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El papel de Iagoda[1]

 

 

7 de marzo de 1938

 

 

 

Tal vez el elemento más fantástico de toda la serie de fantasmagoría judicial de Moscú es la inclusión de Henry G. Iagoda, por muchos años jefe de la GPU como conspirador del centro trotskista-bujarinista. Podía esperarse todo, pero esto no.

Stalin tuvo que maniobrar durante mucho tiempo en el Politburó antes de lograr que el odiado Iagoda, su secuaz de más confianza, fuese jefe de la GPU. La lucha contra todas las facciones de la oposición se había concentrado en manos de Iagoda desde 1923. El no sólo fue el secreto ejecutor de todas las falsificaciones y fraudes, sino también el organizador de las primeras ejecuciones de los oposicionistas en 1929: Blumkin, Silov y Rabinovich.

En las páginas del Biulleten Opozitsi, editado por el difunto León Sedov en París, el nombre de Iagoda está registrado una y otra vez, con la misma indignación enconada con que antes lo estaba el de Zubarev, jefe de la Ojrana zarista.[2]

Iagoda mismo, de común acuerdo con el fiscal Andrei Vishinski, preparó todos los juicios sensacionales desde el asesinato de Sergei Kirov, incluyendo el de Grigori Zinoviev y León Kamenev en agosto de 1936. Las confesiones sistematizadas con golpes de pecho, pasarán a la historia como invento de Henry Iagoda. Si alguien dijese que Joseph Goebbels es un agente del Papa Pío XII, sonaría considerablemente menos absurdo que la afirmación de que Iagoda es agente de Trotsky.

Pero el hecho es que para la nueva estructura judicial Iagoda era necesario, no como arquitecto, sino como material. El destino del jefe todopoderoso de la policía secreta fue pesado y decidido donde se deciden todos estos asuntos: en la oficina privada de Stalin. Iagoda fue destinado a ocupar cierto lugar en el juicio como un peón en una estrategia de ajedrez. Quedaba un problema: forzarlo a aceptar el papel designado. Pero esta fue la dificultad menor.

En los primeros meses que siguieron al arresto de Iagoda, no se oyó ni un murmullo sobre su complicidad en la conspiración del mariscal Mijail N. Tujachevski, los trotskistas y los derechistas. Ni Iagoda ni la opinión pública habían madurado aún para este desarrollo, así como tampoco existía certeza alguna de que Vishinski sería capaz de exhibir su nuevo cliente al público.

Las primeras acusaciones del soviet y la prensa mundial contra Iagoda registraban: vida licenciosa, desfalco de fondos, borrascosas orgías. ¿Eran ciertas estas acusaciones? Tratándose de Iagoda se justifica que uno crea tales posibilidades. Arribista, cínico, déspota, mezquino, seguramente no fue un modelo de virtud en su vida personal. El cuadro se complementa al añadir que, si permitió que sus instintos viciosos dominaran su vida hasta extremos criminales, fue solamente porque estaba convencido de su absoluta impunidad. Además, su forma de vida era conocida por todo el mundo en Moscú, durante mucho tiempo, incluyendo a Stalin.

Realmente toda la información sobre la vida privada de altos funcionarios soviéticos la reúne Stalin con meticulosidad científica y es la base de un archivo especial construido poco a poco, de acuerdo al grado de necesidad política. Llegó la hora en que se hacía necesario romper la fibra moral de Iagoda. Esto se hizo con escandalosas revelaciones de su vida privada.

Después de estos golpes, el antiguo jefe de la GPU estuvo enfrentado con estas alternativas: ser fusilado por desfalcos al gobierno o, posiblemente, salvar su vida como supuesto conspirador. Iagoda hizo su elección y fue incluido entre los veintiuno del juicio. Y finalmente, el mundo supo que Iagoda fusiló trotskistas solamente para disfrazar sus verdaderos sentimientos; en realidad fue agente y aliado de sus víctimas.

Pero, ¿por qué era necesario añadir una complicación tan comprometedora a la amalgama judicial ya de por sí tan complicada? El nombre de Iagoda es un fenómeno demasiado fantástico como para explicarlo con generalidades. Debe haber existido una razón directa, seria y poderosa que forzara a Stalin a no detenerse aun ante la perspectiva de transformar a su agente número uno en un agente de Trotsky. Esta razón es revelada ahora por el propio Iagoda.

De acuerdo con sus propias palabras (en la sesión del 5 de marzo) él había ordenado a sus subordinados en Leningrado, por supuesto "bajo instrucciones de Trotsky", no impedir el acto terrorista contra Kirov. Procediendo del jefe de la GPU, tales órdenes equivalían a decir que se organizara el asesinato de aquél.

La suposición más natural: Iagoda asumió la responsabilidad de un crimen con el cual no tenía la menor relación. Entonces ¿por qué y para quién era necesaria la confesión falsa o sincera del ex jefe de la GPU?

Recordemos brevemente los hechos más importantes. Kirov fue asesinado el 1º de diciembre de 1934, por el entonces desconocido Leonid Nikolaev. El juicio del asesino y sus supuestos cómplices se realizó a puertas cerradas. Los catorce acusados fueron fusilados. Del texto de la sentencia parcialmente publicado en la prensa soviética, se desprende que un cónsul latvio, George Bisseneks,[3] le dio a Nikolaev 5.000 rublos en pago por el atentado terrorista, exigiendo de él en cambio algún tipo de “carta de Trotsky”.

El 30 de diciembre de 1934, declaré en la prensa con certeza que Bisseneks era un agente de Iagoda (Biulleten Opozitsi, 19 de enero de 1935). No ofrecí entonces, como tampoco lo hago ahora, la explicación de que en efecto la GPU quiso asesinar a Kirov. Lo que se intentaba realmente era preparar una “conspiración” que comprometiera a la oposición, especialmente a mí, y en último momento revelar el intento de asesinato. En menos de un mes, esta hipótesis fue confirmada oficialmente.

El 23 de enero de 1935, el consejo de guerra sentenció a prisión a trece oficiales responsables de la GPU de Leningrado, encabezados por su jefe Medved,[4] con condenas de dos a diez años. Los términos exactos de la sentencia fueron los siguientes: “Poseían información concerniente a los preparativos del atentado a Kirov... pero demostraron... negligencia criminal (!)... y fracasaron en tomar las medidas necesarias.”

No puede pedirse un mayor candor. “Negligencia criminal” significa nada menos que la participación directa de la GPU en el asesinato de Kirov. Y recordando el papel de Bisseneks, se vuelve más claro aun que Nikolaev no era más que un instrumento en las manos de agentes provocateurs. Pero este instrumento resultó ser obstinado. Por razones personales, Nikolaev tomó su trabajo seriamente, aprovechó el momento propicio y mató a Kirov antes de que Iagoda hubiese obtenido una "carta de Trotsky".

La necesidad urgente de publicar a todo el mundo la información de que los doce agentes responsables de la GPU sabían con anticipación la trama de la conspiración para el asesinato de Kirov sólo puede explicarse por el hecho de que para ciertos altos oficiales era necesario establecer sus coartadas, a cualquier precio.

Las circunstancias que rodearon el asesinato de Kirov no pudieron evitar los rumores entre personas de los altos círculos gubernamentales en el sentido de que, en la lucha contra la oposición, "el jefe" estaba empezando a jugar con las cabezas de sus más íntimos colaboradores. Ni una sola persona informada dudó que Medved, jefe de la GPU de Leningrado, había informado diariamente a Iagoda sobre el curso de las operaciones, tal como éste lo había hecho con Stalin, y que había recibido instrucciones de él.

Para eliminar estos peligrosos rumores, no se podía hacer otra cosa que sacrificar a los ejecutantes del plan tramado por Moscú.

El 26 de enero de 1935, escribí: "Sin el consentimiento directo de Stalin -más precisamente sin su iniciativa- ni Iagoda ni Medved se habrían decidido a montar una empresa tan arriesgada". [Todo se aclara gradualmente, ver Escritos 1934-35.]

La muerte de Kirov se convirtió en el punto de partida para la exterminación sistemática de la vieja generación bolchevique. Pero mientras más juicios se escenificaban alrededor del cadáver de Kirov, más insistentemente repercutía en todas las mentes la pregunta: ¿Quién se beneficia de todo esto? La exterminación de la vieja guardia es un objetivo político manifiesto y conspicuo de Stalin. Así, los dirigentes moscovitas estaban seguros de que Iagoda no podía actuar sin instrucciones de Stalin.

La sospecha se difundió en círculos aun más amplios transformándose en certeza. Para Stalin fue absolutamente necesario renegar de Iagoda, abrir entre ambos un profundo foso y en lo posible, arrojar allí el cadáver de éste.

Sería posible suministrar docenas de hechos complementarios, citas y consideraciones (que ahora se encuentran en los archivos de la Comisión Dewey) que confirman irrefutablemente nuestras conclusiones. El asesinato de Kirov no fue otra cosa que el resultado de una amalgama policíaca urdida por Stalin y Iagoda con el fin de acusar a los líderes de la oposición de terrorismo.

Para disfrazar esta colaboración, en un principio, Stalin trató de abandonar a la opinión pública a sus agentes secundarios únicamente (Medved y otros), pero la acumulación de revelaciones y la lógica interna de los hechos mismos forzaron finalmente a Stalin a sacrificar a su importante colaborador.

Así puede explicarse la adivinanza más profunda del actual juicio: el testimonio del ex jefe de la GPU donde afirma que participó en el asesinato de Kirov "bajo instrucciones de Trotsky". Quien entienda esto, el móvil más oculto del juicio, podrá entender el resto sin ninguna dificultad.



[1] El papel de Iagoda: New York Times, 8 de marzo de 1938, donde se tituló Trotsky acusa de asesinato a Stalin.

[2] La Ojrana: policía secreta zarista.

[3] A finales de 1934, el cónsul general de Latvia, George Bisseneks, fue expulsado de la Unión Soviética. El gobierno latvio insistió en que no tenía nada que ver con el asesinato de Kirov.

[4] Filip Medved (muerto en 1937): jefe de la GPU de Leningrado. El y los demás policías secretos comprometidos fueron sentenciados a cortas penas de cárcel por su fracaso en la protección adecuada a Kirov; pero en 1937 fueron todos fusilados.



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