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Las elecciones en Gran Bretaña y los comunistas[1]

 

 

10 de noviembre de 1931

 

 

 

Estimado camarada Groves:

 

Recibí la carta que me escribió hace cuatro sema­nas. Discúlpeme por no responderle antes. En este momento estoy ocupado con un trabajo muy importante. Además, me resulta muy difícil escribir en inglés y me llevaría mucho tiempo hacerlo. Para colmo, no sabía si usted lee alemán o francés. Ahora hay aquí un camara­da norteamericano que traducirá esta carta al inglés. Estas razones le permitirán comprender mi demora en responderle.

El trabajo que le mencioné, que me absorberá por lo menos durante un mes y medio, me impide dedicarle más atención al problema inglés, tan importante para nosotros. Incluso tengo poco tiempo para leer los perió­dicos ingleses. Espero que el segundo tomo de mi His­toria de la Revolución Rusa, que ahora estoy comple­tando, les será muy útil a los comunistas de todos los países, y especialmente de Inglaterra, en esta etapa que será testigo de grandes convulsiones en Europa y en el resto del mundo.

Lo dicho explica por qué me resulta difícil emitir una opinión precisa en este momento sobre los pasos prácti­cos que deben dar, en el futuro inmediato, los comunis­tas británicos y la Oposición de Izquierda. Dentro de uno o dos meses volcaré mi atención sobre este proble­ma. Por ahora tengo que limitarme a consideraciones de carácter muy general.

Uno de mis amigos ingleses me escribió el 9 de octu­bre, antes de las elecciones parlamentarias, sobre el rápido crecimiento del Partido Comunista y de cierto acercamiento al comunismo de los militantes de base del ILP[2]. Mi corresponsal también se refirió a un re­surgimiento del Movimiento Minoritario[3] en los sindicatos y al creciente papel dirigente que juega esta organización en las esporádicas luchas huelguísticas. Con el trasfondo de la crisis mundial y de la crisis na­cional británica, estos incidentes aislados llevarían a suponer que en los últimos dos años se fortaleció el Par­tido Comunista. Pero las elecciones fueron un desenga­ño absoluto en este sentido. De los cientos de miles de votos que perdieron los laboristas, el partido a lo sumo ganó veinte mil, lo que, teniendo en cuenta el aumento del número de votantes, no es más que una fluctuación coyuntural transitoria, y de ninguna forma una victoria política seria. ¿Dónde está la influencia del partido en­tre los desocupados? ¿Entre los obreros de las minas de carbón? ¿Entre la joven generación de trabajadores que votó por primera vez? Realmente, el resultado de las elecciones es una condena terrible a la política del par­tido y de la Comintern.

No seguí de cerca la táctica del partido británico es­te último año y no quiero emitir juicios sobre qué fue lo que aprendió, si es que aprendió algo. No obstante, me resulta claro que, aparte de sus errores recientes, la impotencia del Partido Comunista es el precio de la vergonzosa y criminal política de la Comintern, primero en el Comité Anglo-Ruso y después con el "tercer pe­ríodo". Estos errores perjudicaron especialmente a Inglaterra.

Siempre sorprende el peso enorme que tienen sobre la conciencia de la clase obrera británica la humildad, el conservadurismo, el fanatismo, el espíritu conciliador, el respeto por los de arriba, por los títulos, la riqueza, la Corona. Sin embargo, esa clase obrera es capaz tam­bién de realizar grandes insurrecciones revolucionarias, como el cartismo, los movimientos de preguerra de 1911 y los de posguerra, las huelgas de 1926.

Es como si el proletariado británico, con su antiquísima y prolongada tradición, tuviera dos almas y enfrentara con dos rostros los acontecimientos históricos.

Los burócratas despreciables, mercenarios y servi­les de los sindicatos y del Partido Laborista expresan todo lo que es humillante, servil y feudal en la clase obrera británica. Por el contrario, el objetivo del Parti­do Comunista es hacer surgir sus cualidades revolucionarias potenciales, que son muy amplias y capaces de desarrollar una fuerza explosiva inmensa. Pero precisamente en una coyuntura crítica de la historia británica, 1925 a 1927, la política del Partido Comunista británico y de la Internacional Comunista fue la adaptación servil a la burocracia sindical, idealizándola, ocultando sus traiciones, sometiendo a ella a la clase obrera. En con­secuencia, el joven Partido Comunista británico quedó profundamente desmoralizado. Se utilizó el prestigio de la Revolución de Octubre, de la URSS, del bolche­vismo para apoyar y consolidar las tendencias conser­vadoras y serviles de la clase obrera británica.

Después de que los laboristas terminaron de utili­zar a los stalinistas y les dieron el puntapié final, se sustituyó mecánicamente el capítulo del sindicalismo, a través del giro a la ultraizquierda, por la nueva panacea del "tercer período". Se levantó la consigna de "clase contra clase", interpretándola como una consigna de lucha de un puñado de comunistas contra el proletaria­do "social-fascista"[4]. Mientras ayer Purcell y Cook eran amigos y aliados de confianza de la Unión Soviética, al día siguiente los obreros que votaban por Pur­cell y Cook eran enemigos de clase. Esta es la órbita política del Partido Comunista británico o, mejor dicho, de la Internacional Comunista. ¿Existe una manera más eficaz de pisotear el prestigio del partido y socavar la confianza en el comunismo de los obreros que des­piertan?

La burocracia moscovita de la Internacional Comu­nista tropieza con obstáculos a cada paso, y entonces ordena un giro a la izquierda o a la derecha. No es difícil. Estos Kuusinens, Manuilskis, Lozovskis, etcétera, son gente del aparato, que no sólo carece de una educa­ción marxista seria y de perspectivas revolucionarias, sino que también, y esto es lo decisivo, está libre de todo control de las masas. Su política consiste en promulgar decretos. Para ellos, un giro táctico no significa más que un cambio de postura. El Comité Central del Partido Comunista británico aplica lo mejor que puede las orientaciones que recibe. Pero todas estas voltere­tas, con sus políticas correspondientes, quedan registradas en la conciencia de los obreros. Estos burócratas en bancarrota creen que se puede mantener automáti­camente la dirección de la clase obrera valiéndose del soborno y la represión por un lado y los saltos abruptos por el otro, ocultando el pasado tras la mentira y la calumnia; pero esto es totalmente falso.

Los obreros británicos piensan lentamente, ya que sus mentes están llenas de los residuos de muchos si­glos; pero piensan. Los artículos aislados, los manifies­tos, las consignas, generalmente pasan inadvertidos; pero una política continua (el Comité Anglo-Ruso, el "tercer período") produce su efecto, por lo menos en el sector más progresivo, militante, crítico y revoluciona­rio de la clase obrera. Si comparamos el desarrollo de la conciencia revolucionaria con el tallado de los surcos de una tuerca, hay que decir que en cada giro la dirección de la Internacional Comunista no utiliza la herramienta, ni el calibrador, ni la dirección correctos, con lo que rompe y tritura las estrías. Sin exageración se puede decir que si a partir de 1923 -en Inglaterra desde 1925- la Internacional Comunista no hubiera existido, hoy tendríamos en ese país un partido revolucionario con una influencia incomparablemente mayor. Las re­cientes elecciones confirman plenamente esta tremen­da conclusión.

Aquí comienza la tarea de la Oposición de Izquier­da. Los comunistas británicos, entre los que hay seguramente muchos revolucionarios honestos, devotos, ab­negados, no pueden menos que sentirse desalentados por los resultados de la última década de actividad, es­pecialmente porque en su transcurso se presentaron oportunidades únicas. Los mejores revolucionarios tam­bién pueden caer presa del pesimismo y la indiferencia si no comprenden la causa de su debilidad ni encuen­tran una salida. La crítica, esa luz del marxismo que permite ver con claridad el camino del partido, sus zig­zags, sus errores y las raíces teóricas de esos errores, es el requisito previo para la regeneración del partido. Es indispensable empezar a publicar los documentos más importantes de la Oposición de Izquierda Interna­cional referentes al Comité Anglo-Ruso, allí donde no se ha hecho todavía. Este es el punto de partida para la formación de una izquierda británica.

La Oposición de Izquierda, como el comunismo en general, tiene derecho a suponer que en Inglaterra le aguarda un promisorio futuro; el capitalismo británico está cayendo al abismo desde las grandes cimas histó­ricas a las que se encumbró; esto es evidente para todos. Se puede decir con confianza que las últimas elecciones son la última chispa de la grandeur nacional de la burguesía británica; es la chispa de una lámpara que se apaga. La política oficial británica pagará muy caras estas elecciones en la próxima etapa.

La bancarrota de los grandes héroes nacionales de los tres partidos, como la del capitalismo británico, es absolutamente inevitable. A pesar de todos los obstácu­los que pone la Internacional Comunista, el topo de la revolución británica está cavando un camino seguro. Tenemos todo el derecho a suponer que las elecciones representarán la última demostración de confianza de los millones de trabajadores en los capitalistas, los lores, los intelectuales, los educados y los ricos, y todos aquellos asociados con Macdonald y las cenas de los domingos. Estos caballeros no descubrirán una solu­ción secreta. El verdadero secreto está en la revolución proletaria. Estas elecciones preparan el fin del conservadurismo y el servilismo del proletariado; luego sobre­vendrá su pleno despertar revolucionario.

Pero en la etapa inmediata el triunfo de los conser­vadores significará duras pruebas para el proletariado británico e intensificará los peligros internacionales. El peligro amenaza especialmente a la URSS. Ahora ve­mos qué poco ayudó a la URSS esa política que siempre se justificó con la necesidad de su "defensa". Durante varios años se supuso que la defenderían Purcell, Hicks[5], Citrine; luego se asignó al Partido Comunista la misión de defenderla contra el proletariado "social-fascista". Ahora, lo único con que cuenta la URSS para defenderse son setenta mil votos. Stalin atacó la crítica de la Oposición de Izquierda, su exigencia de que se pu­siera fin al vergonzoso bloque con Purcell, diciendo que implicaba negarse a defender a la URSS contra el impe­rialismo británico. Hoy podemos hacer el balance; nada le fue más útil al imperialismo británico que la escuela de Stalin. Por cierto, el jefe de esa escuela se merece que lo condecoren dos veces con la Orden de la Ja­rretera.

La Oposición de Izquierda británica tiene que comenzar un trabajo sistemático. Ustedes deben formar un núcleo central, aunque sea pequeño y sacar una pu­blicación propia, aunque sea modesta. Es necesario que lleven adelante una actividad sostenida de análisis, crítica y propaganda. Tienen que educar a los cuadros, aunque al principio sean pocos. Los factores históricos fundamentales nos son favorables. Si en Inglaterra, más que en cualquier otra parte, el comunismo puede penetrar en un lapso breve la conciencia de las amplias masas, las ideas de la Oposición de Izquierda, que son las ideas de Marx y Lenin, predominarán dentro del movimiento comunista en un plazo igualmente breve.

Les deseo sinceramente mucho éxito a los amigos británicos.

 

Con mis mejores saludos comunistas,

León Trotsky



[1] Las elecciones en Gran Bretaña y los comunistas. The Militant, 5 de diciembre de 1931, donde fue publicado sin el saludo y sin los primeros tres párrafos, que aparecen aquí por cortesía de Reg Groves. Los que apoyaban el gabinete nacional -conservadores, nacional-laboristas y nacional-liberales- lograron una victoria avasalladora en las elecciones parlamentarias del 27 de octubre de 1931; los conservadores solos lograron 471 puestos. El Partido Laborista quedó reducido a 46 puestos, lo que implicaba una pérdida de 243 puestos y dos millones de votos en relación a su total de 1929. El Partido Comunista, que se presentó en 26 distritos, recibió alrededor de 75.00 votos (y ningún puesto), un aumento de apenas 20.000 a partir de 1929.

[2] El Independent Labour Party (ILP, Partido Laborista Independiente): fundado en 1893, tuvo mucha influencia en la creación del Partido Laborista, al que estuvo afiliado y dentro del cual generalmente ocupaba una posición de izquierda. En la década del veinte los principales dirigentes del Partido Labo­rista, y por ende de los dos primeros gobiernos laboristas, 1924 y 1929 a 1931, habían salido de sus filas. Expulsados en 1931 del Partido Laborista, durante algunos anos se inclinaron hacia el stalinismo. Formaron parte de la centrista Comunidad Internacional del Trabajo (IAG) a mediados de la década de 1930, y regresaron al Partido Laborista en 1939.

[3] El Movimiento Minoritario Nacional: una secta de izquierda del congreso Sindical Británico, fue organizado en 1924. Aunque lo inició el Partido Comu­nista, no ofreció ninguna alternativa real a los burócratas sindicales de "izquierda" con quienes Moscú flirteaba a mediados de la década del 20, a través del Comité Anglo-Ruso.

[4] Social- fascismo: teoría que Stalin hizo famosa desde 1928 hasta 1934, según la cual la socialdemocracia y el fascismo no eran opuestos sino gemelos. Ya que los socialdemócratas no eran sino una variante del fascismo, y prácticamente todo el mundo, salvo los stalinistas, eran una variante del fascismo (liberal-fascistas, laboral-fascistas o trotsko-fascistas) quedaba totalmente prohibido a los stalinistas participar de frentes únicos con ninguna tendencia contra los fascistas comunes y corrientes. Ninguna teoría le puede haber ayudado más a Hitler en los años anteriores a la toma del poder en Alemania. En alguna fecha que no se dio publicidad, durante el transcurso del año 1934, los stalinistas abandonaron su teoría sin tomarse el trabajo de explicar por qué, y pronto estaban flirteando no sólo con los socialdemócratas sino también con políticos capitalistas como Roosevelt y Daladier, a quienes a principios de 1934 todavía llamaban fascistas.

[5] George Hicks: secretario de la Federación Nacional de Obreros de la cons­trucción, integraba el Consejo General Británico del Congreso Sindical cuando éste entregó la huelga general de 1926.



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