más típico: el grupo belga dirigido por el camarada Vereecken. Spartacus, el órgano de este grupo, anunció el 10 de agosto su adhesión a la Cuarta Internacional. Este anuncio fue una buena noticia. Pero, al mismo tiempo, es necesario decir que la Cuarta Internacional estaría condenada a muerte sí hiciera concesiones a las ten­dencias sectarias.

En su momento, Vereecken se opuso enconadamente al entrismo de la Liga Comunista francesa en el Partido Socialista francés. Esto no es un crimen: se trataba de un problema nuevo, un paso arriesgado y las diferencias eran enteramente lícitas. En cierto sen­tido, las exageraciones de la lucha ideológica también eran lícitas o, al menos, inevitables. Vereecken vaticinó la ruina inexorable de la organización internacional bol­chevique-leninista como resultado de su "disolución" en la Segunda Internacional. Le aconsejaríamos a Vereecken que volviera a publicar en Spartacus sus do­cumentos proféticos de ayer. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que en su última declaración Spartacus se­ñala en forma ambigua que la sección francesa se mantuvo fiel a los principios "en buena, inclusive podríamos decir que en gran medida". Sí Vereecken actuara como político marxista, nos diría clara y concretamente en qué se desvió la sección francesa de sus principios y hubiera respondido directa y francamente a la pre­gunta: ¿quién tuvo razón, los partidarios o los adver­sarios del entrismo?

La actitud de Vereecken hacia nuestra sección bel­ga, que entró en el Partido Laborista [POB] reformista, es aun más errónea. En lugar de estudiar las experiencias derivadas del trabajo bajo nuevas condi­ciones, y de criticar las medidas adoptadas si se lo me­recen, Vereecken se queja de las condiciones en que se realizó la discusión en la cual fue derrotado. La dis­cusión, vean ustedes, fue incompleta, inadecuada y desleal: el agua salada no calmó la sed de Vereecken. ¡No existe un "auténtico" centralismo democrático en la Liga Comunista Internacional! En relación con los adversarios del entrismo, la Liga se mostró... "sec­taria".

Es evidente que la concepción del camarada Ve­reecken del sectarismo no es marxista, sino liberal: en esto se acerca a los centristas. No es cierto que la dis­cusión fue inadecuada; duró varios meses y se desa­rrolló oralmente y a través de la prensa y, para colmo, a nivel internacional. Cuando Vereecken fracasó en su intento de convencer a los demás de que quedarse quieto y perder el tiempo es la mejor política revolucio­naria, se negó a respetar las decisiones de las organi­zaciones nacionales e internacionales. Más de una vez los representantes de la mayoría le dijeron a Vereecken que si la experiencia demostraba que la medida resul­taba incorrecta, la corregiríamos juntos. ¿Es concebible que después de doce años de lucha de los bolcheviques-leninistas no se tenga la suficiente confianza en la or­ganización como para mantener la disciplina en la ac­ción, aun existiendo diferencias tácticas? Vereecken hizo caso omiso de los argumentos fraternales y conciliadores. Cuando la mayoría de la sección belga ingre­só al Partido Laborista, el grupo Vereecken se encon­tró, lógicamente, fuera de nuestras filas. La culpa de ello recae sobre el propio grupo.

Volviendo al eje del problema, el sectarismo del camarada Vereecken resalta con todo su grosero dog­matismo. ¡Cómo!, grito Vereecken, indignado: ¡Lenin habló de romper con los reformistas, pero los bolchevi­ques-leninistas belgas ingresan a un partido reformis­ta! Pero Lenin consideraba la ruptura con los reformis­tas como consecuencia inevitable de la lucha contra ellos, no como un acto de salvación independiente de tiempo y lugar. No pidió la ruptura con los socialpatrio­tas para salvar su alma, sino para que las masas rom­pieran con el socialpatriotismo. En Bélgica, los sindica­tos están fusionados con el Partido Laborista Belga; el partido belga es esencialmente el movimiento obrero organizado.

Es cierto que el entrismo de los revolucionarios en el Partido Laborista Belga no sólo abrió posibilida­des, sino que también impuso restricciones. Para pro­pagandizar las ideas marxistas es necesario tener en cuenta, no sólo la legalidad que otorga el estado bur­gués, sino también la legalidad existente en el partido reformista (legalidades que, añadimos, coinciden en gran medida). En términos generales, la adaptación a una "legalidad" extraña involucra indudablemente un elemento de peligro. Pero eso no les impidió a los bol­cheviques utilizar la propia legalidad zarista: durante muchos años, los bolcheviques, en asambleas sindica­les y en la prensa legal, debieron abandonar el nombre de socialdemócratas y usar el de "demócratas conse­cuentes". Es verdad que no salieron totalmente impu­nes: el bolchevismo atrajo una serie de individuos que eran demócratas más o menos consecuentes, mas de ninguna manera socialistas internacionalistas; sin em­bargo, combinando el trabajo legal con el ilegal, el bol­chevismo superó las dificultades.

Por supuesto que la "legalidad" de Vandervelde, de De Man, de Spaalt y de otros lacayos de la pluto­cracia belga le impone restricciones muy pesadas a los marxistas y, por consiguiente, crea peligros. Pero los marxistas que todavía no poseen las fuerzas suficientes para crear su propio partido, tienen métodos propios para combatir los peligros del cautiverio reformista: un programa claro, vínculos fraccionales constantes, crítica internacional, etcétera. Sólo se puede juzgar correctamente la actividad del ala revolucionaria de un partido reformista evaluando la dinámica de su desa­rrollo. Vereecken no lo hace en el caso de la fracción ASR, ni en el del grupo Verité. Si lo hubiera hecho, ten­dría que reconocer que ASR realizó progresos impor­tantes en el último período. Todavía no se puede vatici­nar el balance final. Pero la experiencia ya justifica el entrismo en el Partido Laborista Belga.

Vereecken extiende y generaliza su error al afirmar que la existencia de grupos pequeños y aislados que rompieron con nuestra organización internacional en distintos momentos, es la prueba de nuestros métodos sectarios. Al decir eso, vuelve las relaciones patas para arriba. La verdad es que en las etapas iniciales, en las filas de los bolcheviques-leninistas ingresó un buen nú­mero de elementos anarquizantes e individualistas, generalmente incapaces de respetar la disciplina organizativa; también alguno que otro incompetente, in­capaz de hacer carrera en la Comintern. Para estos ele­mentos, la lucha contra el "burocratismo" consistía más o menos en lo siguiente: jamás se deben tomar de­cisiones; la "discusión" debe ser la ocupación perma­nente. Podemos decir con toda justificación que los bolcheviques-leninistas fueron muy pacientes -quizás excesivamente pacientes- con tales individuos y gru­púsculos. Cuando pudimos consolidar un núcleo inter­nacional que ayudara a las secciones nacionales a pur­gar sus filas del sabotaje interno, sólo entonces nuestra organización internacional empezó a crecer sistemáti­camente.

Veamos algunos ejemplos de grupos que rompieron con nuestra organización internacional en determinadas etapas de su desarrollo.

El periódico francés Que faire? [¿Qué hacer?] es un ejemplo ilustrativo de combinación de sectarismo con eclecticismo.[3] Con respecto a los problemas más importantes, este periódico difunde las posiciones de los bolcheviques-leninistas, cambiando un par de comas y criticándonos severamente. Al mismo tiempo, con el pretexto de la discusión y de la "defensa de la URSS", permite que prosiga con impunidad una de­fensa de la basura social-patriota. Los propios internacionalistas de Que faire? son incapaces de expli­car cómo y por qué coexisten pacíficamente con los social-patriotas después de romper con los bolchevi­ques. Pero resulta claro que, con semejante eclecti­cismo, Que faire? es el menos capaz de responder a la pregunta: ¿qué hacer? (que faire?).

Los "internacionalistas" y los social-patriotas es­tán de acuerdo alrededor de una cuestión: ¡abajo la Cuarta Internacional! ¿Por qué? Porque no hay que "romper" con los obreros comunistas. El SAP utiliza el mismo argumento: no romper con los obreros socialdemócratas. Es un nuevo ejemplo de antípodas que re­sultan ser gemelos. Lo curioso es que Que faire? no está -y por su propia naturaleza no puede estar- ligado a ningún obrero.

Es menos lo que podemos decir sobre grupos como Internationale o Proletaire.[4] También recogen sus posiciones de La Verité y le agregan algunas improvisaciones críticas. No tienen la menor perspectiva de crecimiento revolucionario, pero se las arreglan para subsistir sin perspectivas. En vez de intentar aprender dentro de una organización más seria (aprender es difícil), estos pretensiosos "dirigentes" que odian la disciplina quieren enseñarle a la clase obrera (lo cual les parece más fácil). Cuando reflexionan seriamente, ellos mismos deben comprender que su mera existencia como organizaciones "independientes" es un malen­tendido, nada más.

En Estados Unidos podríamos mencionar a los gru­pos de Field y de Weisbord.[5] Por toda su fisonomía política, Field es un radical burgués que adoptó las posiciones económicas del marxismo. Para ser un revolu­cionario, Field debería haber militado durante algunos años como soldado disciplinado de una organización proletaria revolucionaria; pero resolvió crear "su pro­pio" movimiento obrero. Tomando una posición a nues­tra "izquierda" (¿dónde, si no?) Field estableció rela­ciones fraternales con el SAP. Como vemos, el acciden­te que sufrió Bauer no fue casual en absoluto. El anhelo de ubicarse a la izquierda del marxismo conduce inevi­tablemente al pantano centrista.

Indudablemente, Weisbord se acerca más que Field al tipo revolucionario. Pero, al mismo tiempo, es el más puro ejemplo de sectario. Es absolutamente incapaz de mantener las proporciones, sea en las ideas o en la acción. Convierte todos los principios en caricaturas sectarias. Por eso, en sus manos hasta las ideas justas se convierten en instrumentos para desorganizar sus propias filas.

No es necesario que nos explayemos sobre grupos similares de otros países. No se separaron de nosotros porque somos intolerantes o intolerables, sino porque no quisieron ni pudieron avanzar. A partir de su es­cisión sólo pudieron demostrar impotencia. No hubo una sola instancia en que sus intentos de unificarse a escala nacional o internacional produjera resultados positivos: la característica del sectarismo es el poder de repulsión, no el de atracción.

Cierto individuo excéntrico calculó la cantidad de "escisiones" que hemos tenido y sumó unas veinte. Para él fue una prueba incontrovertible de lo pésimo que es nuestro régimen. Lo cómico es que el propio SAP, que publicó estas estadísticas como alarde de triunfo, en los pocos años de su existencia ha sufrido más escisiones que todas nuestras secciones juntas. Tomado en forma aislada, este hecho no significa nada. Lo importante no son las estadísticas sobre escisiones, sino la dialéctica del desarrollo. A pesar de todas sus escisiones, el SAP es una organización extremadamen­te heterogénea que será incapaz de resistir el primer ataque arrollador de los grandes acontecimientos. El mismo fenómeno, aunque en mayor medida, es tí­pico del "Buró de Londres para la Unidad Socialista Revolucionaria", desgarrado internamente por contradicciones irreconciliables: en su porvenir no hay "uni­dad" alguna, sólo rupturas. Mientras tanto, la organización de los bolcheviques-leninistas, tras purgarse de tendencias sectarias y centristas, no sólo engrosó sus filas y fortaleció sus vínculos internacionales, sino que también se fusionó con organizaciones de espíritu afín (Holanda, Estados Unidos). Los intentos de destruir al partido holandés (¡desde la derecha, a través de Molenaar!)[6] y al partido norteamericano (¡desde la izquierda, a través de Bauer!) sólo sirvieron para consolidar internamente estos dos partidos. Podemos va­ticinar con seguridad que, paralelamente con la desin­tegración del Buró de Londres, las organizaciones de la Cuarta Internacional crecerán aun más aceleradamente.

Nadie puede vaticinar hoy cómo se formará la nueva Internacional, por qué etapas atravesará y cual será su destino final. Pero no es necesario hacerlo: los acontecimientos históricos nos lo mostrarán. Sin embargo, es necesario empezar proclamando un programa ade­cuado a las tareas de nuestra época. Sobre la base de este programa debemos movilizar a nuestros correli­gionarios, los pioneros de la nueva Internacional. No hay otro camino.

El Manifiesto Comunista de Marx y Engels, dirigido contra el socialismo utópico-sectario en todas sus varie­dades, señala enérgicamente que los comunistas no se oponen a las movilizaciones obreras reales, sino que participan como vanguardia en las mismas. El Mani­fiesto era a la vez el programa de un partido nuevo, nacional e internacional. Para el sectario, el programa es una receta de salvación. El centrista se gula por la famosa fórmula (en el fondo, carente de significado) de Eduardo Bernstein: "el movimiento es todo; el objetivo final... nada".[7] El marxista toma su programa cientí­fico del movimiento en su conjunto, para aplicarlo des­pués a cada etapa concreta del movimiento.

Los primeros pasos de la nueva Internacional se ven dificultados, por un lado, por las viejas organizaciones y por los grupúsculos escisionistas, y por otro, se ven facilitados por la colosal experiencia del pasado. El proceso de cristalización, que en las primeras etapas es sumamente difícil y sacrificado, adquirirá un ritmo veloz e impetuoso en el futuro. Los últimos aconteci­mientos internacionales poseen una importancia enor­me para la formación de la vanguardia revolucionaria. A su manera, Mussolini -hay que reconocérselo- "ayudó" a la causa de la Cuarta Internacional. Los grandes conflictos barren con todo lo indefinido y ar­tificial y, por otra parte, fortalecen todo lo que es viable. En una guerra sólo dos tendencias tienen cabida en el movimiento obrero: el socialpatriotismo, capaz de cualquier traición, y el internacionalismo revolu­cionario, audaz y dispuesto a continuar hasta el fin. Precisamente por eso los centristas, atemorizados por los acontecimientos que se avecinan, libran una lucha rabiosa contra la Cuarta Internacional. A su manera tienen razón: las únicas organizaciones que sobrevivi­rán a las grandes convulsiones y seguirán desarrollándose, serán las que hayan purgado sus filas del sectarismo y las hayan educado sistemáticamente en el espí­ritu del desprecio por la vacilación y por la cobardía ideológica.



[1] "Sectarismo, centrismo y la Cuarta internacional": New Militant, 4 de enero de 1936.

[2] La famosa formula de Stalin en el "tercer período" decía que la socialdemocracia y el fascismo no son antípodas (opuestos), sino ge­melos.

[3] Trotsky se equivoca respecto de los orígenes de Que faire? (¿Qué hacer?). Se inició en 1934 como un pequeño grupo centrista dentro del PC francés, que publicaba un boletín con ese nombre y abogaba por el frente único con la SFIO. Luego, algunos ex trotskistas como Pierre Rimbert y Kurt Landau se unieron a él. Sus dirigentes principales, como André Ferrat y Georges Kagan fueron expulsados del PC en 1936. Que faire? se convirtió en revista y siguió apareciendo hasta 1939. La mayoría de sus miembros se unieron a la tendencia Bataille Socialiste de la SFIO en 1938, y apoyaron la unidad orgánica.

[4] L’Internationale: periódico de Union Communiste, secta creada en 1933 tras una escisión del PC francés en 1931. La Proletaire d’Avant-Garde era el boletín de un pequeño grupo que rompió con la sección francesa e ingresó ala SFIO en 1934.

[5] B.J. Field: expulsado de la CLI por violar la disciplina partidaria en 1934. Organizó la Liga por un Partido Obrero Revolucionario, que desapareció poco después. Albert Weisbord (n. 1900), expulsado del PC norteamericano en 1929, organizó un pequeño grupo, la Liga de Combate Socialista, que se adhirió a la OII a principios de la década del treinta, aunque su política oscilaba entre las oposiciones de Derecha e izquierda. Rompió con el marxismo y luego fue dirigente de la AFL (la central obrera de Estados Unidos].

[6] Jan Molenaar: ex dirigente del grupo juvenil del OSP, era miembro del Buró Partidario del RSAP y dirigente de su organización juvenil unificada, la RSJV (Liga Juvenil Socialista Revolucionaria). En octubre de 1935 provocó una escisión en la RSJV porque se opuso a que adhiriera a la Carta Abierta por la Cuarta Internacional. La escisión se extendió al RSAP. Molenaar murió en un campo de concentración nazi durante la guerra.

[7] Eduard Bernstein (1850-1932): principal teórico del revisionismo en la socialdemocracia alemana. Sostenía que el marxismo había dejado de ser válido y debía ser "revisado"; el socialismo no sería producto de la lucha de clases y de la revolución, sino de la reforma gradual del capita­lismo por vías parlamentarias. Abogaba por la colaboración de clases.



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