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Entrevista con el comité de relaciones culturales con América Latina[1]

 

 

27 de julio de 1937

 

 

 

Pregunta: ¿Coincide usted con Max Eastman acerca de que la experiencia del socialismo en Rusia ha llegado a su fin? ¿Podría sintetizar las sucesivas etapas por las cuales la Unión Soviética echó por la borda hasta el último vestigio del socialismo?

Respuesta: Permítanme, damas y caballeros, hacer una observación preliminar. En esta misma sala se realizaron las sesiones de la Comisión Investigadora, presididas por el señor Dewey. Con mucha frecuencia debía hacer mención de “mis actividades terroris­tas”, “mi vida con Hitler”, “mis actividades de des­trucción”; mi abogado, el señor Goldman de Chicago, que ocupaba un asiento cerca de aquella ventana, me interrumpía y decía, su supuesta alianza con Hitler, sus supuestas actividades terroristas; porque era un infor­me riguroso, aprendí gradualmente a emplear este término cauteloso. Pero uno de mis amigos (ustedes saben que los amigos son gente peligrosa) habló del supuesto inglés de Trotsky. En los últimos cuatro meses mi inglés no ha mejorado, cosa que lamento mu­cho, y en primer término, tal como hice en la investi­gación, debo solicitar indulgencia por mi supuesto inglés.

Pasemos a la pregunta. Discrepo con mi amigo Max Eastman en que estamos ante el fin del socialismo. No es fácil encontrar el comienzo y el fin de un proceso histórico. Se trata de una lucha, y los resultados se verán después. Sólo puedo decir que surgieron nuevos factores que pusieron en peligro la construcción del socialismo en la Unión Soviética. En el mismo artículo, Eastman dice que si no se producen acontecimientos revolucionarios, la degeneración hacia el capitalismo será inevitable. El problema es cómo organizar y ayu­dar a los factores progresivos en el proceso contra las fuerzas reaccionarias.

Imaginemos que los parientes de un hombre o una mujer enfermos me preguntan a mí, que soy el médico, sobre la situación del enfermo o la enferma y yo contesto que sin la resistencia del organismo, ni la inter­vención científica de la medicina, morirá. No es la respuesta de un médico, es la respuesta de un astró­logo.

Lo mismo ocurre con la Revolución Rusa. La Revo­lución de Octubre creó ciertas premisas para el socia­lismo. Es una nueva forma de propiedad, el nuevo poder político de una clase nueva. La construcción del socialismo y el desarrollo de nuevas condiciones económicas requieren una gran elevación del nivel de las fuerzas productivas. El nivel es demasiado bajo. Des­de el punto de vista del socialismo, si ustedes pre­guntan si estamos ante el fin del socialismo, yo respon­do que las nuevas formas de propiedad creadas por la Revolución de Octubre se mantienen y permanecen; las formas están deformadas, pero no aniquiladas; existen. Las fuerzas productivas crecen. Es un progre­so, pero el poder político se ha degenerado.

El problema de la construcción del socialismo y del periodo de transición depende del estado. El nuevo estado del socialismo, cuando exista como socialismo, como sociedad socialista, no necesitará la intervención estatal; el estado desaparecerá. El hecho de que el estado deba guiar el proceso hacia el socialismo demuestra que el socialismo no existe todavía y, si el estado se degenera, se crea el mismo peligro que si el capitán de un barco se volviera hostil hacia los pasaje­ros. Si los intereses de una nueva casta dominante son contrarios al socialismo, todo el problema de la cons­trucción del socialismo se vuelve complicado. Así es la situación en la Unión Soviética. Si las masas tra­bajadoras tienen el poder, estamos seguros de que sus intereses las impulsarán hacia el socialismo. Sin embar­go, si una nueva aristocracia, una nueva casta privile­giada se cristaliza y concentra el poder en sus manos, existe el peligro de que el proceso hacia el socialismo se detenga porque a la nueva casta le interesa fortale­cer e intensificar su posición como nueva casta domi­nante.

Esta es la situación en la Unión Soviética. Tenemos algunas premisas para un nuevo socialismo. Tenemos el crecimiento de las fuerzas productivas y al mismo tiempo tenemos un nuevo estrato dominante que, por su carácter, es hostil al socialismo. El problema de si es o no es el fin, depende de la suerte que corra este nuevo estrato dominante. Si el pueblo derroca a este estrato, no es el fin. De las actividades en el país y en el extranjero dependerá que el nuevo estrato dominante logre fortalecer su posición y dominar al pueblo. En tal caso, sería el fin del socialismo.

P: ¿Cuál es su actitud hacia los procesos y las ejecu­ciones que tuvieron lugar en Rusia?

R: Lo primero que puedo decir sobre mis supuestos crímenes aparecerá en una publicación de Harper en agosto, en un informe estenográfico textual de las sesiones celebradas aquí; a quien sienta verdadero in­terés por mis crímenes, reales o supuestos, y por el destino de la Unión Soviética, le recomiendo que lea ese informe textual. Sólo puedo agregar que el hecho de que se hayan realizado los procesos constituye un síntoma social e histórico muy importante que muestra el agudo conflicto entre la nueva burocracia y el pueblo. El hecho de que la nueva burocracia se vea obligada a emplear semejantes medios, sin prece­dentes en la historia humana, demuestra que la posi­ción de esta nueva aristocracia en una sociedad surgida de la revolución más grande de la historia es suma­mente problemática y peligrosa.

Algunas personas creen sinceramente en la veraci­dad de las acusaciones porque nuestros intelectos son intelectos holgazanes. Recurrimos a los preceden­tes históricos en la medida que los conocemos; imagi­nemos una nueva situación histórica creada por la revo­lución más grande, capaz de crear una nueva situación para la clase dominante y obligarla a emplear medios extraordinarios para enfrentar crímenes; crímenes ver­daderos, no crímenes supuestos. Nuestras mentes se resisten a comprenderlo; resulta más fácil confiar en el señor Duranty, en Louis Fischer, o en Anna Louise Strong, agentes de la GPU. Si hay preguntas concre­tas sobre los procesos, las responderé con mucho gusto.

P: Se dice que los acusados en el primer proceso confesaron porque se les prometió la vida a cambio de ello. Por cierto, en el segundo proceso los conde­nados no podían abrigar esperanzas, ya que sabían lo que les había sucedido a los procesados del primer jui­cio. Entonces, ¿cómo explica usted que los acusados del segundo proceso confesaran, a sabiendas de que serían ejecutados después de confesar?

R: Es una pregunta importante. Esta duda con res­pecto al carácter de las confesiones deriva de un análi­sis excesivamente racionalista de la sicología de los acusados. Empecemos por lo último. De los acusados del segundo proceso, varios, pero no todos, fueron fusilados. En el primer proceso fusilaron a todos. En el segundo proceso fusilaron a cuatro. Ustedes saben que si yo me presento ante los acusados antes del pro­ceso y les digo: “Ustedes son diecisiete; fusilaremos a trece, perdonaremos a cuatro; no les diré quiénes se salvarán, no les diré quiénes son los cuatro” - ahí hay una esperanza, un rayo de esperanza, y cada cual tratará de salvarse, sobre todo si la mente y el carác­ter se encuentran totalmente destruidos tras una larga temporada en la escuela de la gran GPU. Sólo se invita a confesar a los que se encuentran ya desmoraliza­dos por años de persecuciones, y luego, cuando tengo a diecisiete, les digo, sí, fusilamos a los del primer jui­cio, pero esos eran verdaderos criminales, gente peli­grosa. Pero usted, señor Radek, usted no es un crimi­nal, usted debe ayudarnos a salvarle la vida, porque durante diez o doce años usted formó parte del grupo dominante y podemos hacer por usted, o hacerle a usted, lo que queramos y no tenemos interés en fusi­larlo porque usted no es peligroso. Este señor Radek es un periodista sin influencia política, ¿qué interés po­dríamos tener en fusilarlo? Si usted nos ayuda lo salva­remos, pero si se niega los verdugos están dispuestos a cumplir con su deber. Y entonces confiesa. Así sucede siempre.

Todos los que cayeron en manos de la Inquisición confesaron. No fue con fuego ni tortura, los métodos son más bien sicológicos. No creo que Stalin y su ex amigo Iagoda, acusado ahora de criminal, emplearan fuego y hierro. Esta es una época más sutil, aprendemos esas cosas de Freud, es posible destruir la sicolo­gía de un hombre muy fuerte si se encuentra totalmente aislado. Si toda la prensa es una prensa tota­litaria, si el magistrado piensa igual que el señor Duranty; o que el señor Louis Fischer, o que los repre­sentantes extranjeros del régimen, los prisioneros leen exactamente la confesión que se les preparó. Si el pri­sionero no confiesa, arrestan a su esposa, arrestan a su hijo, y entonces el investigador vuelve y dice, la suerte de su esposa y de su hijo depende de su confe­sión. Lo mismo se le dice al hijo si no confiesa; enton­ces, el investigador vuelve al padre y le dice, su hijo ha confesado; ¿confesará usted? Ustedes saben que todo el poder está en manos del juez. No es difícil sacarle confesiones a un hombre que ha perdido toda espe­ranza.

P: ¿Hemos de creer, entonces, señor Trotsky, que los dirigentes de la Revolución de Octubre que fueron juzgados son hombres carentes de honor, carentes de coraje, carentes de devoción por la causa a la cual entregaron tanto; hombres dispuestos a cometer perju­rio en su propia contra y a presentar confesiones falsas en lugar de defender sus convicciones?

R: La humanidad no se divide en mortales comunes y héroes absolutos. Existe una diferencia entre el hom­bre de la calle y el hombre que desempeña un papel más o menos heroico en la historia. Están hechos del mismo barro, pero uno es más resistente que el otro. Ustedes conocen la resistencia de los materiales; con la naturaleza humana sucede lo mismo. En segundo lugar, diría que para ser un héroe en la actividad polí­tica se necesita una perspectiva, una esperanza, un esbozo de programa. Los que confesaron habían perdi­do sus ideas individuales mucho tiempo atrás. Habían capitulado ante la burocracia, no una, sino muchas veces. Los que fueron juzgados estaban aislados del mundo exterior, no tenían la suficiente fuerza teórica como para analizar la situación, perdieron toda pers­pectiva y se decía que la burocracia había triunfado; entonces los acusados pensaron, ¿qué podemos hacer en esta situación? El fascismo extiende su poder por todo el mundo, nuestros obreros están más o menos desilusionados, están deprimidos, ¿qué podemos ha­cer? Somos impotentes; debemos capitular ante la burocracia. Perdieron el escaso apoyo que tenían antes.

Después de la capitulación, la burocracia les dijo, la capitulación no es bastante, amigos, deben ayudar­nos a exterminar completamente a toda la oposición. ¿Qué podían hacer? Si se negaban, no eran partidarios del estado soviético y serían fusilados. Y entonces estos hombres, infelices, aislados, se dijeron: nos sacrifica­remos. Capitulo, reconozco que el estado soviético, tal como existe bajo Stalin, es la única esperanza. Reconoz­co que la Oposición no tiene perspectivas y sí me niego a confesar, será únicamente con base en considera­ciones morales abstractas. Entonces capitularon moral­mente, así como antes habían capitulado políticamente.

P: ¿Qué hubiera sucedido en Rusia si usted, no Stalin, hubiera sido el sucesor de Lenin? ¿Cuál sería su programa?

R: No se puede dar una respuesta realista a esta pregunta. No es casual que yo no sea el sucesor de Lenin. Eso se debe a que después de la revolución se abrió un nuevo capítulo, el capítulo de la decadencia y degeneración, y la burocracia, con su instinto de nueva casta dominante, expulsó de sus filas a todos los que representaban a la Revolución de Octubre. Ustedes ven la escisión del partido, cientos de miles de expul­sados del partido, muchos arrestados. No es casual; es una nueva cristalización de los elementos sociales. La primera cristalización fue revolucionaria; la nueva casta dominante es reaccionaria; el proceso obedece a una ley histórica. No es casual que la nueva casta domi­nante encontrara dirigentes que defendieran sus inte­reses, y mi derrota personal no fue una derrota personal, sino de la tendencia que represento. No es un duelo entre dos hombres, como dicen los periodistas de la prensa burguesa estúpida; ni es resultado de que yo no estuviera presente en el funeral de Lenin, como dice el muy inteligente señor Duranty, sino el resultado de un conflicto entre la burocracia y la vanguardia revo­lucionaria de las clases trabajadoras. Por eso no puedo responder a esta pregunta en forma abstracta, así como no puedo volver en las condiciones imperantes, pero en otras condiciones trataremos de hacer mejores cosas. En condiciones revolucionarias, con el nuevo ascenso de los obreros en todo el mundo, la clase obrera rusa tendrá muchas esperanzas y perspectivas. Por eso no puedo analizar la situación hasta que ocurran estos acontecimientos.

P: ¿Cree usted en una revolución mundial, contra una revolución puramente rusa?

R: No se trata solamente de creer. Los intereses del nuevo estrato dominante de la Unión Soviética son con­servadores. La lucha contra mis ideas se inició con la lucha contra la llamada “revolución permanente”. Muchos de ustedes, damas y caballeros, la conocen. El burócrata decía: “Estamos haciendo nuestra revolu­ción; ¿qué hará Trotsky con la revolución permanen­te? Queremos descansar y aprovechar los resultados de nuestra revolución”. Las expresiones más fuertes per­tenecen a personas que no participaron en la Revolu­ción de Octubre. Ahora, dejando de lado a los altos burócratas que estuvieron en la Revolución de Octubre, encontramos que todos los que ocupan altos cargos estaban del otro lado de la barricada.

El señor Troianovski, embajador en Washington, era contrarrevolucionario. En 1920 ó 1921 Lenin y yo discutimos si debíamos arrestarlo. Apareció en 1921, cuando el resultado de la guerra civil ya estaba claro y empezamos a adjudicar puestos importantes; en esa época los sacrificios no eran grandes. Ahora el señor Troianovski es representante de la revolución y mis amigos y yo somos considerados contrarrevoluciona­rios.

Maiski, actual embajador ruso en Londres, repre­sentaba a las fuerzas del gobierno blanco durante la guerra civil. Cuando su ejército quedó derrotado per­maneció en aislamiento y poco a poco se convirtió en un bolchevique feroz. Ahora es dirigente de la Revolu­ción de Octubre.

Todos los demás embajadores, con excepción de Kollontai, estaban del otro lado de la barricada[2]. Lo mismo ocurre con todo el estrato superior de la buro­cracia, con excepción de Stalin y algunos más. Cuando leo los periódicos soviéticos siento indignación mezcla­da con ironía. Si leen las obras de Lenin, que están en esta habitación, encontrarán expresiones muy amargas. Califica a los actuales dirigentes de canallas y emplea otras expresiones despectivas, no las conozco en inglés, pero los términos rusos son muy concretos. Koltsov, que ahora está en España, estuvo con los Blan­cos durante la guerra civil, ahora es el periodista más importante de Rusia y me acusó de agente de Hitler.

Stalin es otro personaje que participó en la Revo­lución, pero los burócratas necesitan a un personaje así en un puesto de autoridad, uno que posea un auténtico pasado revolucionario; hay otros del mismo tipo, pero poseen un nuevo tipo de carácter cuasirrevolucionario. El fiscal Vishinski estaba en Ucrania durante la guerra civil y era oficial del ejército Blanco, nos combatía. El es el hombre que mandó matar a toda la Vieja Guar­dia bolchevique. A causa de esa clase de dirigentes me resultaba imposible ocupar la posición que ocupa ahora Stalin.

P: Si fuera necesario pedir la intervención de poten­cias extranjeras para ayudar a las auténticas fuerzas socialistas en Rusia, ¿apoyaría usted esa intervención?

R: La pregunta es muy importante y muy intere­sante. Antes de pasar a la primera parte de mi respues­ta diré que la pregunta supone que soy partidario del auténtico socialismo y que, para ayudar al auténtico socialismo estoy o estaría dispuesto a pedir la inter­vención extranjera. Por favor, no olviden que se me acusa de pedir la intervención extranjera, no para ayudar al auténtico socialismo, sino para guiar a Rusia a la restauración del capitalismo. Y no es casual que la pregunta se formule aquí de esta manera. ¿Por qué? Porque en ese caso la burocracia podría decirle a los obreros de la Unión Soviética que Trotsky quiere un socialismo auténtico, más igualdad, mayores liber­tades para el pueblo y por lo tanto pide intervención extranjera para conseguirlo. Un obrero común diría, es muy dudoso, pero Trotsky podría tener razón. Sin embargo, esto no es lo que se dice en Rusia sobre mí. En Rusia la burocracia les dice a los obreros que Trots­ky quiere remplazar al socialismo por el capitalismo. Los amigos de la burocracia soviética leen mis escritos, son más críticos, y le responden al señor Browder[3]. Usted sabe que no es así, no es probable que Trotsky quiera el capitalismo. No puedo creer, dice un amigo culto de la Unión Soviética, no puedo creer que Trotsky mató a Kirov, o que destruyó ferrocarriles. No puedo creer que Trotsky se haya vuelto amigo de Japón. Para esta gente inventan otra historia. Trotsky tiene una concepción propia del auténtico socialismo, pero es un fanático y recurrirá a cualquier medio y a cualquier crimen para lograr su socialismo auténtico. Son dos versiones, una para uso interno y la otra para uso externo.

Pasemos a la segunda parte de la pregunta. Los marxistas revolucionarios fuimos derrotistas bajo el régimen zarista y dijimos abiertamente durante la guerra que estábamos por la derrota del ejército zaris­ta. Lo mismo decían los elementos revolucionarios en Alemania, con Carlos Liebknecht y Otto Ruehle. El estado mayor y la GPU de aquella época nos acusaron de tener una alianza con las potencias extranjeras. Acusaban a Lenin de agente alemán, lo mismo que a mí, y las autoridades británicas me arrestaron en Cana­dá y me detuvieron en un campo de concentración como agente alemán. Liebknecht y sus amigos estaban acu­sados de ser agentes del zar. Pero nosotros respon­dimos: estamos por la derrota del zar mediante la acción revolucionaria de las masas trabajadoras. Los alemanes que están por la derrota de Hohenzollern no participarán en la guerra[4]. No nos importa la de­rrota militar, estamos por la victoria revolucionaria. Una victoria revolucionaria, sea en Rusia o en Alema­nia, trasformará la derrota en una victoria del pueblo trabajador.

Decir que los revolucionarios rusos podemos hacer una alianza con Alemania o con el Mikado es una estu­pidez demasiado grande para ser creída. ¿Es concebi­ble que bajo un régimen que no es zarista, sino un esta­do degenerado, un estado soviético (donde el socialis­mo no ha llegado a su fin, como dice nuestro común amigo Max Eastman, donde el socialismo posiblemente sigue existiendo), yo formaré una alianza con un Mikado, o con un Hitler? ¿Con qué fin? Devolver el poder a los capitalistas. No soy accionista de ninguna empresa capitalista, y durante toda mi vida he sido más o menos socialista. De modo que, para lograr el socia­lismo auténtico, yo pediría la ayuda de un Mikado o de un Hitler: la hipótesis es tan estúpida que ni siquiera merece respuesta.

P: ¿Cree usted que la Unión Soviética sigue siendo la mayor esperanza del proletariado?

R: La pregunta está formulada de manera demasia­do abstracta. Diré que si enseñamos a los obreros a no creer en la burocracia soviética; si les enseñamos en todas partes, ahora sobre todo en España, a rechazar la dominación de la burocracia soviética; si enseñamos a los obreros a pararse sobre sus propios pies, entonces salvarán los escasos vestigios que quedan de la revo­lución rusa y abrirán nuevas perspectivas para un socia­lismo nuevo.

P: ¿Cree usted que sería posible derrocar al stalinismo sin que se pierda la verdadera revolución?

R: No sólo lo creo, sino que estoy absolutamente seguro. La suerte de la humanidad y la suerte del pue­blo soviético está ligada al derrocamiento de la nueva camarilla imperante que domina, oprime y explota al pueblo. Derrocamos al zar y a la burguesía soviética; también derrocaremos a la camarilla de Stalin y libera­remos a la Revolución de Octubre para un futuro me­jor.

P: ¿En qué circunstancias aconsejaría a sus partidarios que entrasen en un frente único, como en Francia?

R: La Comintern ha falsificado totalmente el pro­blema del frente único en los últimos dos o tres años. Los marxistas éramos y somos partidarios del frente único de los obreros contra los explotadores; por el frente único de los obreros con los pequeños burgueses explotados, los pequeños artesanos, contra los bancos y los explotadores; pero estamos contra el frente único de obreros y explotadores. El Partido Radical Socialista francés de Herriot, de Chautemps, es democrático por su forma, pero por su esencia es un partido de los capi­talistas franceses; en caso contrario, este partido no hubiera podido permanecer en el poder durante tanto tiempo[5]. Como resultado de ello, vemos que los capi­talistas están muy prósperos. Si el Partido Radical Socialista está por los oprimidos, entonces debe actuar en favor del pueblo contra los capitalistas. No fue así. El frente único francés es un partido capitalista. Los capitalistas son muy inteligentes; pueden usar distin­tos instrumentos; pueden usar a Hitler, pueden usar a Mussolini, inclusive pueden usar a los partidos democráticos, tal como usan a los radical-socialistas france­ses. Nuestro deber de socialistas es declarar que no creemos en las buenas fórmulas del señor Herriot porque él es un representante de los capitalistas y si yo entro en un frente único con él, lo ayudo a traicionar a las masas trabajadoras. Si alguien quiere mi consejo, le diré: yo entraré solamente en un frente único de los obreros y las masas explotadas contra el capital y los explotadores.

P: ¿Cuál es su actitud hacia el conflicto en España?

R: He expresado mi opinión en artículos y periódicos. Desde el principio del conflicto opiné que el resultado de la Guerra Civil dependerá de las armas en un veinticinco por ciento, quizás tan sólo en un diez por ciento. En un setenta y cinco o inclusive en un noventa por ciento dependerá de un programa revolucionario. Creo que en mi primera entrevista con el señor Herring sostuve que no había esperanzas de una ver­dadera victoria militar de los llamados republicanos, porque tienen el mismo programa que Franco. Un cam­pesino español ve las grandes propiedades terrate­nientes y se pregunta: ¿Por qué debo luchar por la democracia? Vio la democracia en el pasado, pero en la Guerra Civil no existe democracia. Existe una fuerte censura militar y los obreros o los campesinos no ven ninguna diferencia. Para ambos bandos es un régimen militar. Por eso los campesinos y los obreros se han vuelto indiferentes a la Guerra Civil. Yo no voy a ser indiferente; estoy por la victoria del ejército repu­blicano, pero mi opinión no tiene importancia. La vic­toria estará determinada por los sentimientos de millo­nes de trabajadores pobres y oprimidos de que esta es la revolución, y yo afirmo que los republicanos hicie­ron todo lo posible por garantizar su propia derrota.

Repito, triunfamos en nuestra guerra porque tuvimos un buen programa revolucionario, no porque seamos genios militares. Cada campesino, cada obrero sabía que era una guerra por su libertad. Creo que en la Guerra Civil de ustedes el veinticinco por ciento de la victoria corresponde a Grant y el setenta y cinco por ciento a Lincoln. Es un porcentaje muy generoso para Grant. Lo que garantizó la victoria fue el programa de liberación de los esclavos. Es bueno tener un buen comandante, pero es mejor tener un programa.

P: ¿Está usted de acuerdo con las tácticas escisionistas aplicadas por los trotskistas norteamericanos en el Partido Socialista?

R: Permítanme no referirme a la política norteame­ricana. Ustedes saben que el primer día que llegué a México declaré a la prensa que no intervendría en la política de este país, ni en la de ninguno de sus veci­nos; no haré nada que pueda crearle dificultades al gobierno mexicano. Ustedes saben que México es el único país que me permite continuar con mis activi­dades literarias y me siento muy agradecido al gobierno mexicano por su generosidad. A pesar de lo informado por el corresponsal de Time a la opinión pública no tengo posición con respecto a los problemas norteame­ricanos. Soy un alumno, estoy aprendiendo. Empecé por el idioma, inglés y luego español. No puedo formarme una opinión concreta sin seguir la prensa diaria. Ahora leo la prensa diaria de Estados Unidos y de Mé­xico. Cuando tenga una opinión, se las trasmitiré.

P: Volviendo al proceso de Moscú, el hecho de que a cuatro de los diecisiete se les hubiese prometido la vida, ¿es una opinión suya, o se basa en los hechos?

R : Ambas cosas. No tengo informes concretos sobre la indagación de cada uno de los acusados. Stalin y Vishinski no revelaron los métodos que emplearon, pero ahora en Europa hay personas que escaparon de la Unión Soviética con ayuda de sus embajadores o por otros medios. Tenemos al escritor Víctor Serge, al comunista yugoslavo doctor Ciliga, al alemán Weiss, al ruso Tarov y otros[6]. Por ejemplo, en 1930 un mari­nero estuvo encarcelado en la cárcel de la GPU de Leningrado, junto con otros y con Ciliga, que lo conoció en esa época. La GPU le pidió que confesara que había participado en una conspiración para asesinar a Stalin, y que en ese caso sería puesto en libertad. En caso con­trario, lo fusilarían. El hombre enloqueció en la prisión y entonces lo soltaron. Hay muchos más.

Las acusaciones de terrorismo no empezaron con el asesinato de Kirov; empezaron en 1928 y 1929. Los franceses dicen que para hacer guiso de liebre se nece­sita una liebre. La historia continúa desde 1929 hasta 1935; entonces, empiezan a organizar una conspira­ción terrorista para asesinar a Kirov. Usaron a Nikolaev. Pero para preparar la conspiración no bastaban los agentes de la GPU. Se necesitaban elementos nue­vos. Encontraron a Nikolaev, que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. Lo usaron. Le dieron todos los medios como para poder detenerlo a último momento pero sus sentimientos eran sinceros y disparó antes de tiempo. Fue un accidente producido por la máquina de la GPU y toda la historia fue construida sobre esa base. Entonces dijeron: ustedes son responsables morales.

En enero de 1935 condenaron (a Zinoviev y Kame­nev) a cinco años de prisión. El público conoció los deta­lles. Es una expresión muy elástica de la responsabi­lidad moral. Al mismo tiempo la prensa los acusó de responsabilidad moral. En realidad, ellos [la GPU] esta­ban vinculados a Nikolaev; prepararon la conspiración y la evidencia y se hizo necesario educar al pueblo. Si Stalin y Vishinski hubieran dicho “maten a Kirov” cinco o seis años antes, ellos hubieran dicho, “no, es una política reaccionaria”. Stalin y ellos lo lograron en 1935 mediante una serie de juicios. Stalin no era reac­cionario como es ahora, sino revolucionario. La buro­cracia creada por la nueva casta privilegiada desmora­lizó al dirigente. Así es la influencia del grupo reaccio­nario.

P: ¿Puede hablar más específicamente de la vida del pueblo ruso bajo la burocracia de Stalin?

R: Es absolutamente cierto que en los últimos diez años las fuerzas productivas se elevaron constante­mente y que eso creo la posibilidad de elevar el nivel de vida de los obreros. Eso no es socialismo. Bajo el capi­talismo tuvimos y seguimos teniendo esa elevación. Pero ese crecimiento de las fuerzas productivas bajo el socialismo se logró con otro tipo de organización social. Las naciones se volvieron cada vez más grandes e inclu­sive dieron a sus obreros una parte del ingreso nacio­nal, pero los estratos privilegiados recibían una parte mayor de las ganancias. Ese es el proceso que se está produciendo en la Unión Soviética.

En la Unión Soviética no se publican estadísticas honradas. Nada habla peor de la burocracia de un estado socialista que el hecho de falsificar o embelle­cer las estadísticas. En un estado que avanza hacia el socialismo las estadísticas deben ser claras como el aire de primavera. Yo sostengo que en ningún país hay esta­dísticas tan deshonestas como en la Unión Soviética. Tengo mil veces más confianza en las estadísticas de cualquier país capitalista que en las de la Unión Sovié­tica, porque la burguesía es una clase que posee los medios de producción de manera franca y los informes estadísticos son más o menos honrados. En la democra­cia la burguesía no puede ocultar los números. No puede porque existe la lucha de los distintos partidos, de periódicos distintos y antagónicos. En el estado tota­litario soviético existe un solo partido y la burocracia puede ocultar sus ingresos. En mi libro calculo que un sector privilegiado, que constituye el quince por ciento de la población rusa, consume el cincuenta por ciento del ingreso nacional de la Unión Soviética.

P: ¿Dónde obtuvo esas estadísticas?

R: La falsificación de estadísticas es una cosa complicada. Sin embargo, si uno tiene experiencia en esta clase de cosas y conoce la sicología de las personas, puede comparar los números al final de la columna con los números que encabezan la columna y calcular el coeficiente de falsificación.

P: Se dice que existen diferencias muy profundas entre Stalin y usted en cuanto al programa campesino y agrario. ¿Cuáles son esas diferencias y cuáles han sido los resultados del programa campesino ruso?

R: Hasta el 29, inclusive hasta el 30, me acusaban de ignorar al campesino para acelerar la industriali­zación del país. Existía la necesidad de industrializar y de aplicar impuestos a los kulaks. Exageraron, me acu­saron no de imponer fuertes impuestos a los kulaks, sino de querer exterminarlos, inclusive [de estar] dis­puesto a exterminar a los campesinos en general. Hasta 1929 y 1930 la burocracia estaba en muy buenos tér­minos con los campesinos ricos. Cuando un burócrata llegaba a la aldea buscaba una buena casa y un buen caballo, que eran propiedad exclusiva de los kulaks. Si quería casarse buscaba una muchacha más culta entre los kulaks y entonces se convertía en yerno del kulak. En 1929 y 1930 empezaron a acusarme de ene­migo de los campesinos en general. Pero el campesino rico se volvió más rico y recuperó conciencia de su poder y dijo, ahora quiero más poder en el estado, más que el burócrata. Entonces el burócrata temió que su poder pasara a manos de la aristocracia campesina.

Era una lucha entre el burócrata y los campesinos ricos. Era una lucha entre dos estratos privilegiados de la sociedad. Ambos se volvieron temibles en la lucha por sus posesiones. No era una lucha por el socialismo, sino entre dos estratos privilegiados. Entonces empe­zaron a acusarme de ser el Padrecito de los kulaks rusos. El resultado fue que en 1931, 1932, 1933, el destino del país estuvo en la cuerda floja. Si Hitler hubiera llegado al poder en esa época, habría podido apoderarse de Rusia casi sin encontrar resistencia. Hubo una gran hambruna con millones de víctimas. La burocracia dijo que esto era resultado del socialismo. ¡Falso! Pero ocurrió debido al desarrollo de una nueva casta pequeñoburguesa.

P: ¿Cuál es la influencia de la sicología armamen­tista y belicista imperante sobre el programa ruso?

R: Ayuda a la burocracia. Es muy importante. Para hacer un informe claro sobre la situación en Rusia es necesario considerar el problema que tenemos ahora; con el crecimiento del movimiento fascista, el creci­miento del peligro de guerra y el crecimiento del arma­mentismo, la burocracia soviética se vuelve omnipo­tente. Es un paralelismo de intereses entre la reacción bélica y la reacción soviética. Si tuviéramos un alza del movimiento social revolucionario en todo el mundo, incluyendo los países fascistas, la dominación de la burocracia soviética se volvería imposible. El obrero ruso no la toleraría. Ahora dice, -¿qué puedo hacer? Es impotente-. Sólo puedo elegir entre Hitler y Stalin, ¿qué puedo hacer? Y se paraliza. Hitler ayuda a Stalin, no a mí. No lo digo por mis sentimientos, sino porque la historia demostrará que Hitler ayuda a Stalin y Stalin ayuda a Hitler.

P: ¿Existe algún corresponsal que describa la situa­ción rusa en forma ecuánime? ¿Qué piensa usted de Chamberlin, Fischer, Strong y Duranty?[7]

R: Desgraciadamente me falta información. El único periódico que leo regularmente es el New York Times; leo recortes de otros periódicos, pero no regu­larmente, y no quiero asumir la responsabilidad de recomendar a un corresponsal. Sin embargo, la situa­ción del periodista en la Unión Soviética es muy proble­mática. Al corresponsal le resulta difícil llegar a la verdad. Su radio de observación es muy estrecho aun­que conozca el idioma ruso. Si se lanza a investigar, se vuelve inmediatamente sospechoso y pierde acceso a las autoridades. Radek fue el maestro de Duranty. Habla inglés, es un hombre muy hábil y un gran perio­dista. Conoce la sicología del periodista y recibió la tarea de educar a los corresponsales extranjeros. Cumplió su tarea con éxito. Un periodista debe ser un héroe de la verdad para resistir las influencias en la Unión Soviética. Si escribe favorablemente tiene posi­bilidades de viajar por el país. Lo invitan a las cenas diplomáticas, a los almuerzos. Generalmente es un ser humano que carece de una preparación moral seria. Poco a poco se convierte en instrumento de la burocra­cia y entonces, por orgullo profesional, reniega de sus opiniones anteriores. Durante diez años ha dicho cosas muy buenas. Debe seguir en eso para no perder su reputación profesional. Entonces se realizan los procesos y, para no perder el respeto de las autoridades, continúa siendo instrumento de la burocracia. Si quie­ren una personificación de la Revolución Rusa tienen a John Reed para el primer capítulo y a Walter Duranty para el segundo[8].

P: Algunos sostienen que la nueva constitución rusa es una nueva Carta Magna. ¿Qué piensa usted de la nueva constitución?

R: El objetivo de la constitución fue no sólo engañar al pueblo, sino también aumentar el número de amigos de la Unión Soviética y darles a los dirigentes comu­nistas la oportunidad de seguir engañando. En su esen­cia es absolutamente lo contrario. Es la estabilización del absolutismo burocrático, porque por primera vez el absolutismo del partido se expresa por escrito. El par­tido no es más el partido de las masas, sino la máqui­na de la burocracia. Sólo la burocracia tiene el poder, pero para legalizar el absolutismo de la burocracia la nueva constitución introduce el plebiscito, igual que Hitler. Hitler tiene los votos de toda la población. En Alemania tenemos la constitución de Weimar, que vive y reina. Hitler no cambió la vieja constitución democrá­tica, se limitó a romperle el espinazo y luego dijo, ahora todo está bien. De vez en cuando organizó elecciones generales, pero los candidatos los nombra él, y el que se opone es fusilado. Ese es el plebiscito fascista; la nueva constitución es un intento de perpetuar el absolutismo.

P: ¿Diría usted que la única opción para el trabaja­dor común es Stalin o Hitler?

R: Si dejamos de lado el proceso ruso, diría que no hay opción. Si Franco triunfa en España, si de la Roc­que triunfa en Francia, si Mosley triunfa en Inglaterra, los obreros rusos no podrán optar por Stalin o Hitler; en ese caso, Stalin caerá y será reemplazado por un auténtico fascista ruso[9].

P: Un amigo mío, que fue expulsado de Alemania, cree que Rusia y Alemania conformarán una alianza militar y política contra Asia.

R: Eso depende de los factores que caractericé anteriormente. Hitler necesita la conquista porque el capitalismo alemán actual no puede subsistir sin mate­rias primas. La Unión Soviética posee suficiente terri­torio y suficientes materias primas, por lo que no nece­sita una conquista territorial. Es posible arrojar a Sta­lin a los brazos de Hitler. Todos sienten que la guerra es inevitable, inclusive los pacifistas firmes lo plantean abiertamente. Todos saben que la guerra es inevitable, pero nadie sabe quién peleará contra quién. Porque la situación mundial no es tan estable como era antes de la gran guerra. [Primera Guerra Mundial]. Había una Entente, una alianza y otras combinaciones. Ahora hay una combinación entre Italia y Alemania. Es una alianza problemática, porque Hitler quiere la amistad de Inglaterra y Mussolini odia a Inglaterra. Es dudoso que los intereses alemanes e italianos sean idénticos. También son dudosas las relaciones entre Gran Bretaña y Francia. El primer disparo será el llamado a que las potencias ocupen sus lugares. Es lo que en la última guerra sucedió con Italia. Sucedió con Grecia durante la guerra, pero Estados Unidos aguardó el momento de intervenir. Pero antes de la guerra los beligerantes más importantes sabían quién pelearía contra quién. Ahora, nadie lo sabe.

P: Usted habla de guerra entre países. Qué dice del pueblo trabajador: ¿también irá a la guerra?

R: Creo que al principio irá, porque la Segunda Internacional y la Tercera Internacional son instru­mentos que impiden la oposición de los obreros a la guerra. En la última guerra los pacifistas fueron los partidarios más firmes de la máquina militar. Por otro lado, estoy seguro, y muchos argumentos apoyan esta opinión, que la reacción de las clases trabajadoras contra la guerra sobrevendrá antes que en la guerra anterior, porque subsiste la memoria de la vieja gene­ración. Para la población civil la próxima guerra será diez veces más terrible que la guerra anterior. Todo esto generará una revolución terrible y una oposición a la guerra. El único factor que obra por la paz es el temor de las clases dominantes a las consecuencias revolucionarias de la guerra.



[1] Entrevista con el Comité de Relaciones Culturales con América Latina. Con autorización de la biblioteca de la Universidad de Harvard. El Comité de Relaciones Culturales con América Latina estaba presidido por el profesor Hubert Herring, autor de A History of Latin America. Trotsky habló en inglés y la entrevista fue registrada taquigráficamente por uno de sus secretarios, quien luego entregó una transcripción no corregida al grupo. En el texto que aparece en esta obra se han corregido algunos errores evidentes. El comité de Herring volvió a entrevistar a Trotsky en 1939. Véase “En vísperas de la Segunda Guerra Mundial” (23 de julio de 1939) en Escritos 39-40.

[2] Alexandra Kollontai (1872-1952): la primera mujer diplomática de la historia, fue embajadora en México y Suecia. Fue dirigente de la Oposición Obrera, pero se separó de todas las oposiciones y se integró al aparato antes del inicio de la lucha decisiva contra la Oposición de Izquierda.

[3] Earl Browder (1891-1973): ocupó el puesto de secretario general del PC norteamericano en 1930 por orden de Stalin y, también por orden de Stalin, fue relevado de ese puesto en 1945 y expulsado en 1946. Fue candidato presidencial del partido en 1936 y 1940.

[4] Dinastía Hohenzollern: reinó en Alemania y Prusia hasta 1918.

[5] Radicales: o Radical-Socialistas franceses, ni izquierdistas ni socialistas, eran el principal partido capitalista francés en el período entre las dos guerras mundiales, con una política comparable a la del Partido Demócrata de EE.UU. Camille Chautemps (1885-1963), radical, fue primer ministro de Francia en 1930 y 1933-34, pero debió renunciar cuando se comprobó su participación en un escándalo financiero. Fue primer ministro nuevamente en 1937-38.

[6] Wolf Weiss: joven novelista alemán cuyo arresto y fuga se describen en Service d’information et de presse N° 19/20,1936. Véase el comentario de su libro sobre los procesos de Moscú en este volumen. A. Tarov (1898-1942): obrero de origen armenio, se unió al Partido Bolchevique en la región del Cáucaso en 1917 y participó en la guerra civil. Militante de la Oposición, fue expulsado del partido y deportado a Siberia en 1927. Escapó a Irán y luego a Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial combatió en la resistencia comunista armenia y fue ejecutado por los nazis.

[7] William H. Chamberlin (n.1897): corresponsal del Christian Science Monitor en Moscú (1922-34); en el Lejano Oriente (1935-39) y en Francia (1939); escribió varias obras sobre la Unión Soviética.

[8]John Reed (1887-1920): periodista de izquierda norteamericano, apoyó la Revolución Rusa y escribió Diez Días que conmovieron al mundo.

[9] Coronel Casimir de la Rocque (1886-1946): fundador de Croix de Feu y Volontiers Nationaux, formaciones militares de derecha, en 1934-36 era el principal candidato a dictador fascista. Tras la disolución de sus bandas paramilitares, fundó el Partido Social Francés, fascista, en 1936. Oswald Mosley (n.1896): fundador y dirigente de la Unión Fascista Británica, los llamados Camisas Negras. Estuvo bajo arresto domiciliario durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente se radicó en Francia.



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