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¿Por qué consideraron necesario realizar este juicio?[1]

 

 

23 de enero de 1937

 

 

 

El nuevo juicio de Moscú asombró a grandes sec­tores de la opinión pública. Sin embargo, el juicio ante­rior sentó las bases de este. Los principales acusados ya habían sido nombrados por los dieciséis en el pro­ceso anterior.

Puede decirse que la GPU había preparado un pro­ceso para secundar al primero. Si el primero hubiera convencido al mundo, no existiría la necesidad de uno nuevo.

Pero el primer proceso, a pesar de los dieciséis cadáveres, culminó en un fracaso rotundo. Por eso es necesario el segundo. Debe comprenderse que las sospechas que despertó el primer proceso se ampliaron cada vez más, hasta penetrar en la Unión Soviética.

La suerte política de sus organizadores y en parti­cular, de la dictadura personal de Stalin, dependían de la respuesta al siguiente interrogante: ¿es cierto que Trotsky, Zinoviev, Kamenev y los demás eran aliados de la Gestapo, agentes del imperialismo extranjero, o sucede más bien que Stalin, en la lucha por mantener su dominación personal, recurre a los métodos de un César Borgia?

El problema se plantea así, y sólo así. Stalin se ha embarcado en un juego de gran envergadura, cuyos riesgos son enormes. Pero ya no es libre de elegir. Desde hace catorce años viene combatiendo a la Oposi­ción y a todas las oposiciones con mentiras, calumnias y falsedades. Este proceso es un paso más en la progre­sión geométrica. El paso anterior fue el proceso de Zinoviev, que sirvió para desacreditar aun más a Stalin.

El juicio actual se hace necesario para ocultar el fracaso.

El juicio de los dieciséis se basó en la acusación de terrorismo. En el actual, la acusación principal no es la misma, sino la supuesta alianza de los trotskistas con Alemania y Japón con el objeto de sabotear la industria soviética y luego exterminar en masa a los trabaja­dores.

Nos dicen que los testimonios de Zinoviev y Kame­nev fueron voluntarios, sinceros y veraces. Zinoviev y Kamenev me acusan de ser el dirigente principal de la conjura. ¿Por qué no mencionaron los planes desti­nados a lograr el desmembramiento de la URSS y la destrucción de las fábricas militares?

Quizá los jefes del llamado Centro Trotsky-Zinoviev no sabían lo que saben los acusados del momento, personajes de segunda categoría.

Basándonos en los despachos anteriores, nos parece que aquí radica el talón de Aquiles del proceso. Para cualquier persona seria es evidente que entre la eje­cución de los dieciséis y el día de hoy se preparó una nueva amalgama.

En realidad, la acusación actual, al igual que la anterior, no contiene una pizca de verdad. El gigan­tesco fraude se desarrolla como un problema de aje­drez.

Considero necesario recordar que desde 1927 en adelante no he dejado de advertirle a la Oposición que, en la lucha de la casta de déspotas contra el pueblo, Stalin recurriría inevitablemente a sangrientas amalga­mas. En el periódico de la Oposición del 4 de marzo de 1929 escribí las siguientes líneas: “A Stalin sólo le queda un camino: tratar de trazar una demarcatoria sangrienta entre el partido oficial y la Oposición. Para él es indispensable vincular a la Oposición con crímenes terroristas, insurrección armada, etcétera” [“¿ Cuál es el objetivo inmediato del exilio de Trots­ky?”, Escritos 1929-30].

En este sentido, los procesos de Moscú no me han tomado por sorpresa.

Me reservo el derecho de responder detalladamente a todas las revelaciones del nuevo proceso. Por el momento, y no en nombre de mis propios intereses, sino en bien de la higiene política más elemental, llamo una vez más a la creación de un organismo internacional de investigación, integrado por personalidades destacadas de diferentes países.

Pondré mi correspondencia a disposición de esa comisión. Está completa. Junto con mis libros y artícu­los, mi correspondencia demuestra claramente cuáles son mis ideas y actividades políticas.

Es por eso que, el 7 de noviembre pasado, la GPU trató de robar mi archivo. Sólo logró sustraer algunos papeles sin importancia.

Reitero mi desafío a los organizadores del fraude judicial. Si tienen pruebas, si no temen a la luz, compa­recerán ante una comisión internacional en presencia de la prensa libre. Por mi parte, me comprometo a demostrar ante esa comisión que Stalin es el organi­zador de los crímenes políticos más grandes de la historia universal.



[1] Por qué fue necesario este juicio. New York Times, 24 de enero de 1937.



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