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Un caso para un tribunal obrero[1]

 

 

29 de agosto de 1935

 

 

 

Según una nota de l’Humanité, el comunista italiano Montanari fue asesinado el 9 de agosto en el Metro Belleville [en París], El 12 de agosto l’Humanité publi­có un artículo con una explicación monstruosa, aunque de ninguna manera inusual -desde luego- del ase­sinato. El artículo anónimo apareció bajo el título de "Laval y los fascistas aumentan las provocaciones". Este titular, que es parte de la campaña oficial contra el gabinete de Laval y contra los fascistas, venía acompa­ñado del subtítulo: "Provocador trotskista asesina a Montanari".

En lo esencial, la yuxtaposición de ambos titulares es característico del artículo, del autor y del propio pe­riódico. Pero el texto está repleto no sólo de afirmaciones viles, sino también de innumerables contradiccio­nes flagrantes.

"El asesino es Guido Beiso, conocido trotskista italiano, que desde hace tiempo viene realizando su labor como provocador entre los exiliados italianos." ¿Qué significa "labor como provocador", en este caso? ¿Pronuncia discursos contra el social-patriotismo o es agente de Mussolini? Nada se dice al respecto. Más adelante se nos informa que Montanari "se había convertido en blanco del odio de los elementos trotskis­tas que habían sido expulsados del partido y quienes posteriormente [es decir, después de dicha expulsión] recurrieron a actividades de provocación abierta y criminal."

El caso se complica cada vez más. Parece que no sólo Guido Beiso, sino todo un grupo de "trotskistas" italianos expulsados se dedicaban a la "provocación abierta" (!). ¿Al servicio de la policía fascista? Nueva­mente, no hay una respuesta directa. Pero, a fin de que al lector no le quede la menor duda respecto al significado de la palabra "provocación", el artículo agrega que Beiso llevaba una vida "de gran señor". Por último, descubrimos que en Niza, Beiso había sido "desenmascarado como un provocador (¿por quién?) ligado (??) al trabajo fascista de infiltración en las masas antifascistas."

Esta afirmación confusa ya contiene una acusación directa de vínculos con los fascistas. Tengámosla presente.

Beiso se trasladó desde Niza a París y asesinó a Montanari. Es por todos conocido que los fascistas ase­sinan a los comunistas, y en especial a los revoluciona­rios. Es perfectamente normal que un provocador fas­cista se haga pasar por "socialista", "comunista" o "trotskista". Pero se nos ha dicho que el asesino era "un conocido trotskista italiano". ¿Significa esto que de trotskista se convirtió en fascista, es decir, cambió su posición revolucionaria? No sería el primer caso de este tipo. Pero l’Humanité no plantea esta cuestión. Consecuentemente con los dos titulares, desarrolla la versión dual: simultáneamente, tanto "trotskista" como fascista. Esta amalgama es el eje de todo el ar­tículo.

Más abajo leemos con cierta sorpresa: "Su expli­cación de querer vengarse por las acusaciones sin fundamento dirigidas en su contra es sólo una cortina de humo destinada a ocultar la verdad." No se nos dice clara y explícitamente cuál es esta "verdad". En cam­bio descubrimos, en breve y por mera casualidad, que el asesino se consideró objeto de calumnias maliciosas, protestó y se vengó empleando el revólver. Sea como fuere, esa es la versión del asesino. Recordémosla también.

Más abajo, el artículo anónimo dice que hacía tiem­po que el PC Italiano había lanzado una advertencia de mantenerse en guardia frente a las "dudosas activida­des de este individuo". ¿Por qué dudosas? ¿Dudosas, nada más? ¿Acaso no se nos acababa de decir que Beiso fue "desenmascarado" como provocador fascista en Niza? ¡Desenmascarado! Hasta ahora jamas se pensó que la obra de un provocador fuera dudosa. Un provo­cador es un mercenario y un canalla, nada más. Si uno sostiene que las actividades de un prójimo son dudosas, significa que sólo se tienen sospechas, pero no pruebas. En tales casos, las organizaciones auténticamente revolucionarias reúnen las pruebas necesarias antes de pasar a las acusaciones directas. Esa es la tradición revolucionaria desde tiempos inmemoriales. Sin embar­go, las palabras de l’Humanité nos llevan a la con­clusión de que Beiso no fue desenmascarado como pro­vocador, sino que sólo se sospecha de él (¿por quién? ¿para qué? ¿cuándo?) y que además él mismo reaccionó con ira ante tales sospechas. Y como broche de oro se nos dice además que "Beiso resolvió venir a París, donde no ocultó sus intenciones asesinas". Aquí nuestro asombro llega al límite. Si en verdad Beiso era agente a sueldo de los fascistas, llevaba una "vida de gran señor", fue desenmascarado como provocador y llegó a París con el fin de cometer un asesinato fas­cista, ¿cómo es posible que no ocultara sus intensiones asesinas? Aquí la versión de l’Humanité contiene una nueva y patente afirmación absurda. El autor es incapaz de presentar su propia versión en forma coherente.

A medida que avanzamos en la lectura, el artículo anónimo se vuelve más y más enredado. Leemos que "el provocador jamás fue miembro del PC" (cuando se nos acaba de decir que pertenecía a un grupo de "trotskistas" expulsados), "este agente del fascismo entre los exiliados italianos naturalmente fue acogido con simpatía por los grupos trotskistas..." Y así se nos brinda una nueva versión: contra lo que se nos dice al comienzo, no era un "conocido trotskista italiano" que se convirtió en fascista después de su expulsión del par­tido; ¡no!, era un provocador fascista, nunca miembro del partido, y "naturalmente" (¡por supuesto, por supuesto!) fue recibido con simpatía por los trotskistas. Y para no dejar la menor duda sobre la fuente de la in­formación y de su objetivo, el autor anónimo agrega, "Nuestro camarada Kirov fue asesinado casi (!) de la misma manera."[2] ¡Casi! Pero Kirov sí fue asesinado por un miembro del partido, tal como consta en los do­cumentos oficiales, y nadie culpó a la provocación fas­cista.

Tras una serie de zigzags adicionales, el artículo culmina con una moraleja política realmente asombro­sa: "Los obreros franceses, más cautelosos y más sabios después de las lecciones de Austria y de España, no caerán en esta trampa criminal". ¡Notable revela­ción! Las insurrecciones defensivas de Austria y Espa­ña, que el mismísimo congreso social-patriota y pro-coalición de la Internacional Comunista debió calificar de acciones heroicas del proletariado, son, a juicio de l’Humanité, producto de las actividades de los provocadores fascistas, los mismos que asesinaron a Kirov en Leningrado y a Montanari en París. Esta profundísima moraleja de los marxistas de l’Humanité evidentemen­te va dirigida de manera especial a los obreros de Tolón y de Brest.

El lector coincidirá con nosotros cuando decimos que este artículo parece una página arrancada del diario personal de un demente. Pero hay método en esta locura, que aun no ha dicho su última palabra. Por lo tanto, sigamos el proceso un poco más.

Los bolcheviques-leninistas italianos, blanco de las acusaciones anónimas del autor anónimo, declararon el 14 de agosto, por intermedio de Jean Rous, miembro dirigente del Partido Socialista francés, que "Beiso jamás militó en nuestra organización, no tenía­mos relación alguna con él y ni siquiera lo conocíamos de nombre."[3] ¿No está bien claro? El 15 de agosto, l’Humanité, que había lanzado una acusación política plagada de mentiras, se ve obligada a declarar: "Esta­mos estudiando la declaración del grupo trotskista ita­liano". Pero l’Humanité no hubiera sido fiel a sí misma ni a su amo y señor si se hubiera limitado a cerrar el pico. No. Este trapo agrega inmediatamente que tiene en su poder ciertas cartas del asesino que demuestran que Beiso "estaba imbuido de ideología trotskista contrarrevolucionaria". Después de todo lo dicho, esto parece un poco traído de los cabellos. "¡Ideología!" Sabemos muy bien todo lo que se puede hacer con esta sustancia sutil en el laboratorio químico de los señores Duclos y Compañía.

Tras una serie de insinuaciones nuevas, esta vez enteramente amorfas y esquivas, mezcla de impotencia con malicia, se llega a la conclusión, "Naturalmente, el vínculo entre el asesino y los trotskistas [quienes lo han desmentido categóricamente - L.T.] no excluye que exista un entendimiento entre Beiso y los provocadores fascistas. Hay toda una hilación." ¡"Naturalmente"! Pero, ¿por qué dicen estos audaces cobardes que "no excluye"? ¿Acaso se trata solamente de algo que no está excluido? El 12 de agosto proclamaron sin amba­gues que Beiso, el "conocido trotskista" había sido desenmascarado como provocador fascista que llevaba una "vida de gran señor", evidentemente gracias al oro de Mussolini. Ahora parece que las enormes y agu­das orejas de l’Humanité son capaces de percibir las notas de la ideología (¡ideología!) trotskista en las cartas del asesino, lo cual "no excluye" (eso es todo: no excluye) un vínculo entre Beiso y los fascistas. "Hay una hilación"... cosida con hilo blanco.

Por último, el 18 de agosto, l’Humanité publicó un manifiesto del Comité Central del PC Italiano: Monta­nari fue víctima de "un asesinato, misión contrarrevo­lucionaria para la cual los agentes de la reacción fascis­ta se habían preparado en los círculos de los grupos de exiliados trotskistas y bordiguistas."[4] ¡Nada más ni nada menos! Este dato es tanto más interesante cuanto que por primera vez aparecen los bordiguistas en escena, grupo que no tiene el menor vínculo ideoló­gico ni organizativo con los llamados "trotskistas", pero que -de esto no nos cabe la menor duda- tienen tan poco que ver con el asesinato como los bolche­viques-leninistas. Los stalinistas italianos mencionan a los bordiguistas tan sólo para ampliar el radio de las calumnias: con ello tratan de obtener alguna ganancia adicional para sí. Pero el elemento más notable del co­municado del PC Italiano es que no menciona para nada los vínculos de Beiso con los fascistas. No, el asunto es mucho más complejo o, si se quiere, más sencillo: los trotskistas y los bordiguistas son "generalmente" agentes de la reacción fascista y Beiso se preparó para realizar su misión en estos "círculos", es decir, dentro de ambos grupos, que se encuentran en pugna. Ahora, por fin, se aclara el significado de las palabras, "Nues­tro camarada Kirov fue asesinado casi de la misma ma­nera". Esto significa: fue casi en la misma forma que decenas de personas fueron acusadas de participar en el asesinato de Kirov sin tener nada que ver con el mismo.

De todo este embrollo de calumnias e insinuaciones interrelacionadas que se hacen polvo, hay un hecho que resalta siempre, y es que Guido Beiso entró en fuerte conflicto con la organización del PC Italiano, o con algu­nos de sus miembros. Si dejáramos de lado esa "ideología" que todo lo abarca y, por consiguiente, nada ilumina, cualquier individuo normal capaz de pensar se preguntaría: ¿Qué fue lo que impulsó a Beiso a cometer el asesinato? Si no partimos de la suposición de que era un individuo mentalmente trastornado (de lo cual no existe la menor prueba hasta el momento), sólo podemos llegar a la conclusión de que debió sufrir una experiencia personal sumamente dolorosa, que le resultó insoportable, que terminó por desequilibrarlo y llevarlo a cometer un acto criminal e insensato. Pero, ¿quién lo sometió a esa insoportable experiencia? ¿Fue la organización "trotskista" con la cual Beiso no mantenía vinculo alguno o fue la organización cuyo vocero es l’Humanité? Así y sólo así es como se plantea la cuestión. ¿Acaso no se desprende de esto que los stali­nistas italianos acusan a Beiso, a quien desprecian, de provocador sin contar con pruebas valederas, quizás sin pruebas de ningún tipo, es decir, utilizan esas armas ponzoñosas que constituyen la mayor parte de los argumentos políticos de está gente? Como se desprende de l’Humanité, el propio Beiso había reaccionado violentamente contra las acusaciones, amenazando de muerte a los autores. Ningún provocador en trance de asesinar a un revolucionario actuaría de esa manera; pero un exiliado desconocido y fogoso bien podría hacerlo al no encontrar otra manera de defenderse de la campaña de calumnias. Con estas consideraciones hi­potéticas (sólo es cuestión de hipótesis) no queremos calumniar en lo más mínimo al occiso Montanari. Es muy posible que haya resultado una víctima fortuita o -si realmente fue uno de los que persiguió al supues­to "provocador"- lo hizo de buena fe porque confiaba en su partido y en su desmoralizada dirección. Pero la personalidad de Montanari no resuelve la cuestión de los motivos de Beiso.

Los canallas dirán que abogamos por el asesinato, o que lo justificamos como método para resolver los con­flictos en los círculos revolucionarios. Pero nuestros escritos no van dirigidos a los canallas. El caso Monta­nari-Beiso es importante precisamente porque un con­flicto en el plano político ha desembocado en el asesi­nato absolutamente insensato de un exiliado por otro. ¡Esto nos trae una advertencia muy seria, cuyo significado debemos comprender a tiempo!

El asunto está en manos de los tribunales de justi­cia burgueses. Evidentemente, la investigación oficial no tratará de echar luz sobre esta sangrienta tragedia desde el punto de vista de la moral proletaria revolucionaria. La fiscalía intentará comprometer a los exiliados proletarios, y a las organizaciones revolucionarias en particular. Pero los agentes de la Comintern también tratarán de explotar el juicio para sus fines viles, según se les ordena. El deber de las organizaciones revolucionarias, sean cuales fueren sus banderas políticas, consiste en echar la mayor cantidad de luz sobre este caso para impedir, dentro de lo posible, que algún con­flicto en el seno de los círculos revolucionarios se vuelva a dirimir armas en mano.

Opinamos que, las organizaciones obreras deben formar sin demora un comité autorizado e imparcial que estudie todo el material, incluyendo las cartas de Beiso que menciona l’Humanité, y que interrogue a todos los testigos y representantes de los partidos y grupos involucrados o interesados en el caso, de modo que todas las circunstancias políticas, morales y perso­nales del mismo queden debidamente aclaradas. Esto es necesario no sólo como homenaje a la memoria de Montanari, no sólo para descubrir el motivo que llevó a Beiso a cometer el asesinato, sino también para lim­piar la atmósfera de las organizaciones obreras de trai­ción, calumnias, persecuciones y del uso de armas. Naturalmente que para resolver el caso sería muy bueno contar en el comité con representantes de l’Humanité y del Comité Central del PC Italiano. Pero podemos predecir con certeza que se negaran a ello: generalmente esta clase de políticos sale perdiendo con las investigaciones imparciales y en un grado mucho mayor de lo que aparece en la superficie. Pero su nega­tiva a participar no debe impedir que se realice la investigación. Todo militante honesto del movimiento obrero tiene interés en que se abra el absceso antes de que se convierta en gangrena. Es necesario llevar el trágico caso Montanari-Beiso ante un tribunal obrero.



[1] Un caso para un tribunal obrero. New Militant, 5 de octubre de 1935. Firmado "L.T."

[2] Serguei Kirov. (1886-1934): miembro del Comité Central del PCUS a partir de 1923 y secretario del comité de Leningrado a partir de 1926. Tras su asesinato se iniciaron las purgas que culminaron en los juicios de Moscú y en el exterminio de los dirigentes de la Revolución Rusa. El asesino, Leonid Nikolaev, fue juzgado a puertas cerradas y fusilado en 1934. Es evidente que el asesinato fue un error de la policía secreta sovié­tica en el intento de fabricar una conspiración que pudiera utilizarse para acusar a Trotsky de terrorista. Muchos de los detalles siguen siendo desconocidos, a pesar de que Nikita Jruschov denunció, en su famoso informe ante el Vigésimo Congreso del PCUS (1956), que la versión oficial era fraudulenta.

[3] Jean Rous (n.1905): dirigía una de las tres fracciones del GBL. En 1936 fue delegado del SI en España. El congreso de fundación de la Cuarta Internacional lo eligió para el Comité Ejecutivo Internacional. En 1939 se llevó a una minoría del partido francés al PSOP (Partido So­cialista Obrero y Campesino). Rompió con la CI al comienzo de la Segun­da Guerra Mundial y se unió a la SFIO.

[4] Amadeo Bordiga (1889-1970): fundador del PC italiano, fue acusado de "trotskista" y expulsado en 1929. La OII trató de trabajar con los bordiguistas, pero no pudo debido al sectarismo de éstos: por ejemplo, se oponían por principio a la táctica del frente único.



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