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Sobre los dictadores y las alturas de Oslo[1]

Carta a un camarada inglés

 

 

22 de abril de l936

 

 

 

Estimado camarada:

 

Con gran asombro leí el informe de la conferencia del Partido Laborista Independiente, en el New Leader del 17 de abril de 1936[2]. Jamás abrigué la menor ilu­sión respecto de los parlamentarios pacifistas que con­trolan el ILP. Pero su posición política y su conducta en la conferencia trascienden todos los límites concebi­bles. Estoy seguro de que usted y sus amigos han lle­gado aproximadamente a las mismas conclusiones que nosotros aquí. No obstante, no puedo dejar de formular ciertas observaciones.

1. Maxton y los demás opinan que la guerra ítalo­-etíope es "un conflicto entre dictadores rivales". Diría­se que para estos políticos, esta situación exime al pro­letariado del deber de tomar partido por alguno de los dos. Definen la guerra por la forma política del estado, considerada de manera superficial y puramente des­criptiva, sin tener en cuenta las bases sociales de las "dictaduras". Un dictador puede desempeñar un pa­pel muy progresivo en la historia; por ejemplo, Oliver Cromwell, Robespierre, etcétera[3]. Por su parte, Lloyd George, en medio de la democracia inglesa, ejerció una dictadura sumamente reaccionaria durante la gue­rra. Si un dictador se colocara a la cabeza de la pró­xima insurrección del pueblo hindú contra el yugo bri­tánico, ¿le negaría Maxton su apoyo? ¿Sí o no? Si no, ¿por qué le niega su apoyo al "dictador" etíope que in­tenta sacudirse el yugo italiano?

El triunfo de Mussolini significaría el fortalecimiento del fascismo y del imperialismo y la desmoralización de los pueblos coloniales de Africa y del mundo. En cambio, la victoria del Negus significaría un golpe tremendo, no sólo para el imperialismo italiano, sino también para el imperialismo en su conjunto, y daría un poderoso ímpetu a las fuerzas rebeldes de los pue­blos oprimidos. Se necesita ser ciego para no ver esto.

2. McGovern coloca a la "pobrecita Etiopía" de 1935 en el mismo plano que a la "pobrecita Bélgica" de 1914; en ambos casos, se trata de apoyar una guerra. Pues bien, la "pobrecita Bélgica" posee diez millones de esclavos en Africa, mientras que el pueblo etíope está en lucha para impedir que Italia lo esclavice. Bél­gica fue y es un eslabón en la cadena imperialista euro­pea. Etiopía es una víctima de la avidez imperialista. Poner a ambas en el mismo plano es absolutamente absurdo.

Por otra parte, asumir la defensa de Etiopía contra Italia no significa de ninguna manera que alentamos los propósitos belicistas del imperialismo británico. En una época esto quedó muy bien demostrado en una se­rie de artículos del New Leader. McGovern concluye que la tarea del ILP consiste en "mantenerse al mar­gen de los conflictos entre dictadores", ejemplo clarísimo de la impotencia espiritual y moral del pacifismo.

3. Sin embargo, el hecho más vergonzoso sucedió después de la votación. Cuando la conferencia hubo rechazado la escandalosa moralina pacifista por setenta votos contra cincuenta y siete, el tierno pacifista Max­ton encañonó al congreso con el revólver de un ulti­mátum, forzando una nueva decisión que le resultó fa­vorable por noventa y tres votos contra treinta y nueve. De manera que no existen dictadores únicamente en Roma y en Addis Abeba, sino también en Londres. Y en mi opinión, de los tres dictadores, el más dañino es el que toma por la garganta a su propio partido, en nombre de su prestigio parlamentario y de su confusio­nismo pacifista. Un partido que tolera semejante con­ducta no es un partido revolucionario; porque si aban­dona (o "posterga") sus posiciones principistas res­pecto de un problema de gran importancia y actualidad ante las amenazas de renuncia de Maxton, jamás po­drá soportar la presión infinitamente más fuerte de la burguesía, cuando llegue el momento decisivo.

4. El congreso prohibió, por abrumadora mayoría, la existencia de fracciones en el partido. ¡Muy bien! ¿Pero en nombre de quién planteó Maxton su ultimá­tum al congreso? En nombre del grupo parlamentario, que se considera propietario absoluto de la máquina partidaria y que en realidad representa la única fracción que debió haber sido sancionada por desacatar las decisiones democráticas del partido. Un partido que disuelve las fracciones de oposición, pero permite que la camarilla dominante haga lo que le venga en gana, no es un partido revolucionario y no podrá conducir al proletariado a la victoria.

5. La posición de Fenner Brockway es un claro ejemplo de la insolvencia política y moral del centrismo. Fenner Brockway tuvo la suerte de adoptar una posición correcta, que en lo esencial coincide con la nuestra, respecto de un problema importante. Sin em­bargo, existe una diferencia, y es que los marxistas to­mamos las cosas en serio. En cambio, para Fenner Brockway se trata de algo "circunstancial". Cree que a los obreros británicos les conviene más tener a Maxton como presidente y una posición incorrecta, que tener una posición correcta sin Maxton. Esa es la suerte del centrismo: a lo circunstancial lo toma en serio y lo serio es considerado circunstancial. Por eso el centris­mo jamás debe ser tomado en serio.

6. Respecto de la Internacional se ratificó la vieja confusión, a pesar de la esterilidad de sus perspectivas. En todo caso, no volvió a mencionarse la "invitación" de la Tercera Internacional. Pero para el centrista na­da es serio. Aun cuando reconoce que ya no existe una internacional proletaria, vacila en construir una nueva. ¿Por qué? Porque no tiene principios. Porque no pue­de tenerlos. Porque apenas intenta seriamente aprobar una posición principista respecto de un problema im­portante, de inmediato la derecha le presenta un ulti­mátum y él cede. ¿Cómo puede elaborar un programa revolucionario en esas circunstancias? Entonces expre­sa su impotencia espiritual y moral bajo la forma de profundos aforismos, como que la nueva Internacional debe surgir "del desarrollo de los movimientos socialistas", es decir, del proceso histórico, que debería producir algo algún día. Sin embargo, los caminos de este dudoso aliado son intrincados: inclusive ha reba­jado a la internacional leninista al nivel de la Segunda.

Por eso los revolucionarios proletarios deben tomar su propio camino, esto es, elaborar el programa de la nue­va Internacional y ayudar a implantarlo aprovechando las tendencias favorables del proceso histórico.

7. Tras su lamentable capitulación ante Maxton, Fenner Brockway recuperó su coraje al combatir al autor de estas líneas. Él, Brockway, no puede permitir que se construya una nueva Internacional desde "las alturas de Oslo". Dejemos de lado que yo no vivo en Oslo y que en Oslo no hay alturas. Los principios que defiendo conjuntamente con varios miles de camaradas no poseen un carácter local ni geográfico. Son marxis­tas e internacionales. Están formulados, expuestos y defendidos en tesis, artículos y libros. Si Fenner Brock­way los considera falsos, que les contrapongan los su­yos. Estamos dispuestos a aprender. Pero, desgracia­damente, Fenner Brockway no puede aventurarse a pisar este terreno, porque acaba de entregarle a Maxton el paquete de mezquinos principios. Por eso no le queda otra alternativa que hacer bromas sobre las "alturas de Oslo". Allí comete tres errores respecto de: mi domicilio, la topografía de la capital noruega y, por último, la pequeña bagatela de los principios fundamentales de la acción internacional.

¿Mis conclusiones? Considero que la causa del ILP está perdida. Los treinta y nueve delegados que, a pesar de los esfuerzos de la fracción de Fenner Brock­way, no capitularon ante el ultimátum de Maxton, de­ben buscar la forma de crear un auténtico partido re­volucionario para el proletariado británico. Y esto sólo puede hacerse bajo la bandera de la Cuarta Interna­cional.

 

León Trotsky



[1] Sobre los dictadores y las alturas de Oslo. New International, junio de 1936.

[2] El ILP realizó su congreso nacional en Keighley durante la pascua de 1936. James Maxton y Fenner Brockway se pusieron de acuerdo para prohibir las fracciones en el partido, impidiendo que el Marxist Group difundiera documentos trotskistas en el partido.

[3] Oliver Cromwell (1599-1658): organizó un ejército parlamentario para derrocar al rey Carlos I y asumió el título de Lord Protector de la Comunidad.



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