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Una lección trágica[1]

 

 

21 de setiembre de 1937

 

 

 

Hay en la muerte de Ignace Reiss un elemento de gran tragedia.

Al romper con la Comintern y con la GPU, Reiss demostré su coraje de revolucionario. Conocía mejor que nadie los peligros que acechaban al transferir su adhesión del bando de los cancerberos del termidor al bando de la revolución. La conducta de Reiss sólo pudo obedecer a elevadas consideraciones morales; con eso sólo, su memoria se ha hecho acreedora al respeto de todo obrero consciente. Sin embargo, está planteado un enigma: ¿Por qué razón precisamente permaneció Reiss al servicio de la GPU en los años recientes, cuando el termidor ya había triunfado en toda la línea y la burocracia había dejado de vacilar ante cualquier tipo de crimen?

La corrupción del stalinismo y la falsía y perfidia de Stalin son hechos de conocimiento general. Los miem­bros de la GPU probablemente son quienes menos ilu­siones tienen al respecto. Ignace Reiss tenía tras de sí casi dos décadas de actividad en el partido. Por consi­guiente, no era un novicio. Al mismo tiempo, la conduc­ta de Reiss en los últimos meses demuestra que sus móviles no eran los del bienestar personal. Los arribis­tas no ingresan a la Cuarta Internacional, que hoy representa al movimiento más perseguido de la his­toria mundial.

Se avecina la guerra. Nuevas persecuciones aguar­dan a los internacionalistas. Reiss no podía dejar de comprenderlo. Es evidente que durante los años del termidor mantuvo vivo el espíritu del combatiente revo­lucionario. Pero, en ese caso, ¿cómo pudo permanecer tanto tiempo en el bando de los lagoda, Iejov, Dimí­trov... y Cain Djugashvili fStalin]?

Es cierto que Reiss realizaba su trabajo en el extran­jero, cara a cara con el mundo capitalista. Esta circuns­tancia facilitó sicológicamente su colaboración con la oligarquía termidoreana. Sin embargo, esto no hace al meollo del problema. Reiss no podía dejar de estar informado sobre lo que sucedía en la URSS. A pesar de ello, se necesitaron los monstruosos procesos en Mos­cú, y no sólo el primero, sino también el segundo, para llevar a Reiss al punto de romper. Podemos suponer con certeza que en las filas de la burocracia hay muchos que piensan igual que Reiss. Desprecian su medio. Odian a Stalin. Y, al mismo tiempo, siguen trabajando.

Las razones de este tipo de adaptación radican en el carácter mismo del termidor, como reacción gradual, rastrera, que todo lo abarca. Lenta, imperceptible­mente, el revolucionario es atraído a la conspiración contra la revolución. Cada año que pasa fortalece sus vínculos con el aparato y profundiza su ruptura con las masas.

La burocracia, sobre todo la de la GPU, vive en una atmósfera artificial, que ella misma se crea. Cada com­promiso con la conciencia revolucionaria prepara un compromiso más grave para el día siguiente y dificulta la ruptura. Además, existe la ilusión de que todo se hace por el bien de la “revolución”. Los hombres espe­ran un milagro que devuelva la política de la camarilla dominante al viejo rumbo, y con esa esperanza siguen trabajando.

Al mismo tiempo, es imposible pasar por alto las colosales dificultades externas. Aun para el que está íntimamente dispuesto a romper por completo con la burocracia, está planteado el interrogante, que a pri­mera vista parece insoluble: ¿a dónde ir? Dentro de la URSS cualquier síntoma de divergencia con la camarilla dominante entraña una muerte casi segura. Stalin está manchado de crímenes tan horrendos que no puede dejar de ver un enemigo mortal en cualquiera que se niegue a asumir la responsabilidad por tales crímenes.

¿Pasar a la clandestinidad? Ninguna tendencia de la historia universal ha debido realizar su trabajo clandes­tino con dificultades como las que enfrentan los mar­xistas actualmente en la URSS. Sólo se puede realizar trabajo clandestino cuando existe una masa activa. Hoy esta premisa es casi inexistente en la URSS Es cierto que los obreros odian a la burocracia, pero toda­vía no ven el camino nuevo. Por eso, la ruptura con la burocracia plantea dificultades políticas y prácticas absolutamente excepcionales. Ese es el principal motivo de las atronadoras confesiones y, también, de los compromisos silenciosos con la propia conciencia.

Para los funcionarios soviéticos en el extranjero, las dificultades asumen una forma diferente, aunque no menos graves. Por regla general, los agentes dedi­cados al trabajo secreto viven con pasaportes falsos emitidos por la GPU. Para ellos la ruptura con Moscú significa no sólo que quedarán suspendidos en el aire, sino también que la GPU los denunciará inmediata­mente a la policía extranjera, e inmediatamente cae­rán en las garras de ésta.

¿Qué se puede hacer? La GPU se vale precisamente de la situación de impotencia de sus representantes para exigirles constantemente nuevos crímenes. Ade­más, la GPU posee en el extranjero una inmensa red de agentes secundarios y terciarios, integrada en sus nueve décimas partes por arribistas de la Comintern, guardias blancos rusos y canallas de diversos tipos, dispuestos ante una señal a asesinar a cualquier indi­viduo que se les indique, sobre todo a aquellos cuyas revelaciones pudieran perjudicar su cómoda existencia. No, no es tan fácil liberarse de las garras de la GPU!

Pero sería un error reducir el trágico acontecimiento acaecido el 4 de setiembre cerca de Lausana las meras dificultades externas. La muerte de Reiss no es solamente una pérdida, sino también una lección. No denunciar los errores políticos que facilitaron la tarea de los carniceros del Kremlin sería faltarle el respeto a la memoria del revolucionario. No se trata de los errores cometidos por el camarada fallecido. Después de que se hubo arrancado del medio artificial de la GPU, le resultó excesivamente dificil orientarse inme­diatamente en la nueva situación. Aquí se trata de nuestros errores y debilidades comunes. Fuimos inca­paces de establecer vínculos con Reiss oportunamente fuimos incapaces de salvar las barreras artificiales mínimas que lo separaban de nosotros. Y así, en el momento critico, Reiss no pudo encontrar a nadie que le brindara los consejos pertinentes.

Ya para junio de este año el camarada Reiss había resuelto firmemente romper con el Kremlin. Su primer paso fue escribir una carta al Comité Central, enviada a Moscú el 17 de julio. El camarada Reiss consideró necesario aguardar, no publicar la carta, hasta que la misma hubiese llegado a su destinatario. Caballero­sidad gratuita! La propia carta, de contenido principista y tono firme, sólo anunciaba la ruptura; no especificaba hechos, no contenía revelaciones y, además, llevaba la firma “Ludwig”, nombre que no podía revelarle nada a nadie. Por consiguiente, la GPU disponía de mucho tiempo para preparar el asesinato. Mientras tanto, la opinión pública de Occidente ignoraba completamente los hechos. La GPU no podía haber deseado condiciones más favorables para actuar.

La única defensa efectiva contra los asesinos a sueldo de Stalin es la plena publicidad. No había nece­sidad de enviar una carta a Moscú. Es imposible ejer­cer influencia sobre bonapartistas degenerados hasta la médula de sus huesos mediante una carta principista. El día mismo de la ruptura, se debió haber entre­gado una declaración política a la prensa mundial. Esta declaración no debía detenerse en la cuestión del pasaje de su autor de la Tercera a la Cuarta Interna­cional (problema que. por el momento, interesa tan sólo a una pequeña minoría), sino en su trabajo en la GPU, los crímenes de ésta, los fraudes judiciales de Moscú y la ruptura con la GPU. Esta declaración, fir­mada con su verdadero nombre, hubiera colocado inmediatamente a Ignace Reiss en el centro de una atención pública amplia, lo cual, por si solo, hubiese dificultado la obra carnicera de Stalin.

Además, Reiss podía -nosotros opinamos que debía-, en bien de su autodefensa, haberse entre­gado a la policía suiza o francesa, presentando una descripción de todas las circunstancias del caso. Es probable que su permanencia con pasaporte falso hubiera provocado su arresto. Pero no les hubiera resultado difícil a Reiss y a sus amigos demostrar que sólo se trataba de la violación de reglamentos formales y que las motivaciones de la actividad de Reiss eran de índole puramente política.

Difícilmente se le hubiera aplicado una condena severa. En todo caso, su vida hubiera estado protegida. Su valiente rompimiento con la GPU hubiera generado la necesaria popularidad. Se hubiera logrado un objetivo político y se hubiera garantizado su seguridad per­sonal, en la medida en que la misma pueda garantizarse en las circunstancias imperantes.

Desgraciadamente, en este caso los errores come­tidos no pueden rectificarse. Ignace Reiss fue asesi­nado al comienzo de un nuevo capítulo de su vida polí­tica. Pero Reiss no está solo. En el aparato de Stalin hay no pocos individuos vacilantes. Los crímenes del amo y señor del Kremlin los acicatean y los acicatearán hacia la senda de la ruptura con el régimen condenado de la falsía y la corrupción. Ignace Reiss les ha dado un ejemplo valiente. Al mismo tiempo, su trágico fin nos enseña que en el futuro debemos interponer nuestras filas intactas entre los verdugos y sus proyectadas víctimas. Puede hacerse. La copa de los crímenes de la GPU rebalsa. Amplios círculos de obreros de Occidente se estremecen de repugnancia ante la obra de Cain-Djugashvili. Crece la simpatía para con nosotros. Sólo es necesario que aprendamos a utilizarla. ¡Mayor vigi­lancia! ¡Reforcemos nuestros vínculos recíprocos! ¡Mayor disciplina en la acción! Tales son las lecciones que surgen del trágico fin de Ignace Reiss.



[1] Una lección trágica. Socialist Appea, 6 de noviembre de 1937. IgnaceReiss (1899-1937): seudónimo de Ignace Poretski, agente de la GPU que en el verano de 1937 rompió con Stalin y se unió a la Cuarta Internacio­nal. El 4 de setiembre de 1937 los agentes de la GPU lo asesinaron en las afueras de Lausana, Suiza. Su viuda, Elizabeth K. Poretski escribió su biografía, que apareció (en inglés) bajo el título de Our Own People (Ann Arbor: University of Michigan Press, 1970).



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