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La organización del proceso[1]

 

 

30 de enero de 1937

 

 

 

En medio del silencio y de las tergiversaciones de los despachos oficiales de Tass se pueden discernir los rasgos generales de la organización del proceso. El objetivo del juicio fue -además del exterminio de la Oposición- eliminar a una serie de directores de la industria soviética, en particular de la industria bélica. Los hechos obligan a pensar que han sido descubiertos los monstruosos abusos de confianza, los trastornos y los engaños en la industria militar. Es cierto que esta atmósfera es un caldo de cultivo para el espionaje extranjero. No tengo la menor duda de que Piatakov no tuvo nada que ver con los abusos y los crímenes. Pero él es el jefe de la rama. Por eso Stalin contaba con todos los medios para hacer recaer la responsabilidad sobre Piatakov, y para fusilarlo.

El caos y los abusos en la industria no son un fenómeno nuevo para mí. Antes de los procesos de Moscú demostré en mi libro La revolución traicionada que el régimen de despotismo burocrático tendría necesariamente consecuencias funestas para la planificación económica, es decir, para la crítica y el control. La industria militar es la rama más secreta y menos sujeta a control de toda la industria. Aquí, los vicios de la arbitrariedad, el favoritismo y la negligencia alcanzan su grado más repugnante.

De los diecisiete acusados, hay diez que no conozco, ni siquiera de nombre. ¿Hay entre ellos agentes alemanes o japoneses? Es posible. Sería improbable que la Gestapo y el estado mayor japonés no pudieran corromper a algunos burócratas soviéticos. Sea como fuere, algunos de los acusados son responsables por sus vicios de arribistas: lograr la mayor productividad posible sin preocuparse por la calidad, el estado de la maquinaria y las vidas de los obreros. Están amenazados por el pelotón de fusilamiento.

Por su parte, la GPU debía unir los casos de los abusos cometidos en la industria militar, los ferrocarriles, etcétera, con el proceso de los trotskistas: es el método clásico de la amalgama judicial. La GPU exigió a los directores de industria culpables de crímenes o de negligencia, sobre cuyas cabezas pendía la espada de Damocles, que se declararan trotskistas, a cambio de lo cual el castigo sería menos riguroso. Al mismo tiempo, exigió a los ex trotskistas (Piatakov, Radek, etcétera), convertidos en enemigos implacables, que se declararan amigos míos a pesar de todas las pruebas en contrario. Por fin, sólo les quedaba establecer el vínculo entre mis seudo-“amigos” - los criminales de la industria militar- y mi persona.

Lo primero resultó fácil, porque la alianza y la conspiración de los acusados se elaboraron en las cámaras de tortura de la GPU: los testimonios fueron redactados, comparados, corregidos y transcriptos para obtener la necesaria “armonía”. La segunda parte del trabajo resultó incomparablemente más ardua.

 

La conexión aérea

 

¿Cómo establecer una conexión entre los acusados y un hombre que vive en el exterior, a la vista de la opinión pública, vigilado estrechamente por la prensa y la policía y que, por otra parte, expresa sus ideas en libros, artículos y cartas? He aquí el eslabón más débil de la cadena. Dos de los protagonistas involuntarios del drama recibieron el encargo de establecer la conexión conmigo: Piatakov en representación del grupo de acusados industriales, y Radek con la misión de elaborar las bases políticas de una conspiración.

Las grandes intenciones suelen naufragar ante pequeños escollos. Radek declaró que estableció contacto conmigo por intermedio de Vladimir Romm. Olvidemos por el momento el ridículo testimonio de Vladimir Romm, según el cual yo concurrí a una cita nocturna en un parque desconocido cerca de París, para encontrarme con un hombre desconocido, sin guardaespaldas, ni temor a una trampa o provocación. Veamos el otro testimonio, que a primera vista parece mucho más impresionante: me refiero al testimonio del acusado principal, Piatakov, en relación con su viaje especial a Noruega con el fin de visitarme y recibir mis instrucciones relativas al sabotaje, al terrorismo y a la alta traición.

Un ciudadano común, acostumbrado a una vida tranquila y pacífica, pensaría que Piatakov sería incapaz de inventar una acusación que lo amenace de muerte. Los cálculos de los organizadores del proceso se basan en estas consideraciones del sentido común. Sin embargo, el propio Piatakov demostró que estábamos ante un fraude manifiesto e innegable. Piatakov supuestamente llegó a Oslo, proveniente de Berlín, por avión a mediados de diciembre de 1935. Pero las autoridades del aeropuerto de Oslo, después de estudiar sus documentos oficiales, declararon al mundo: ¡Ni un solo avión extranjero aterrizó en el aeropuerto de Oslo en diciembre de 1935!

 Diríase que la GPU escogió un mes incómodo. Yo no conocía este hecho el 27 de enero, cuando formulé mis trece preguntas dirigidas a Piatakov y al tribunal de Moscú. Pero no dudé por un instante que, al confrontar los testimonios vagos y falsos con las circunstancias concretas de tiempo y espacio, la falsificación aparecería inevitablemente. ¡No en la URSS, desde luego, donde la GPU fusila a cualquiera que intente refutar algo! Pero yo vivo en el extranjero desde hace ocho años. Todas las circunstancias de mi vida están a disposición de quien las quiera verificar. En ello radica la fuerza de mi posición y la colosal debilidad de la maniobra stalinista, a pesar de su grandiosa envergadura.

 

El fraude se derrumba

 

Si ningún avión vino de Berlín, eso significa que Piatakov no se reunió conmigo, ni recibió instrucciones: significa que el infortunado Piatakov mintió, mejor dicho, repitió el falso testimonio que le dictó la GPU. No sé qué dirá Moscú ahora. El fiscal Vishinski, con ese ingenio que lo caracteriza, podrá decir que las instrucciones criminales de Trotsky eran “conocidas” por otra fuente aparte del vuelo de diciembre de Piatakov. Pero si las instrucciones eran “conocidas”, ¿qué necesidad tenía Piatakov de ir a buscarlas? ¿Qué necesidad tenía de volar en un avión imaginario? ¿Quién creerá el testimonio de Piatakov, tras mentir respecto de un hecho tan elemental y que constituye la piedra angular de todo el testimonio? Una vez más: si la GPU puede obligar a Piatakov, bolchevique de la Vieja Guardia, miembro del Comité Central y alto funcionario, a presentar un testimonio tan groseramente falso, ¿qué decir de los acusados de menor cuantía? 

La desgracia de Stalin radica en que la GPU no puede controlar el clima noruego, el movimiento internacional de aviones, ni mis procesos intelectuales, mi filiación política, mis actividades. Por eso, ese fraude tan sofisticado, que imprudentemente quiso volar a gran altura, se cayó del avión inexistente para hacerse pedazos. Pero si la acusación lanzada contra mí - el acusado principal, el inspirador, organizador y director de la conjura - se basa en testimonios tan groseros y falsos, ¿qué vale todo el resto del asunto?

Pero Piatakov, además de denunciarme falsamente a mí, se ha denunciado a sí mismo. Lo mismo hizo Radek. Todos estos “seudotrotskistas” - tanto del juicio de los dieciséis como del de los diecisiete - son sólo una escalera que conduce a mi persona. La GPU se cayó por esa escalera. En última instancia, ¿qué queda del proceso? Abusos en la industria militar, anarquía en los ferrocarriles, espionaje fascista o japonés, etcétera. La responsabilidad política de los mismos no recae sobre los trotskistas, sino sobre la burocracia dominante.

Permítaseme agregar que si a mí se me acusa de trasmitir instrucciones criminales a Piatakov, a mi hijo Serguei Sedov, arrestado en Krasnoiarsk, ingeniero intachable, apolítico, se le acusa de cumplir las instrucciones de Piatakov preparando el envenenamiento en masa de los obreros... ¿Qué más se puede decir...?



[1] La organización del proceso. Con autorización de la biblioteca de la Universidad de Harvard. Parte de este artículo apareció en el New York Times, 31 de enero de 1937. En el tercer párrafo se dice que “De los diecisiete acusados, hay trece que no conozco, ni siquiera de nombre”, a pesar de que Trotsky había declarado anteriormente que conocía a siete de los acusados; probablemente se trata de un simple error.



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