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En el Atlántico[1]

 

 

28 de diciembre de 1936

 

 

 

Escribo estas líneas a bordo del buque tanque noruego Ruth, en la travesía de Oslo a México: todavía no conocemos el puerto de nuestro destino. Ayer pasamos las Azores. Durante los primeros días el mar estuvo agitado; resultaba difícil escribir. Leí ávidamente sobre México. Nuestro planeta es tan pequeño, pero lo conocemos tan poco! Cuando el Ruth salió del estrecho y torció hacia el suroeste, las aguas se calmaron y ahora me ocupo de ordenar las notas sobre nuestra estadía en Noruega ["En Noruega ’socialista’ "], De modo que dedicamos los primeros ocho días a trabajar intensamente y a especular sobre el misterioso México.

Faltan no menos de doce días de navegación. Nos acompaña el oficial de policía noruego Jonas Lie, quien alguna vez revistó en el distrito del Saar bajo la jurisdicción de la Liga de las Naciones.[2] En la mesa somos cuatro comensales: el capitán, el oficial de policía, mi esposa y yo. No hay otros pasajeros. El mar está muy calmado para esta época del año. Hemos dejado atrás cuatro meses de cautiverio. Nos esperan... el océano y lo desconocido. Sin embargo, a bordo seguimos bajo la protección de la bandera noruega, es decir, seguimos prisioneros. No se nos permite usar el radio. Nuestros revólveres permanecen en custodia de nuestro contertulio, el oficial de policía. Las condiciones de nuestro desembarco en México se negocian por radio sin nuestro conocimiento. ¡El gobierno socialista no juega cuando se trata de los principios del... arresto!

En las elecciones realizadas poco antes de nuestra partida, el Partido Laborista [noruego] aumentó considerablemente su caudal de votos. Konrad Knudsen, atacado por todos los partidos burgueses por ser mi "cómplice", apenas defendido por su propio partido fue elegido por una impresionante mayoría de votos. Esto refleja indirectamente un voto de confianza en mí. Tras obtener el apoyo de la población que votó contra los ataques reaccionarios al derecho de asilo, el gobierno procedió, como corresponde, a pisotear ese derecho para ganarse el visto bueno de la reacción. La mecánica del parlamentarismo se basa enteramente en semejantes quid pro quo entre el electorado y los electores.

Los noruegos se sienten orgullosos, y con justicia, de su poeta nacional, Ibsen. Hace treinta y cinco años Ibsen era mi amor literario. Uno de mis primeros artículos estaba dedicado a él. Releí esos dramas en una cárcel democrática de la tierra natal del poeta. Buena parte de ellos parece ingenua y pasada de moda. Pero, ¿cuántos poetas de la preguerra han resistido el paso del tiempo? Toda la historia anterior a 1914 parece ingenua y provinciana. Pero Ibsen me pareció fresco y. con su frescura septentrional, atractivo. Releí Un enemigo del pueblo con gran satisfacción. El odio de Ibsen hacia los prejuicios protestantes, el idiotismo provinciano y la hipocresía de las clases altas me resultó más comprensible y cercano después de conocer al primer gobierno socialista de la patria del poeta.

-Ibsen se puede interpretar de muchas maneras -me dijo el ministro de Justicia en su propia defensa, durante una visita inesperada en Sundby.

-No importa cómo lo interprete, siempre hablará en contra suya. Recuerde al burgomaestre Stockmann...

-¿Dice usted que yo soy Stockmann?

-En el mejor de los casos, señor ministro: su gobierno tiene todos los vicios y ninguna de las virtudes de los gobiernos burgueses.

A pesar de su regusto literario, nuestras conversaciones no brillaban por el exceso de cortesía. Cuando el Dr. Stockmann, hermano del burgomaestre, descubre que la prosperidad de su aldea natal depende de baños térmicos contaminados, el burgomaestre lo echa de su puesto; las puertas de los periódicos se le cierran; sus conciudadanos lo proclaman enemigo del pueblo. "Ahora veremos -dice el doctor- si la bajeza y la cobardía pueden cerrarle la boca a un hombre libre y honesto". Tenía yo mis razones para repetirles estas palabras a mis carceleros socialistas.

-¡Cometimos un error estúpido al concederle la visa! -me dijo brutalmente el ministro de Justicia a mediados de diciembre.

-¿Y quiere usted rectificar su estúpido error mediante un crimen?-respondí con la misma franqueza. Ustedes me están haciendo lo que Noske y Scheidemann hicieron a Karl Liebknecht y a Rosa Luxemburgo. Le allanan el camino al fascismo. Si los obreros españoles y franceses no les salvan, usted y sus colegas seguirán el camino del exilio igual que sus predecesores, los socialdemócratas alemanes.[3]

Todo esto era muy cierto. Pero la llave de la celda seguía en manos del burgomaestre Stockmann.

No abrigaba gran esperanza de encontrar refugio en algún otro país. Los países democráticos se protegen del peligro de la dictadura apropiándose de algunos de los peores rasgos de ésta. Hace ya mucho tiempo que, para los revolucionarios, el llamado "derecho" de asilo se ha convertido en una indulgencia. A esto se unían el arresto domiciliario y el proceso de Moscú.

No es difícil comprender con cuanta alegría recibimos el telegrama del Nuevo Mundo donde decía que el lejano México nos daría hospitalidad. Se veía una salida al impasse y a Noruega. Al ver del tribunal le dije al oficial de policía que me custodiaba: "Tenga la bondad de informarle al gobierno que mi esposa y yo estamos dispuestos a abandonar Noruega lo antes posible. Sin embargo, antes de solicitar la visa mexicana, quisiera hacer los arreglos necesarios para una travesía segura. Debo consultar a mis amigos: al diputado Konrad Knudsen, al director del Teatro Nacional de Oslo, Haakon Mayer y al exiliado alemán Walter Held.[4] Con su ayuda podré conseguir una escolta y garantizar la seguridad de mi archivo".

El Ministro de Justicia, quien llegó al día siguiente a Sundby acompañado por tres altos funcionarios policiales, se sentía anonadado por mi solicitud extremista. "En las cárceles zaristas -le dije- los exiliados podían ver a sus familiares o amigos para arreglar sus asuntos personales".

"Sí, sí -respondió el ministro con aire filosófico- pero los tiempos han cambiado..." Se negó a abundar en mayores detalles acerca del cambio de los tiempos.

El 18 de diciembre el ministro volvió para anunciar que se me negaban las visitas, que la visa mexicana ya estaba concedida sin mi participación (hasta el día de hoy no sé cómo se hizo) que al día siguiente mi esposa y yo seríamos embarcados en el carguero Ruth y alojados en la enfermería. No ocultaré que me negué a estrechar la mano del ministro cuando se fue... Sería injusto no agregar que el gobierno hizo lo que hizo violando directamente la posición y la conciencia de su partido. Así, entraron en conflicto con los representantes liberales o simplemente honestos de la administración y del poder judicial y se vieron obligados a confiar en el sector más reaccionario de la burocracia. Sea como fuere, el empeño policial de Nygaardsvold [primer ministro noruego] no despertó el entusiasmo de los obreros. Aprovechó la oportunidad para mencionar con agradecimiento y respeto a los dignos militantes del movimiento obrero como Konrad Knudsen, Olav Scheflo y Haakon Meyer, por tratar de modificar la actitud del gobierno,[5] No puedo dejar de mencionar una vez más a Helge Krog, quien con pasión e indignación estigmatizó la conducta de las autoridades noruegas.

Además de una noche de temor, sólo nos quedaban algunas horas para guardar nuestras pertenencias y libros. Ninguna de nuestras numerosas migraciones se había realizado en semejante atmósfera de apuro febril, semejante sensación de aislamiento total, incertidumbre e indignación reprimida. En medio del pandemónium mi esposa y yo intercambiábamos alguna que otra mirada. ¿Qué significa? ¿Qué hay detrás de todo esto? Y luego salíamos corriendo, cada uno con un atado de pertenencias o un paquete de papeles. "¿No será una trampa del gobierno?", preguntó mi esposa. "No lo creo", respondí, dubitativo. En el salón, los policías, con las pipas apretadas entre los dientes, claveteaban los cajones de libros. La niebla descendía sobre el fiordo,

Partimos en el mayor secreto. Para desviar la atención de los periódicos, se les dio la falsa noticia de que seríamos transferidos a otra parte. El gobierno temía que yo me negara a embarcar y que la GPU lograra colocar un explosivo en el buque. Mi esposa y yo consideramos que este último temor no carecía de fundamentos. En este caso nuestra seguridad coincidía con la del buque noruego y su tripulación.

Nos recibieron a bordo del Ruth con curiosidad, pero sin la menor hostilidad. Llegó el anciano dueño del barco y, gracias a sus buenos oficios, no nos instalaron en esa enfermería oscura con tres camastros y sin mesa, que por alguna razón incomprensible nos habían asignado los sabuesos del gobierno, sino en un cómodo camarote perteneciente al dueño y contiguo al del capitán. Así pude trabajar durante la travesía...

A pesar de todo esto, guardamos un cálido recuerdo de la maravillosa tierra de bosques y fiordos, de la nieve bajo el sol de enero, de esquíes y trineos, de niños de ojos celestes y cabello color del trigo, y de ese pueblo flemático y levemente huraño, pero serio y honrado. Noruega, ¡adiós!



[1] En el Atlántico. Fourth International, junio de 1941, donde apareció bajo el título de ’’Páginas del diario personal de Trotsky’’. Fourth International fue la revista teórica del Socialist Workers Party [Partido Socialista de los Trabajadores, de Estados Unidos] desde 1940 hasta 1956. Luego tomó el nombre de International Socialist Review.

[2] Después de la Primera Guerra Mundial la región alemana del Saar quedó bajo la administración francesa, supervisada por la Liga de las Naciones, creada en 1919 por la Conferencia de Paz de Versalles, como supuesto organismo de gobierno y colaboración mundial que impediría futuras guerras. Demostró su bancarrota total cuando fue incapaz de impedir la invasión japonesa a China, la invasión italiana a Etiopía y otros eslabones de la cadena que condujo a la Segunda Guerra Mundial.

[3] Gustav Noske (1568-1946): ministro de Defensa socialdemócrata, y Philipp Scheidemann (1865-1989), dirigente de la derecha socialdemócrata alemana, dirigieron el aplastamiento de la revolución de noviembre de 1918. Fueron responsables del asesinato de Karl Liebknecht (1871-1919) y Rosa Luxemburgo (1871-1919), socialdemócratas de izquierda, fundadores de PC alemán y dirigentes de la revolución de 1918. El vaticinio de Trotsky de que Trygve Lie y sus colegas se convertirían en exiliados en pocos años, se cumplió cuando Alemania invadió Noruega en la Segunda Guerra Mundial.

[4] Walter Held (1910-1941): trotskista alemán, emigró a Noruega cuando Hitler llegó al poder. Fue secretario de Trotsky en Noruega. Viajando legalmente por la URSS, la GPU lo arrestó en un tren y lo ejecutó.

[5] Olav Scheflo (1883-1959): dirigente del NAP, fue vocero de su ala izquierda durante la Primera Guerra Mundial y partidario de la afiliación a la Comintern. Editaba el periódico del NAP en Kristiansand.



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